La humillante pobreza en que vivimos

Autor: Saúl Arellano

Es mentira que se pueda transitar toda una vida en condiciones de pobreza, y ser portadoras o portadores de esa condición sin sentirse humillado o avergonzado. Hasta el propio Ulises, disfrazado de mendigo en su regreso a su amada Itaca, recibió el consejo de la diosa Atenea: “no cabe a un mendigo sentir vergüenza en pedir ayuda”.

En su tremendo poema “Fuego de Pobres”, Bonifaz Nuño nos dice:

“Y reconozco que me importa

ser pobre, y que me humilla,

y que lo disimulo por orgullo”.

En versos previos argumenta que en general, ni está conforme ni se resigna; y es que la resignación es la fantasmagoría de los espíritus impotentes; la ilusión de los espíritus degradados. Se trata de una actitud contraria a la libertad y a la posibilidad de la exigencia de una vida digna, sustentada en el derecho a la igualdad.

A cualquiera le importa y debe importarle ser pobre; más aún cuando esta condición es generalizada y es el futuro que se configura con mayores probabilidades de alcanzarnos en algún momento: cuidado con enfermar, tener un accidente o sufrir una injusticia, porque el sendero que nos espera es el de una pobreza de la que muy difícilmente habrá retorno.

No nos engañemos: el sistema económico y político en nuestros días está diseñado para que muy pocos ganen casi todo; y que la mayoría posea casi nada. Ese es el juego perverso del curso de desarrollo que se ha consolidado como una maldición perpetua sobre quienes claman por justicia social y por las otras justicias, parafraseando al filósofo Julián Marías.

Cada mes, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), se encarga de recordarnos, de manera involuntariamente punzante, que estamos atrapados en un laberinto similar al del Minotauro; y lo peor es que no se percibe en el horizonte ningún Teseo, que además cuente con la ayuda de alguna Ariadna; por lo que el horizonte visible se nos presenta negro y anticipando desde siempre el horror del monstruo económico que no se cansa de devorar la energía de la gente y el trabajo con los salarios semi esclavos que se siguen pagando en nuestro país.

Según los datos del Instituto, al cerrar el mes de febrero de este año había 2.17 millones de personas en condiciones de desocupación; y entre quienes trabajan, hay 2.86 millones que no reciben salario por las actividades que desempeñan; 18.7 millones ganan apenas salarios que llegan a un salario mínimo al día; mientras que 18.2 millones perciben entre uno y dos salarios mínimos. En contraste, en los rangos más elevados de ingresos, únicamente 895,833 personas logran ingresos por arriba de los cinco salarios mínimos.

En esta realidad, son cada vez más personas las que están desarrollando jornadas extenuantes de 48 horas o más a la semana. En efecto, los datos de febrero de este 2022 indican que hay en el país 14.99 millones de personas con esas jornadas laborales, cifra que es mayor en 1 millón a las registradas el mismo mes del 2021.

La tasa de ocupación en el sector informal se mantiene en 28.5% de las personas ocupadas, es decir nada menos que 16 millones de personas; quienes laboran en unidades económicas no agropecuarias, que no tienen registros contables, que operan con recursos del hogar o de la persona que lo encabeza, y cuya actividad no está registrada oficialmente como empresas. Para decirlo rápido y llano: son las legiones que están todos los días bajo el inmisericorde sol en los cruces de las calles y quienes venden lo que se puede en las banquetas.

En medio de todo esto, se reproduce y crece cruelmente el trabajo infantil, del que ni por asomo se tiene una mención importante en la presente administración, y ante el cual se ha preferido voltear la mirada hacia otra parte, ante las fallidas políticas económicas y sociales, que permitirán la permanencia en el poder vía la compra o condicionamiento del voto de quienes hoy gobiernan, pero cuyos efectos en el largo plazo serán tanto o incluso más perniciosos que los generados en el nefasto periodo neoliberal.

El demagógico discurso oficial tiene un campo fértil por delante ante tanta tristeza y desesperanza; pero lo que urge es no sólo la palabrería a favor de los desvalidos; sino un auténtico compromiso con la Carta Magna: cumplir integral, universal y progresivamente con los derechos humanos, con especial énfasis en los económicos, sociales, culturales y ambientales.

Sólo así vamos a poder, en democracia, poner en marcha una nueva realidad nacional en la que ninguna persona tenga que vivir la maldición del hambre; sólo mediante la garantía de la igualdad podremos construir sociedades abierta y decididamente intolerantes ante la desigualdad y la discriminación y estereotipos que se le asocian; y sólo así podremos construir una ciudadanía social capaz de exigir a sus gobernantes seriedad en sus propuestas y capacidad de gobierno al momento de ejercer sus cargos.

La pobreza en que vivimos es humillante; y los poderosos lo saben; y lo usan a su favor; porque en esas condiciones es muy difícil promover la superación espiritual del pueblo, como dice nuestro Artículo 3º constitucional. Porque es más sencillo y redituable políticamente exigir que nos contentemos con un par de zapatos; y porque es más fácil, aunque más cínico, recomendarnos que nos contentemos con las migajas que nos conceden de un presupuesto cada vez más raquítico.

Investigador del PUED-UNAM

www.saularellano.com

*Nota del editor: foto en portada: BTU*