¿Música?, machismo y violencia

Saúl Arellano

Existe una industria cultural dominante; hay que afirmarlo así de categórico. Ésta produce cantidades gigantescas de “basura cultural”, que lamentablemente es consumida de manera igualmente masiva, generalmente por personas que tienen bajos niveles educativos o de comprensión de lo que implica consumir lo que consumen.

Es el caso de quienes escuchan “melodías” que contienen letras francamente groseras (en el mejor de los casos), profundamente machistas y hasta misóginas en los casos más extremos.

Lo anterior puede ilustrarse con el reciente caso de un tal Gerardo Ortíz, y ahora también de un tal Julión Álvarez quien sostiene que una mujer que “no sabe agarrar el trapeador, para él, no sirve”.

Una simple búsqueda en Internet permite encontrar incontables ejemplos. Por ejemplo, el fragmento de una canción de la “Arrolladora Banda Limón” dice: “Yo voy a saltar de tu cuello hasta tu escote, que ahí me voy a hundirme (sic), con todo y bigotes. Yo te voy a dar pa’ dentro al centro de tu corazón; y te garantizo que vas a maullar de puro amor y vas a menearme de gusto la cola como gata en celo al no sentirte sola”.

Hay otros “géneros” mucho más agresivos, como el llamado reguetón, en el que un sinfín de letras están escritas con un verdadero odio y desprecio a las mujeres, y en muchos otros casos, son abiertamente homofóbicas y discriminatorias de quienes viven o eligen vivir en la diferencia y la diversidad.

Transformar esto no es sencillo. En primer lugar, porque hay millones de jóvenes escuchando y promoviendo la reproducción y permanencia de estos grupos, los cuales llegan a vender cientos de miles de copias de sus discos, amén de los que se compran y distribuyen en el mercado ilegal de la piratería y en la Internet vía las redes P2P.

En un sistema económico salvaje como el que nos oprime y domina cotidianamente, siempre habrá empresas dispuestas a producir basura como la señalada, porque lo único que les importa es la ganancia.

En ese sentido, en una sociedad con altos valores estéticos, y sustentada en una profunda cultura de respeto y exigencia de cumplimiento de los derechos humanos, no habría disqueras dispuestas a grabar y mucho menos promocionar y vender la basura musical que pulula en todos los espacios en donde se comercializan productos musicales.

No habría, por supuesto, personas dispuestas a comprar una y otra vez, los ritmos sosos, estridentes y francamente ofensivos ante cualquier oído medianamente

educado, y por lo tanto, no habría posibilidad de que personas que hacen apología de la violencia, en cualquiera de sus formas, fuesen consideradas como “ídolos” populares.

Lo anterior incluye por supuesto a mujeres que también contribuyen a la reproducción de los estereotipos; por ejemplo, la finada Jenny Rivera, quien en la canción titulada “La socia” decía: “Querida socia, eres la noviecita, la recatadita, yo la amante sin nombre”.

En un país en donde casi el 70% de las mujeres reporta haber vivido al menos un episodio de violencia a lo largo de su vida, es urgente que se emitan nuevas disposiciones legales para frenar a la industria cultural; esto, porque es evidente que la “buena voluntad” de los productores y disqueras no alcanza.

¿Por qué no, de una vez por todas, la Cámara Nacional de la Industria de la Radio y la Televisión veta todo contenido machista, sexista o misógino? ¿Por qué no, de una vez por todas, se legisla para prohibir todo discurso que incite a la violencia y el odio en los medios de comunicación, tanto en los electrónicos como en los impresos?

Construir nuevas masculinidades y una cultura para la igualdad sustantiva entre mujeres y hombres pasa necesariamente por una profunda transformación cultural, y esto no se logra sólo con cursos, talleres y foros. Se construye en la calle, en los medios de comunicación, y en general, en la promoción masiva y defensa irrestricta de los derechos humanos.

@saularellano
www.mexicosocial.org