¡Un hogar para todos!

Desde Bolonia, Italia

Estamos a punto de tener una ley sobre las uniones civiles en Italia. Reglamentar esas experiencias humanas, esas relaciones que algunos vivimos en primera persona y otros se limitan a observar. Claro que podemos ser objeto de estudio, pero también podemos ser puntos de referencia para vivir mejor. Aquí la cuestión es el reconocimiento de una sensibilidad, un comportamiento o, simplemente, un fenómeno de la naturaleza.

Es suficiente dar un trato de igualdad a una persona o colectividad, dejando a un lado los aspectos sexuales, y sobre todo, dando la posibilidad de ser en el respeto de sí mismo y de las leyes. Dicha ley cambiará la vida de tantas mujeres y hombres como ha pasado en muchos otros lugares, donde leyes similares rigen los derechos y libertades de los ciudadanos y, al mismo tiempo, definen los poderes e instituciones de la organización política que los gobierna a través de sus actos.

¿Es tan difícil reconocer la esencia de personas que quieren vivir juntos, compartir sus vidas y estar cerca uno del otro? Hablo del hecho de reconocer la vitalidad que se manifiesta con un roce, una mirada que traspasa y encuentra la complicidad para estar bien, pero sobre todo la decisión de estar en compañía de personas que nos hacen sentir bien y, por consecuencia, nos permiten decir “éste soy yo, estos somos nosotros ¿y tú?”.

A quien le importa si por las noches duermo al lado de un ser que me da confianza y tranquilidad, que nos levantemos y desayunemos juntos, si es que coincidimos en horarios de trabajo porque como todos, cada uno tiene sus compromisos y obligaciones. En fin, a quien le importa si vivimos en pareja como mis padres o mis amigos que hacen el amor cuando quieren, salen y entran de casa cuando quieren y, deciden dialogar o discutir, comer o leer, limpiar o vivir en el desorden. Yo también quiero formar un hogar.

No está escrito que firmar un documento conlleva a que la vida de pareja será mejor o peor. Lo que sí es claro es que nuestra unión concertada mediante ciertas formalidades legales, ayudará a establecer y mantener una comunidad de vida e intereses. Y por supuesto, ayudará a dejar atrás las iniciativas contrarias a la aprobación de una ley que al final homologa a Italia al resto de Europa en materia de derechos civiles.

A lo mejor el hecho de que el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo condenó el pasado mes de julio a Italia por no reconocer la unión legal de las parejas del mismo sexo ha ayudado a esta lucha por la libertad que debería existir en todas las sociedades, culturas y estados que reconocen determinadas condiciones necesarias para vivir mejor y en armonía. Si este fuera el caso, lo mejor sería ayudar a otros individuos para terminar con la diferencia de tratamiento legal que recibe la homosexualidad en el planeta, ya que hay muchos países que reconocen la condena bajo diferentes penas de los actos homosexuales, incluyendo la pena de muerte como en Mauritania, Brunéi, Arabia Saudita e Irán.

Cabe recordar que el matrimonio entre personas del mismo sexo se encuentra permitido en veinte países a nivel nacional, así como en otros dos en parte de su territorio. Este reconocimiento no cayó del cielo, es el resultado de una trayectoria histórica que incluye la crucial revuelta de Stonewall Inn, en Manhattan, el 27 de junio de 1969, contra una brutal operación policial. Así que hagamos algo para promocionar la visibilidad de la homosexualidad, combatir la homofobia y exigir legislaciones igualitarias. Tengamos presente la Declaración Universal de los Derechos Humanos que dice “Toda persona tiene los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”.