Semiensayo sobre la locura… y un par de barbaridades

Autor: Benjamín Torres Uballe

Con afecto para mi querido amigo David Luján Castruita

 

CAPÍTULO I

Una tarde de las muchas en las que solían reunirse los viernes, Eloy prometió, al calor de un Zacapa 23 y una generosa dotación de cacahuates japoneses con ligero sabor a limón, que al llegar al séptimo piso saldría del aire. Cuestionado del por qué y para qué, respiró profundamente antes de soltar una muy sesuda respuesta: «Es que ya nada me causa encanto, voy camino al final de la meta y pretendo que nadie me vea entrar a la miserable etapa de la decrepitud, yo que hice de la dolce vita y las citas clandestinas una forma permanente de transitar por esta dimensión existencial donde se unen la materia y el espíritu».

- No sea payaso, ya va a empezar con sus loqueras-, contesto presto Joaquín, su viejo amigo.

-¡Orac! ¿Acaso expresarme con la sublime lucidez y elegancia que me caracteriza, es locura?

- Difiero, ni es lucidez ni elegancia el extravió retórico que usted pretende defender.

- Absolutamente lo es. Y para que no haya duda, propongo someterlo a consulta.

- Ya ve, su locura es incontrovertible. ¿Cómo vamos a realizar una consulta para ello?

- Nada tiene de extraño. Si es de utilidad contundente para aclarar el tema, lo hacemos.

- Ay, viejo loco. Me acuerdo cuando tenía usted una pizca de sensatez.

Soltaron la carcajada y sorbieron sus respectivos tragos.

- Ah, qué relajo estamos echando-, dijo Eloy mientras se preparaba otro Eloy Drink Special.

Luego de tres, sí, tres “camineras”, Joaquín lo encaminó hasta la puerta. Se despidieron con fuerte abrazo. Como a media calle Eloy pateó un perro café que estaba echado a las puertas de una casa. El animal aulló del dolor y enseguida salieron tres canes muy grandes que corretearon a Eloy como dos calles hasta que logró subirse a un camión refresquero que pasaba providencialmente por ahí.

CAPÍTULO II

El siguiente viernes, la víspera del cambio de horario, donde el otoño es cada vez más caluroso, se encontrarían en El Moro de Polanco. Joaquín llegó primero, ocupó una mesa del exterior, desde ahí podría ver a Eloy cuando descendiera del camión. Transcurrieron 9 minutos, lo vio bajar con sorprendente agilidad del transporte y girarse para ayudar a una ancianita vestida de negro que trabajosamente, apoyada en su bastón de madera, bajaba con mucha lentitud los escalones. Eloy la sostenía del brazo, en esa piadosa acción se encontraba cuando una dama detrás de la anciana mujer resbaló. La obesa mujer cayó sobre la añosa anatomía quien a su vez se llevó por delante al comedido Eloy

Fue necesario que entre siete levantaran a la voluminosa mujer; enseguida a la viejecita cuyo sombrero rojo había quedado completamente aplastado y bastante adolorida pues se quejaba, pero no tanto como para no alternar los quejidos con insultos a la fémina que la había arrollado. Varias jovencitas le sacudieron el vestido; un atractivo samaritano que pasaba por el lugar le pagó a un taxista para que la llevará a su departamento ubicado a 4 calles, según explicó con voz temblorosa.

De pronto, alguien gritó, ¡ahí está un cadáver tirado en la banqueta! Los curiosos voltearon y no era un fieltro, era Eloyito que yacía desmayado por la descomunal masa que le cayó encima. Un delicado joven que estaba de mirón, aseguró saber de primeros auxilios y con vehemencia le aplicó respiración de boca a boca, hasta que volvió en sí. Luego de unos minutos se recuperó, Joaquín lo condujo hasta la mesa. Ahí, le explicó a detalle lo sucedido. Con filosofía, el zarandeado Eloy dijo que son cosas mundanas imposibles de evitar por el hombre y son parte del devenir incontrolado del ser humano, accidentes involuntarios de la materia a la que nos guste o no, pertenecemos fatalmente. Mientras de manera automática bebían el espeso chocolate español, Joaquín lo miró muy atento; pensó que la ya de por sí enorme locura de su entrañable amigo, había sido exacerbada por el golpazo a causa del incidente. Pero los temores se disiparon cuando la voluptuosa mesera trajo la cuenta y Eloy la miró con lujuria.

CAPÍTULO III

Transcurrieron siete días, y ahora se encontraron en el Pescadito de la calle Independencia, en el interesantísimo Centro Histórico de la Ciudad de México. Era pasado el mediodía. Luego de saludarse de puño cerrado y aplicarse una generosa dosis de gel antibacterial en las manos, ordenaron: Eloy, dos tacototes y una cerveza Victoria, Joaquín, dos tacoquesos y una Pacífico.

