¿Qué es eso llamado educación?

Saúl Arellano

Los griegos antiguos, según explica Werner Jeager, acuñaron un hermoso término: paideia (παιδεία), el cual ha sido traducido generalmente como “educación”. Sin embargo, tal traducción requiere ciertas precisiones pues lo que nos transmite, según Jeager, es la idea de un “espíritu y sentido civilizatorio”, y no sólo aquello que hoy aprenderíamos en las escuelas.

Desde la perspectiva de la Grecia de los siglos V y IV (a.C.), la paideia debía entenderse como una praxis, es decir, como una actividad cotidiana, en la que  niños y jóvenes debían ser formados, por lo que podría denominarse como la “enseñanza formal”, pero también por lo que la polis debía enseñar a todos sus ciudadanos.

De esta forma, si a un niño se le enseñaba la idea de la armonía, esto se hacía, por ejemplo, afuera del edificio del ágora, cuya construcción obedecía a lo que se consideraban como los principios de orden y armonía universales; es decir, se aprendía el concepto, pero también su manifestación histórica concreta.

Si se enseñaba el concepto de lo justo, esto se hacía con base en los ejemplos más representativos de las vidas de las personas más justas, a la par de la manifestación concreta de la justicia, que no era otra sino la propia ley y la actividad desarrollada por los jueces.

Todo en esa época virtuosa de la civilización estaba orientado a construir espíritus libres, capaces de comprender lo esencial de la virtud, de la belleza, de la justicia, de la bondad, y de todos los más altos valores y conceptos, porque todo ello llevaba a la armonía de la polis, es decir, a una vida en civilidad conforme a lo que dictan la recta virtud y la búsqueda de una vida feliz, por ser bella y buena.

Nadie que entienda esta visión podría pretender reinstaurarla hoy; nuestro contexto y realidad son vastamente distintos a la realidad posthomérica y presocrática. Sin embargo, pensar en esas coordenadas permite y obliga a preguntarnos: ¿cuál es el ideal civilizatorio que nos enseña hoy la educación pública?

Continuando con el argumento, ¿podríamos decir que hoy la ciudad, en el sentido más amplio del término, les enseña a niñas, niños y jóvenes un sentido de orden, legalidad y virtud? ¿Podríamos decir que hay consonancia entre lo que se enseña (cuando así ocurre) en las aulas y lo que existe en el mundo circundante de las niñas y los niños?

¿Es posible enseñar a la niñez lo que es la Justicia (con mayúsculas), acudiendo a una oficina del ministerio público o a un juzgado? ¿Podríamos enseñar a la infancia lo que es la belleza y la estética del cuerpo humano, caminando por cualquiera de las calles o los parques del país? ¿Sería útil hablar de la paz y de la armonía social, en los contextos comunitarios en que vivimos?

Desde esta perspectiva es urgente reflexionar y convertirnos en feroces críticos de lo que hemos construido como país; y con ello, respecto de la renuncia, atribuible a todos, a construir un nuevo ideal civilizatorio, que por ser capaz de promover una vida buena y bella -en el sentido ya dicho- sea motivo de anhelo y búsqueda personal y colectiva.

El aquelarre que hoy presenciamos respecto de la mal llamada “reforma educativa” es parte de la crisis por la que atravesamos, porque en ninguno de los dos bandos en disputa asiste plenamente la razón: ambos sostienen “medias verdades”, ambos representan intereses ajenos a la búsqueda del crecimiento espiritual de la población, y en ambas partes la gran ausencia se encuentra en una inexistente propuesta viable de modelo educativo, con la capacidad de poner en marcha un nuevo proceso civilizador.

Debemos recobrar el sentido más básico de la idea educadora que han tenido otros pueblos, y con base en ella, construir una sociedad convencida de que nuestros mayores bienes se encuentran en la igualdad, la justicia y la paz.

@saularellano

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