Una sociedad dañina

Por Saúl Arellano

¿Qué nos lleva a sentirnos en un estado permanente de desesperación y angustia? ¿Qué puede provocar en una persona el deseo de no vivir más, de renunciar a todo y a todos? ¿Qué es lo que puede llevarnos al llanto de todos los días y a vivir presas de un temor inexplicable, pero que nos paraliza y no nos permite ser felices ni pensar con claridad en torno a lo que nos ocurre y las razones por las que nos ocurre?

Planteo estas preguntas, porque los datos en torno a la salud mental, y a fenómenos específicos como la depresión y el suicidio, muestran preocupantes incrementos en los últimos años, generando con ello severas consecuencias para los individuos, para sus familias y, en general, para la sociedad.

En el terreno menos relevante, la depresión es considerada ya como la principal causa de ausentismo e incapacidad laboral. Es también, de acuerdo con la OMS, la principal causa de consulta externa en el mundo, y una de las mayores generadoras de pérdidas económicas por causas distintas a los accidentes laborales en el mundo de la economía.

En términos de salud pública, la depresión es considerada uno de los principales precursores del suicidio o de los intentos de suicidio; nuevamente, de acuerdo con los datos de la OMS, se trata de la tercera causa de mortalidad entre la población joven, y en algunas regiones es ya considerada la primera causa de muerte entre adolescentes de 14 a 19 años.

En nuestro país los datos son alarmantes: en los últimos cinco años, según las estadísticas sobre mortalidad del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el promedio anual de defunciones por suicidio es de casi 6 mil casos (cifra similar a las defunciones por cáncer de cérvix), en más del 60% de los casos eran personas que no rebasaban los 35 años al momento de morir, la mayor parte se encontraban desempleadas o en trabajos de muy baja remuneración, y en su mayoría se trataba de hombres.

De acuerdo con la edición más reciente del documento “Estadísticas de suicidios e intentos de suicidio en los Estados Unidos Mexicanos”, del propio INEGI, por cada caso de suicidio que se consuma, se estima que hay 20 casos en los que se falló en el cometido.

Hay encuestas de distintas fechas en la que la población joven sostiene que no ha dejado de sentirse triste en los últimos meses, que ha pensado en algún momento que su vida no tiene sentido o que es un desperdicio, y, dependiendo del instrumento, hasta en un 30% han pensado en algún momento en quitarse la vida.

Por su parte, las estadísticas de morbilidad de la Secretaría de Salud nos dicen que hay entidades en donde, al menos en 2014, se registraron casos de depresión entre niñas y niños menores de 1 año.

La Encuesta Nacional de Hogares 2014, también levantada por el INEGI, estima que hay más de 30 millones de personas que han vivido depresión, y entre ellas, más de 2.8 millones tenían entre 7 y 14 años al momento de preguntarles.

¿Qué nos pasó? ¿En dónde está el país de personas felices que se empeñan en mostrarnos extrañamente desde varias encuestas? ¿Por qué hemos sido capaces de llevar a experimentar estados profundos de tristeza, especialmente a las niñas y los niños, y en general a la población de todas las edades?

La desigualdad, la pobreza, la marginación y la discriminación son todavía más terribles cuando se vive en un país en el que se cometen anualmente millones de delitos y en donde sólo uno de cada cuatro de ellos es castigado.

Algo estamos haciendo muy mal, y es hora de dar un giro radical porque es inaceptable que la desesperanza sea el destino inexorable en el que estarán atrapadas las futuras generaciones. Somos una sociedad enferma, y más nos vale reconocerlo, porque literalmente, en ello nos va la vida.

@saularellano

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