Ocuparon una mesa de las que dan a la calle, era la hora de comida para muchos empleados de la zona, entre ellos quienes laboran en la cercana Cancillería. El desfiladero de guapas y galanes era un plato adicional muy apetitoso. Una morena despampanante, enfundada en un ajustado traje sastre rosa pálido, dejó sin respiración a los comensales. ¡Está mejor que buena!, dijo Eloy en voz alta, Joaquín asentó sonriente con la cabeza mientras bebía de la cerveza helada. Dos chicas en las que no habían reparado, ocupaban la mesa contigua y corrigieron a Eloy: “Está superlativamente hermosa y buenota, che”, gritaron con acento sudamericano. Absolutamente de acuerdo, aseveró Joaquín, dirigiéndose cortésmente al par de simpáticas argentinas.

Entablaron charla de mesa a mesa. Dijeron que venían de Rosario, en la Argentina, para conocer la Ciudad de México ya que habían escuchado y leído acerca de las maravillas que hay en ella. Eloy, siempre inquieto ante cualquier fémina, se puso de pie para saludarlas de mano, empero el espacio era demasiado estrecho y al tratar de hacerlo derribó los platos vacíos de su mesa, luego se trompicó y fue a dar de bruces al regazo de la más voluptuosa de las sudamericanas; una de las botellas vacías de cerveza salió disparada con gran fuerza hacia el arroyo vehicular impactando el parabrisas de una patrulla policiaca que pasaba en ese momento. El agente, pensando que era un ataque directo, disparó dos balazos al aire y pidió refuerzos por la radio. En un santiamén llegó una docena de unidades. Cerraron las calles aledañas, colocaron cintas amarillas, entrevistaron a varios de los muchos curiosos que comenzaron a reunirse ante la algarabía de las sirenas y los altavoces. Para entonces Eloy se había disculpado del incidente con las argentinas, quienes tomaron el hecho con bastante humor. Se despidieron de beso en la mejilla. Él y Joaquín caminaron sin prisa hasta Avenida Juárez y Balderas, ahí abordaron el Didi que los llevó a sus respectivas casas. -Nos vemos viejo loco, dijeron al unísono- y otra vez se escuchó tremenda carcajada.

CAPÍTULO IV

Pronto se corrió la voz de que los uniformados buscaban a unos terroristas que se habían escondido en uno de los comercios de la zona; no obstante, otros mirones afirmaban que era una decena de pillos que habían asaltado la taquilla del Teatro Metropólitan; sin embargo, unos más no dudaban en asegurar que eran unos anarquistas que pretendían incendiar la Cancillería.

En medio del caos, los helicópteros policiacos sobrevolaban el área. Cada vez se sumaban más curiosos, ya eran como siete mil, reportó por la frecuencia un jefe antimotines a la central. Envíen refuerzos, ordenó con voz preocupada. Pasadas seis horas del botellazo, llegó la Guardia Nacional, unos doscientos cincuenta elementos, algunos a bordo de tanquetas. La multitud presenciaba el despliegue desde las azoteas; las calles del Centro Histórico estaban a reventar. Los vendedores ambulantes hacían su agosto. Los medios de comunicación estaban transmitiendo en vivo a nivel nacional. Se hablaba de una insurrección, pero aún no se había capturado a insurrecto alguno.

CAPÍTULO V

Arribó al lugar el mismísimo secretario de Gobernación para coordinar el operativo que pretendía atrapar a los sediciosos, como los nombró el general de la Guardia Nacional. Buscaron hasta en las azoteas, los restaurantes, los baños, estacionamientos, cantinas, alcantarillas y nada. Incluso trajeron perros rastreadores, fue en vano. A la medianoche todo el país estaba al pendiente de lo que sucedía. Estados Unidos ofreció enviar un equipo especial antiguerrillas. Por su parte, la OTAN puso a disposición todo su poderío para buscar y eliminar al peligroso enemigo. Rusia tenía listos agentes de la KGB; Israel a elementos del Mossad. En la Estación Especial Internacional estaban al tanto de lo que pasaba en la Ciudad de México. Era una tensa espera que terminó a la mañana siguiente, sin resultado alguno. «Sin novedad, señor Presidente», fue el parte oficial.

Mientras, Eloy y Joaquín, que habían dormido plácidamente de cucharita cada uno con sus respectivas damas como si nada debieran, miraron las noticias y sin que se hubiesen puesto de acuerdo, cada uno expresó, en tanto sorbían una taza de café bien caliente: -Qué mundo, cuánto loco anda por ahí suelto, ¿quiénes serían los cretinos que provocaron esa anarquía-. Con aire intelectual, Eloyito se dijo a sí mismo –Qué bueno que no soy como tantos ordinarios que pululan por ahí- y para refrendar su vasto ego parafraseó al genial Oscar Wilde quien solía decir: “Uno de mis mayores placeres es oírme a mí mismo. A menudo tengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo”, de inmediato, muy sorprendido, Eloy expresó: ¡ay, guey!, qué palabras.

Cuento Breve

©Benjamín Torres Uballe

Diciembre del 2021