Insomnio en tiempos de pandemia

Por Elías, el hermano de Juan

Cuento breve

Solía no prestar demasiada atención a las sirenas de las ambulancias que en la lejanía se escuchaban de vez en cuando sobre la avenida ubicada a cinco calles del edificio donde habito en la Ciudad de México, entiendo que es el paso hacia un hospital de zona perteneciente al IMSS.

Pero de unos dos meses a la fecha, ese peculiar sonido se percibe de manera más frecuente y diría, que hasta terrorífico. En las noches, cuando disminuye sustancialmente el ruido citadino, la sonoridad de las unidades médicas transportando enfermos de Covid, es un tormento demoniaco.

Con el mínimo ruido me despierto, doy vueltas en la cama, coloco la almohada sobre mi cabeza, me paro, bebo sorbos de agua, camino como loquito por la sala, hablo solo en voz baja, regreso a la cama y nada; aborrecido insomnio ya me agarró de bajada. Dos o tres horas después, amanece.

En el día, por falta de reposo, ando como sonámbulo, distraído, olvido las cosas. Ayer, en vez de programar el horno de microondas 3 minutos para calentar el desayuno, pulsé 30 minutos. La llegada de los bomberos provocó que el resto de condóminos y vecinos de los edificios cercanos preguntaran a gritos, quién fue el idiota. Por mensaje de WhatsApp hice correr el rumor de que había sido un corto circuito en el departamento de Imeldita, la viejecita del 505 y sus 12 gatos.

Tras el susto y vergüenza trato de estar avispado. Para no tener contacto con microondas idiotas, por teléfono pido desayuno y comida a La Michoacana Bistrot, una fonda de la zona que envía alimentos a domicilio a precios aceptables. El desayuno cuesta 70 pesos más 10 de la propela al repartidor; una comida bien despachada tiene precio de 120 morlacos, más 15 de propina.

Como mi economía –igual a la de muchos mexicanos- está en franca depresión. La mañana del sábado me apersoné en el súper de conocida cadena gringa y me abastecí de una dotación muy generosa de latas de atún, huevo, pan integral de caja, botellas con agua, latas de verdura, cajas de cereal, botellas con salsa mexicana, charolas con carne, queso y varios litros de leche. Apenas pude pagar el cuentón con los vales de despensa que dan en el trabajo y que acumulé durante semanas.

Logré que el exquisito chico de la farmacia –quien me hace muchas fiestas cuando llego- próxima a mi hábitat, me vendiera dos cajas de Tafil para poder conciliar el sueño. Eso, más los consejos que leí en la Gaceta de la UNAM para evitar el insomnio, me funcionaron excelente. Paré de ver el celular cada minuto; una hora antes de irme a la cama me olvidada de Netflix, nada de chescos, ni café, mucho menos de bebidas alcohólicas, salvo una chela light, pero en el día.

Entonces dormía como si no le debiera a ninguno de los bancos usureros que operan en el país. Desayunaba puntualmente a las 8 de la mañana, luego de una ronda de sentadillas y abdominales. Después a darle en el Home Office  de 9 a 5:30 con pausa de 45 minutos para comer. Me autoelogié porque no se me quemó nada en el nuevo horno; además, las tres superquesadillas que preparé con el queso manchego quedaron como la Sharapova: espléndidamente sabrosas.

Unas morras que habitan en el departamento arriba del mío, de regular fachada, nada del otro mundo, vinieron hace un par de días a invitarme disque a una reunión con otras 15 personas; según explicaron, era de traje y si aceptaba debía llevar una botella de whisky Chivas Regal 18 años. Por supuesto, di las gracias cortésmente y decliné de manera muy caballerosa, es decir, las mandé a la China por naranjas, qué fiestas ni qué la real chingada, qué no están viendo la cantidad escalofriante de muertes por la infernal pandemia. Han de ser #Covidiotas, como los llaman en Twitter.

Claro que extraño la fiesta, el desmadre, a mis brothers, a mis amigas, pero ya habrá tiempo para todo ello; hoy prefiero estar encerrado que enterrado. Aún sigo escuchando el ulular de las ambulancias que suena a muerte, dolor y tragedia. Sigo conmoviéndome por ello mientras escucho, durante mi jornada laboral, el Ave María de Franz Schubert, interpretado por el Brooklyn Duo.   

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*Nota del editor: imagen en portada: especial Internet*