El balón en Argentina se quedó quieto… la frustración no

Un país que respira y transpira pasión por el futbol tendría una final soñada por todos los argentinos, sin embargo, tuvo decepción y vergüenza.

Para River, era la última y única oportunidad de ganar el trofeo que valora más que cualquier otro derrotando a su acérrimo rival frente a los hinchas que adoran al club; para Boca, era una de esas oportunidades que llegan una vez en la vida, de infligir la más dolorosa humillación imaginable a su eterno rival; de asegurar la victoria más grandiosa de su historia en territorio enemigo, sin embargo, sólo se demostró que Argentina es un país dañado y que Conmebol es incompetente.

El futbol, una vez más, se manchó por la violencia. Por primera vez en muchos años un partido del balompié argentino tenía la atención global, gracias a que sus dos grandes clubes jugarían una final continental: la Copa Libertadores, torneo devaluado, ya que sus partidos no son vistos en el mundo, por su escaso nivel. Pero este Boca-River era una ocasión inmejorable para volver a vender futbol argentino y sudamericano, por su pasión.

Pero el autobús que llevaba al equipo de Boca fue atacado por hinchas de River. Después, para dispersarlos, la policía –que no había sabido prevenir las piedras– tiró gases lacrimógenos; Boca dijo que no podía jugar el sábado, no debía y no quería jugar en ese clima de linchamiento, estaba en inferioridad de condiciones, al salir afectados sus futbolistas. River concedió.

Era tal la parálisis de Conmebol, que fue moviendo horarios para el inicio del juego. Dar esperanzas falsas es una mentira culposa. Llegó a presionar a Boca, para que se vistiera para el encuentro. La señal de FOX era continua. Pero la verdad es que, quién resulte campeón de la edición 2018 de la Copa Libertadores, un asterisco manchará el trofeo.

En los espacios VIP del Monumental, con los cuellos blancos de FIFA, la Conmebol dejaba constancia de su incapacidad para decidir. Es claro, hay títeres con escritorios de caoba.

Pactaron el aplazamiento y empezaron a buscar la ruta de escape desde el Monumental, en medio de la afición, harta de esperar cinco horas o más, vieron alargarse los segundos y las sombras, y al final el balón no corrió.

El futbol argentino y la Conmebol, institución que rige a la Copa Libertadores, son un desastre. Mafias los dominan, negocios sucios los manejan, la ineptitud cubre todo: no son capaces, siquiera, de montar un partido.

La FIFA tiene 211 países afiliados. Hay 210 que son capaces de organizar partidos con hinchadas visitantes; hay uno que no –solo uno que no– y se llama Argentina.

La culpa no es exclusiva de las instituciones deportivas: los sistemas de seguridad deberían hacerse cargo. Pero su Estado también parece un chiste. Hace dos semanas, en un ataque de entusiasmo, el presidente de la Nación, Mauricio Macri, se levantó con una idea y dijo que estos dos partidos debían jugarse con público visitante y, sin reflexiones ni consultas, lo anunció.

No es la única muestra de que la organización argentina no funciona. Pero hay más que no funciona: muchas personas argentinas, la sociedad argentina. Los medios, las instituciones, las personas llevan un mes diciendo que este partido es lo más importante que pasará en su país en estos años, a tal grado de llamarlo “la final del mundo”, en medio de proyectiles, bengalas y gases.

Hay suficiente cantidad de argentinos que creen que apedrear futbolistas es una buena idea, aunado a esa mujer, aficionada del River Plate, –cuya imagen apareció en las redes sociales, televisiones, periódicos– que decidió que la mejor manera de meter en la cancha una docena de bengalas era atarlas alrededor del cuerpo de una pequeña, que se desconoce si era su hija, su sobrina, o la hija de una amiga, pero que al final fue detenida por agentes de la policía, que a la vez, también decomisó siete millones de pesos argentinos (15 mil dólares) y 300 entradas para el partido de vuelta de la final, en el domicilio de Héctor Godoy, líder de "Los Borrachos del Tablón", barra brava del equipo de los Millonarios, esos son los casos extremos: las puntas de ese iceberg, llamado crisis en el país argentino.

Sería bueno que los argentinos encontrarán una manera de disfrutar del futbol sin convertirlo en esa cuestión de vida o muerte; en un país donde sigue habiendo un tercio de pobres, 45 por ciento de inflación anual, cada vez menos educación, cada vez menos esperanzas; este partido parecía la ocasión de mostrar otra cosa. No pudieron. Hoy el mundo vio cómo está la Argentina, donde es bien conocido que las denominadas barras bravas son las dueñas del negocio de la reventa de boletos.

Ojalá a México le sirva de algo todo lo que se vivió este sábado en Buenos Aires, puesto que también esta sufriendo penas políticas, que arrastran en lo económico al pueblo, y que ve en el futbol un escenario para olvidarse de sus frustraciones. 

@Hortattack

*Nota del Editor: Foto: www.clarin.com*