El Día Mundial del Sexo, y ciertos mandilones

Autor: Elías Lujurias Fajardo

A la tía Conchita ya ni se le antoja, al ternurita de mi amigo columnista ya se le acabó la pila y ahora sale con la excusa de que mejor quiere ser monje budista, mientras que a conocido tlalnepatlense, quien alardeaba de hacerlo tres veces al día, hace tiempo lo sustituyó por una tanda de cafés bien calientes, en tanto que Paco Alpargatas se esconde de su aún apetecible esposa en cantinas de la Portales para evitarlo, y no regresa en Uber sino hasta pasada la medianoche ya bien flameado.

Se trata del sexo, cuyo día se celebró este martes en todo el mundo, incluso en las regiones donde se dan golpes de pecho, predican la moral y su afición favorita es la pedofilia, pero que son más crápulas que este sucio y cochinote escritor. Si alguno de ustedes se pregunta cómo me enteré, fue a través del más pervertido de mis colegas: don Arturo Medina, un “viejo” reportero que se sabe el más pequeño de los pernos en el inmenso engranaje del periodismo. Aunque su audacia y curiosidad como husmeador profesional le han ganado algún rapapolvo y a que lo expulsen de cierta entidad pulquera.

Una serie de beneficios se atribuye al hecho de tener sexo. La mayoría, estoy seguro, no son sino “mitos geniales”, pues no pocos de ellos, en mi caso particular, se han derrumbado luego de algunos lustros de casado. Por ejemplo, se dice que al “hacer el amor” –se oye mejor que la vulgaridad de “tener sexo”- las endorfinas hacen su benéfico trabajo y lo colocan a uno en una especie de paraíso terrenal; protesto y difiero sustancialmente de tan quimérica teoría. Si no, entonces que me expliquen por qué mi mujer, la mayor de las veces cuando quiero hacérsela gacha, literalmente dar una exhibición contundente de la potencia letal que me caracteriza, sale con que tiene una fuerte migraña si tan sólo minutos antes estaba carcajeándose de Nosotros los Guapos, y cuando acepta, luego de unos tres segundos me pregunta ¿ya terminaste? Así que no creo en la fantasiosa conjetura.

Por eso, mejor echo trago junto con El Ternurita, y me he convertido en un contumaz devorador de libros; incluso, desesperado, he incurrido en la peor bajeza que ser humano puede realizar: incursionar en la deleznable política. De esta dimensión es la forma en que, de plano, me he alejado involuntariamente del sexo; todo, por causa de mi domadora y mi torpe fidelidad a ella.

Y luego, entre tanta literatura en la red, donde hay de todo: buena, mala y peor, confirmo mis sospechas: hay muchos asexuales, es decir, esos a los que el sexo -.dicen ellos- no les interesa. Mi vecino del 314 es uno de ellos, así me lo presumía siempre que coincidíamos en el elevador del edificio donde habitamos. Tiene un departamento mega chido. Sus ingresos le permiten el lujo. Sé que es corredor de bolsa, vegano y hípster. La novia es de las mismas características pero muy guapa, aunque a mí me parece un tanto flaca; ah, pero sumamente amable y gran lectora. Recientemente, a propósito de sus gustos vintage, en una breve charla de pasillo comentamos la novela de Anatole France, La Rebelión de los Ángeles y nos reímos bastante de las incidencias narradas en la interesante obra.

No puedo imaginar cómo algún ser humano puede abstenerse del placer inconmensurable de hacer el amor; insisto, no de tener sexo. La neta, es una deliciosa manera de llevar al máximo los sentidos de decirle a la contraparte: te amo. Aunque para evitar caer en la hipocresía y en lo que el recordado Carlos Fuentes llamó Las Buenas Conciencias, no estoy en contra de un free cuando la ocasión lo propicie y las hormonas desesperadas salten de un sitio a otro en busca de la salida de emergencia.

Por lo tanto, y para no fastidiarlos más con mis idioteces, les sugiero que cada quien haga de su vida un papalote en lo que respecta al siempre polémico asunto del sexo –y en todo lo demás-. Los que puedan, pónganle sin remordimientos ni complejos siempre que se les antoje, nomás cuídense harto y jamás paguen por tener sexo, nada hay más catártico que convencerla o convencerlo.

Es todo por hoy, los dejo porque me voy a cubrir las asambleas en el Che Guevara, allá en CU, donde el broncón se le está poniendo color de hormiga al rector Enrique Graue y no pocos crápulas de la Universidad –y principalmente de fuera- quieren que ruede su cabeza. A ver si los grupos políticos que tienen metidas las manos y el dinero para financiar a los porros le miden el agua a los camotes y se sientan a meditarlo bien; a nadie en el país conviene que incendien a la UNAM.

¡Epaleeee... paren las prensas!

P.D. A todas mis entrañables “corazoncitos”, colegas de profesión –en el periodismo, no en lo de disoluto-, les aplaudo por no dejar que les falten al respeto con un lenguaje  sexista, vulgar y poco inteligente de ya saben quién. Vientos huracanados por defender su bien ganado lugar.