Sólo faltó un abrazo en la pandemia

Autor: Benjamín Torres Uballe

Transcurrió un año, un mes, y tres días para que pudiera volver a ver a mi queridísimo hermano menor y compadre. La charla, en la banqueta, afuera de su casa, duró unos diez minutos con sana distancia de por medio y el uso de los respectivos y necesarios cubrebocas.

Aunque tenemos contacto telefónico constante, poder verlo el domingo, en una muy agradable mañana para intercambiar pastel por dos botellas de vino, acumuladas durante la ya larguísima y sofocante pandemia, fue como reencontrarse con lo bello de la vida. La emoción, debo admitirlo sin ambages, me invadió; oxígeno puro que llegó a mi corazón y mi alma como bálsamo reparador.

La última vez nos vimos a mediados del 2020 para celebrar su cumpleaños. Su mujer e hijos nos corrieron la cortesía para acompañarlos en petit comité a comer en un lugar que nos encanta a todos: El Sella, un sitio espléndido donde se disfruta de manera generosa el mejor chamorro horneado de la Ciudad de México y una tortilla española para chuparse los dedos, sin menospreciar la exquisita chistorra y el delicioso queso para untar. De postre, el ate con queso flameado es lo mío.  

Vi más delgado a mi compadre. Presumió –y se le nota- que ha bajado 20 kilos. El angelito mide 1.85 y en su época de futbolista jugaba de defensa central. Era bastante bueno y yo, eso lo alardeaba. Recuerdo que cuando jugaba en el CCH Vallejo, los “escautearon” a él y al “Concho” Rodríguez, los llevaron a Pumas. Hoy luce en magnífica forma física y eso todavía me alegró más.

Sólo me quedé con las ganas enormes de abrazarlo como solíamos hacerlo antes de la perniciosa pandemia. Sé, primero Dios, que no falta mucho para volver a estrecharnos con el gusto y cariño habitual. Siempre nos hemos llevado bien. Por supuesto que hemos tenido alguna pequeña “discrepancia”, igual que sucede entre los hermanos de todas las familias en el planeta. Ninguna de consecuencias. La madurez que da el inexorable paso del tiempo y nuestras respectivas familias, han estrechado esos lazos fraternos, sólidos, indisolubles, pero, sobre todo, amorosos.

El pequeño de mis hermanos y yo permanecemos estrechamente cercanos. Uno de los factores es la edad, nos llevamos menos de tres años. En la adolescencia jugábamos en el mismo equipo de fut, -bueno, yo casi siempre banqueaba- íbamos a las mismas fiestas en Lindavista o a la 1 C. Disfrutaba mucho, cuando él, ya casado, junto a su esposa, venían a la casa materna con su primogénito y años más tarde con Natota la “Latosota”; entonces, esa casa se llenaba de mucha luz y algarabía.

Regresé a casa exultante, fue un día de fiesta matutina. A mi mujer le conté a detalle el breve encuentro. Deseo fervientemente que haya más días así, porque se extrañan. Nuestra familia es clase “muégano”, pero respetamos nuestros espacios. Nadie cae así nomás en la casa de otro sin la aquiescencia respectiva; tampoco lo hacemos con demasiada frecuencia. Si deseamos hablarnos por teléfono, antes enviamos un mensaje preguntando si no es inoportuno. Nos respetamos, pues.

Hoy, con nuestros hijos ya mayores –que no viejos, para nada- compartimos temas de interés mutuo. Desde asuntos familiares serios e importantes, a temas triviales de los que solemos reírnos. Al final, la vida está hecha de ambos aspectos. Por lo pronto, aún me dura el gozo inconmensurable de haber podido ver a mi “hermanito”, un galán que está como en sus mejores tiempos.