La bienvenida

Autor: Marco Antonio Zúñiga T.

Género: cuento

Se terminaron las clases. Por fin llega el verano, no podría estar más feliz. Dicen que todos los cambios son buenos, pero este será el definitivo; con lo que pasó en diciembre, no tengo excusa para empezar de cero. Por algo dejé las clases presenciales y opté por la educación en casa. No quería que me vieran, ni mucho menos que me juzgaran.

Este cambio jugará a mi favor y espero sacarle provecho, cambié mi apariencia y ahora me llamarán por mi primer nombre. No sé si es lo correcto o debí haber hecho algo al respecto, por un momento sentí que el miedo y el asombro tomaran control de mi cuerpo, quedé en shock al ver lo que hicimos… y él, alguien del que jamás hubiera dudado, me lastimó. Nunca se lo conté a nadie, ni siquiera a mi madre. Un día antes discutimos, tomé mis cosas y me marché. No medí el impacto de mis palabras, pero supe que la lastimé, al día siguiente, cuando llegó con mi hermano, su mirada lo decía todo. Se preocupó por mí, más de lo que debería, sin preguntar, me miró y me abrazó. Comprendió lo sucedido.

Ahora, seis meses después, vuelve la calma y tranquilidad que dejé de sentir por tanto tiempo. Ya no quiero causar más problemas, me alejé de los involucrados de aquel accidente. No quiero saber nada de ellos y espero que ellos no me recuerden. Algunas veces despierto en medio de la noche con el corazón palpitando muy fuerte, pero sé que solo es un sueño. Un sueño que cada vez voy dominando.

Decidí ir a los columpios a despejar mi mente, me traen buenos recuerdos. Perdí la noción del tiempo, eso pasa cuando piensas demasiado. Volví en sí al ver que hay una mudanza en la casa que está al lado de la mía. Hay varias cajas, unas dicen: cocina, baños, comedor, sala, etc. No puedo ver a los nuevos dueños, solo a los trabajadores.

Justo a lo lejos veo un taxi, ahí vienen los propietarios. Únicamente son dos personas: una mujer y su hijo. Al bajar del vehículo, la mujer se dirige directamente hasta la puerta, está hablando por el celular. Su hijo, quien probablemente tiene mi edad, toma una caja y se dirige hacia la entrada. No sin antes tratar de saludarme, pero, al hacerlo, la caja se le resbala, en un acto por detenerla, evita que impacte con el suelo. No puedo evitar reírme, sin embargo, me contengo para no incomodarlo. El chico se sonroja y se ríe conmigo. Procede a llevar la caja dentro de su casa. Yo me dirijo a la mía, no sin antes llevar un detalle para presentarme con mis nuevos vecinos y darles la bienvenida al vecindario.

Me dirijo a la cocina, por suerte tenía una charola de galletas. Las pongo en un recipiente y toco el timbre. El chico de la caja, abre la puerta y me invita  a  pasar. Él va a buscar a su madre, quien ya no está hablando, eso es notorio. Observo que han desempacado varias cosas, entre ellas, fotografías. En todas solo aparecen ellos dos, percibo que no tiene padre, creo que tenemos eso en común.

Bajan las escaleras y me llevan a la cocina, reciben las galletas. La dueña de la casa se presenta, se llama Eugenia, tiene la misma edad que mi madre, es divorciada, solo tiene un hijo y trabaja en un banco que inauguraron hace mes y medio. Mientras, coloca las galletas en una jarra de cerámica. Su hijo, Nicolás, es apuesto. Eso cualquiera podría saberlo con solo mirarlo. Es más alto que yo, pero por los tacones que llevo puestos no se aprecia la diferencia de estatura, tiene el cabello negro, casi tan negro como el carbón y en sus ojos se pueden ver los lentes de contacto que usa, supongo que no le gusta usar anteojos.

Sin más que hacer, me presento: Soy Megan, su vecina de al lado. Solo digo eso, entre menos sepan mejor, esa tarea se la dejaré a mi madre. No quiero decir más de lo que deba o de lo que mi madre quisiera compartir. Siempre hemos sido reservados… ¿será por eso que…? ¡Olvídalo!.

Su madre me pregunta si tengo qué hacer por la tarde, le digo que no. Me pide de forma muy amable que si puedo llevar a Nicolás a conocer el pueblo. De pronto el miedo invade mi cuerpo, una parte de mí tiene que aceptar la tarea que me encomendó su madre, la otra, no quiere salir, tiene miedo de que alguien me reconozca. Pero, no puedo seguir viviendo en el pasado. Dominando mis miedos, le digo que será un placer, la señora me agradece y dice que no tengamos prisa en volver, siempre y cuando sea antes de que anochezca. Ella le avisará a mi madre sobre mi paradero. Y así, sin más. Llevo a mi vecino a conocer Ixtlememelixtle.

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