La República tiene nombre de mujer

El día 14 de abril siempre ha sido una fecha importante para mí. Primero, porque es el cumpleaños de mi madre a la que desde el otro lado del charco, le envió el más cálido y grande de los apapachos. Segundo, porque ese mismo día de 1931, se proclamó la II República en España. Si bien es cierto que lejos estuve de vivir aquellos tiempos, reconozco una gran simpatía y, aunque puede resultar extraño por lo lejano, cierto sentimiento de nostalgia por ese sueño de libertad que en tan poco tiempo se desvaneció.

A 90 años de ese hito histórico, hablar de la República significa hablar de democracia, modernidad y libertad, sobre todo para las mujeres. La República trajo con ella el reconocimiento de derechos y libertades casi impensables en esa época: derecho al trabajo remunerado; ayuda a la maternidad; derechos para las madres solteras; igualdad de derechos en el matrimonio junto con una Ley de divorcio que fue una de las más avanzadas para su época; la posibilidad de ocupar cargos políticos en igualdad de condiciones que los hombres;  el derecho a voto –primer país de Europa en legalizarlo- y la aprobación de la Ley del aborto.  La alegría no duró mucho: cinco años más tarde, en 1936, llegaría el golpe de Estado contra el Gobierno legítimo y el inicio de cuarenta años de dictadura franquista en que se vieron truncados los sueños de libertad.

Esta nueva situación política provocó que muchas personas tuvieran que optar por el exilio como única alternativa. Entre los países que más gente acogió se encuentra México al que se calcula que llegaron entre veinte y veinticinco mil personas exiliadas de España.  Lázaro Cárdenas, el entonces presidente mexicano, se mostró siempre partidario y defensor de la República Española y llevó a cabo una política de asilo que resulto muy beneficiosa para los recién llegados. Así, en junio de 1939, dos meses después de finalizar la Guerra Civil, arribó al puerto de Veracruz el Sinaia, el primero de muchos buques que llegarían a México cargados de exiliados españoles.

Muchas de estas personas fueron mujeres que por supervivencia, por su militancia política y sindical o por su participación en la milicia no les quedo más opción que abandonar su tierra. Al llegar a un país nuevo,  la lucha política quedó en un segundo plano debido a que lo primordial era sacar adelante a sus familias y a ellas mismas; sin embargo, esto no  impidió que continuaran apoyando la resistencia desde México.

A principios de los años 40, mujeres intelectuales que pertenecían en su mayoría al mundo educativo, fundaron la Unión de Mujeres Españolas en México (UME),  única organización creada en el exilio donde participaban exclusivamente mujeres y que seguía los lineamientos de   la Asociación de Mujeres Antifascistas en España (AMA). En la UME podía participar cualquier mujer afín a la República, independientemente de su ideología política. Su trabajo estaba enfocado en la solidaridad con las personas encerradas en cárceles de España y con las mujeres que sufrían los estragos de la dictadura, a quienes mandaban alimentos y ropa.  En un primer momento, los envíos se realizaban con la colaboración de los Cuáqueros Americanos que tenían miembros en España de confianza y por medio de un conocido café del centro de la ciudad, hasta que la II Guerra Mundial comenzó a dificultar las entregas y tuvieron que mandarlas vía Paris con la ayuda de la Unión de Mujeres Españolas en Francia que contaba con más años de experiencia y que fue quien les ayudó a crear las redes de entrega.

La UME comenzó a reunirse en el Ateneo Español cuando en 1949  abrió sus puertas en la Calle Hamburgo del Centro Histórico. Elegir un centro cultural no fue casualidad sino que tenía el propósito de encubrir el verdadero motivo político que tenían esas reuniones de mujeres en las que se diseñaban estrategias para continuar apoyando a la República. Una de las ideas fue la edición en 1950 de la revista Mujeres. Se trataba de la primera publicación dedicada a las mujeres exiliadas en las que se les animaba a trabajar juntas en defensa del Gobierno legítimo, independientemente de su tendencia política.

La UME continuó activa hasta 1975 con la muerte del dictador Francisco Franco y se disolvió cuando liberaron a todas las personas presas políticas.

México recibió a estas mujeres y a sus familias con los brazos abiertos y les dio la oportunidad de labrarse una nueva vida, algo que quedará en la memoria colectiva y que España siempre deberá agradecer.  Nosotras, las que hemos llegado después, siempre estaremos en deuda con ellas por habernos enseñarnos a no rendirnos en la defensa de nuestras libertades.  Ojalá, más pronto que tarde, ejerzamos esa libertad y podamos celebrar la Tercera República. Brindemos por ello ¡Salud!

*Nota del editor: imagen en portada: especial Internet*