La magia de los libros

Mi casa estaba llena de libros repartidos en las estanterías de la sala, en las baldas de las habitaciones y en la mesita de noche de mi madre quien los devoraba uno detrás de otro. Ella me compró los primeros cuentos y poemas para niños de la entrañable Gloria Fuertes.

A pesar de que siempre tuve libros cerca de mí, no fue hasta los 10 u 11 años que comencé a enamorarme de la lectura después de leer El Jardín Secreto de Frances Hodgson. Recuerdo estar tumbada en el sofá de mi casa, transportándome a ese mundo, oliéndolo, reconociendo la cara e incluso la voz de cada personaje, recreándolos en mi mente con tanta claridad que parecía conocerlos. Al terminarlo, solo quería que se quedaran conmigo y así ocurrió. Esa es parte de la magia de los libros, que sus historias dejan un pequeño poso en ti. Sumergirte en la lectura te permite llegar a lugares, situaciones y personas que nunca imaginaste conocer. La poetisa estadounidense Emily Dickson no podía estar más acertada cuando dijo que  “para viajar lejos no hay mejor nave que un libro”.  Gracias a los libros viajé hasta Comala; viví la lucha de los comuneros de Castilla de la mano de la increíble María Pacheco; conocí a la familia Buendía en Macondo; buceé en una isla bajo el mar que resultó ser el cielo de los esclavos en Haití; guardé a la Tía Tula el secreto de su amor prohibido; me angustié por los estragos de la ceguera y la lucidez en una ciudad perdida de Portugal; descubrí a los Goldman-de-Baltimore y acompañé a unos jóvenes poetas que se creían detectives mientras deambulaban por las calles de Ciudad de México en busca de una escritora desparecida.

Descubrir esas historias convierte la lectura en un increíble viaje y si además el formato es en papel, el libro se convierte en un objeto con valor sentimental que puedes abrir, tocar, ojear o releer en cualquier momento, siempre a disposición, sin necesidad de cables, pila o internet.  Entrar en una librería y recorrer las estanterías llenas de historias que esperan ser descubiertas o estar con una amiga, ver sus libros y sentir un vínculo especial por compartir algún autor o novela favorita. Se trata de una sensación parecida a la que siento cuando veo a alguien en la calle o en el metro leyendo un libro que me gusta. Aunque sea un desconocido me cae bien, le dedico una sonrisa, pienso si habrá llegado a tal escena y si le estará gustando tanto como me gustó a mí.

Además, los libros prestados o de segunda mano tienen algo todavía más especial.  Descubrir una vieja dedicatoria o un pequeño apunte en alguna palabra o frase, recorrer las páginas – quizá desgastadas - pensando que antes que tú,  alguien estuvo nadando en ellas y que disfrutó de esa misma historia que ahora lees, crea también un vínculo con la persona que lo leyó.  No soy la única a la que le parece maravilloso pensar en la historia que cada libro lleva consigo más allá de sus páginas. En 2001 nació en Estados Unidos, Bookcroosing, una de las primeras iniciativas cuyo objetivo es compartir libros y hacer que viajen por el mundo. El funcionamiento es sencillo: inscribes un libro,  se le asigna un código y cuando lo lees, lo dejas en un lugar público añadiendo una nota con el nombre de la plataforma y el código para que la persona que lo encuentre siga el mismo proceso y lo libere en cualquier lugar de la ciudad o del mundo. Si pueden, no duden probar la experiencia.

Un amigo me decía el otro día que los e-books acabarán haciendo desaparecer los libros físicos y yo me niego a créelo: ¿se imaginan un mundo sin libros, sin librerías o sin bibliotecas donde puedas alejarte un rato del ruido exterior? Yo tampoco, y si sucede, como diría la querida Mafalda, que paren el mundo que yo me bajo. 

*Nota del editor: foto en portada: BTU*