El presidente, la UNAM y los ciclistas

Autor: Saúl Arellano

Mientras que en el país las personas fallecidas por COVID19, por las balas asesinas de los delincuentes, y por enfermedades que bien podrían prevenirse o incluso evitarse, el presidente de la República ha decidido dedicar importantes minutos de su tiempo a desacreditar y golpear a la Universidad Nacional Autónoma de México.

Una de las posibles razones que se han esgrimido para explicar esta inexplicable e injusta agresión, es que busca precisamente distraer a la opinión pública de los temas importantes: más de 800 mil personas fallecidas en el país hasta la semana 38 de este año; una economía que no termina de recuperarse; y fenómenos gravísimos como la desaparición forzada de personas, amén del desdén que ha mostrado, desde siempre, por los temas relacionados con la violencia contra las mujeres, y recientemente en lo relativo a la venta de niñas en varias regiones del país.

Otra posible explicación, se ha dicho, se encuentra en la necesidad que percibe el titular del Ejecutivo, de “apropiarse” de la Universidad para su proyecto político y tenerla como un activo movilizado de cara a la consulta que se llevará a cabo sobre la revocación o ratificación de su mandato en 2022.

Desde esta perspectiva, es importante subrayar la idea que tiene el Ejecutivo respecto de lo que debería ser una persona matriculada en la educación superior: un “estudiante-militante” que dedica parte de su tiempo a atender sus clases, realizar lecturas y trabajos de investigación, y, el resto, un activista que debería estar en marchas, plantones, y un largo etcétera de acciones, a favor del proyecto de la cuarta transformación. También se ha dicho que el presidente le está cobrando a la comunidad universitaria el “retiro de la confianza” que había depositado mayoritariamente en su proyecto, pues no es exagerado sostener que la mayoría de las y los universitarios en edad de votar, lo hicieron a favor del presidente López Obrador en el 2018.

De ahí que, ahora que los resultados gubernamentales son magros, y que las tentaciones autoritarias afloran con mayor nitidez, hay amplios sectores entre quienes son egresadas y egresados universitarios, o que actualmente forman parte de su planta académica o matrícula estudiantil, que ya no confían “a ciegas” y de manera acrítica en su proyecto.

No hay en el horizonte ningún elemento, ni discursivo ni objetivo, para descartar ninguna de esas hipótesis, ni para pensar que no puedan coexistir las tres simultáneamente. Y si eso se confirmara, no es exagerado decir que el país sí estaría en un riesgo mayúsculo porque entonces lo esperable es que el Ejecutivo avance, utilizando la fuerza del Estado, hacia la fractura de la UNAM y hacia su destrucción como la prestigiada institución de educación superior que es hasta el día de hoy.

Hay que alertar, además, que avanzar en esa ruta constituiría un grave error político, porque en el fondo constituiría un error mayúsculo para un país, que lo que necesita es más y más diversidad y pluralidad; y más y más instituciones que, si bien es cierto deben mejorar en diferentes frentes, no es vía su descalificación y fractura lo que va a potenciarlas o llevarlas a mejores condiciones.

El presidente ha afirmado que la UNAM se ha “aburguesado”; pero lo dice quien, una semana sí y otra también, se muestra ante la nación como practicante de uno de los deportes más elitistas, burgueses y “yanquis”. Sólo bastaría con preguntar cuánto cuesta tener bates, guantes y pelotas, casco, zapatos especiales y demás equipo requerido para andar “macaneando”.

Es lamentable que el discurso presidencial sea tan maniqueo, que obliga a recurrir a ejemplos como el antedicho, para evidenciar la superficialidad argumentativa con que se refiere a cuestiones tan serias como la construcción de un proyecto de alcance nacional, para hoy y para el porvenir, como es el sistema de educación superior, a la cabeza del cual está en México la UNAM.

“Apenas les dí una testereada y se enojaron”, espetó el Ejecutivo hace unos días. ¿Qué significa eso? ¿Es propio del Jefe del Estado mexicano hablar de esa manera respecto de la UNAM o de cualquier otro tema trascendental para México? ¿Qué significa darle una testereada a la Universidad más importante del país? ¿Convoca con ello a la parálisis, a la ingobernabilidad interna? ¿Cuál es el mensaje a la institución y al país?

La relevancia de la Universidad y su carácter insustituible para México están fuera de toda duda. Por ello, la mejor defensa de la Universidad no se encuentra en la enumeración de sus logros y capacidad creadora, sino antes bien, en la pregunta ética ante el Ejecutivo Federal: ¿por qué usar a lo mejor de México como un chivo expiatorio para propósitos, al parecer, político-electorales? ¿Por qué instilar odio contra su propia alma mater? ¿Por qué enderezar la lógica de la furia, como habrían dicho algunos filósofos, del resentimiento y de la venganza en contra de la institución que le ha cambiado la vida, para bien, a millones de mexicanas y mexicanos?

Hanna Arendt, en su portentoso texto, Los orígenes del totalitarismo, escribió lo siguiente: “Un antisemita afirmaba que los judíos habían provocado la guerra; la réplica es: «Sí, los judíos y los ciclistas.» «¿Por qué los ciclistas?», pregunta uno. «¿Por qué los judíos?», le responde el otro”

Así, la próxima vez que el Ejecutivo arremeta contra la UNAM, bien cabría responderle que sí, que son la UNAM y los ciclistas…

Investigador del PUED-UNAM

www.mexicosocial.org

*Nota del editor: foto en portada: KTE*