Kiev-Moscú

Autor: Manuel Marín Ruiz

Hay dos formas en las que puede leerse el conflicto que se vive en Europa del este y que acapara las medios de información de gran parte del mundo, así como las llamadas redes sociales, la primera es acudir a lo inmediato, incluso podría decirse que atender al “sentido común”, condenar la invasión rusa a Ucrania, describir a Vladimir Putin como el nuevo Adolf Hitler y culpar al régimen ruso de ser el principal y único culpable de la crisis política (la política por otros medios) entre Kiev y Moscú.

Esta primera forma, quizás lo políticamente correcto en lo que llamamos Occidente, se define de manera sencilla entre buenos y malos, héroes y villanos. Una forma de ver el conflicto de manera rápida para no confundir al espectador entre tantos análisis geopolíticos e historias que son ajenas al día a día de quien vive en el continente americano.

Resumiendo, esta forma de ver el mundo podría leerse así: Rusia busca imponer un gobierno títere en Ucrania (sino que apoderarse del país mismo), tal como lo ha hecho en Bielorrusia con Aleksandr Lukashenko, por lo que el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, pide ayuda para anexar a su país a la Unión Europea y la OTAN y proteger así a Ucrania de los deseos de Moscú por restaurar el viejo dominio de la ex Unión Soviética.  

La segunda forma de analizar y entender este conflicto es menos popular y requiere ir un poco más atrás en la historia reciente de Ucrania, más atrás incluso de 2014, cuando Rusia anexó a Crimea tras la caída del presidente pro-moscú, Víktor Yanukóvich, a quien la llamada revuelta de maidán lo obligó a exiliarse del país.

Pensemos en la caída del muro del Berlín, una de las promesas que hizo Estados Unidos a la URSS para realizar la reunificación alemana (1990) fue que la OTAN no se expandiera al este de Europa, incluso en aquellos años el último secretario del partido comunista, Mijaíl Gorbachov, hablaba de una casa común europea lo cual fue secundado por el mismo secretario de estado de los Estados Unidos, James Baker, quien pidió fundar un sistema de seguridad que abarcara desde América del norte hasta Rusia.

Por muchos años la OTAN cumplió esta promesa, hasta 1999 cuando invitó a Polonia, República Checa y Hungría a formar parte del grupo de seguridad; después, en 2004 el presidente George W. Bush anuncia la anexión a la OTAN de Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumania, Eslovaquia y Eslovenia, dos de ellos con fronteras compartidas con Rusia.

A quien fuera el primer presidente en ofrecer su apoyo a Bush tras los ataques terroristas de 2001 no le gustó mucho que la OTAN rompiera esta promesa. Vladimir Putin tomó entonces una postura radical en la que según sus propios cálculos mantener alejadas de sus fronteras a la OTAN sería se suma importancia para el futuro y la seguridad de Rusia. Era entonces su primer mandato como presidente y aún no lograba imponerse como la voz única del Kremlin, faltaban años para conocer al verdadero Vladimir Putin.

¿Cómo pasó el mundo de hablar de un sistema de seguridad entre Estados Unidos y Rusia a la amenaza por parte de Putin de poner en alerta a sus fuerzas nucleares? Es una pregunta compleja que tiene más que una sola respuesta y en ella debe considerarse también la responsabilidad de Occidente en los conflictos internacionales.

Putin será recordado por las imágenes de bombardeos a Ucrania y la muerte de muchos civiles a manos del ejército ruso, así como de los manifestantes arrestados en Moscú y San Petersburgo por exigir la paz. La pregunta es ¿quién recordará la responsabilidad de Occidente? ¿O es que no tenemos ninguna?

*El autor estudió periodismo en la FES ACATLÁN de la UNAM y colabora en distintos medios electronicos e impresos*

**Nota del editor: imagen en portada: especial Internet**