Arráncame la vida pero dame educación

Desde Bolonia, Italia

Con los tiempos que corren, el hecho de fortalecer las raíces para vivir con tranquilidad radica en el aprendizaje y la cultura. La esencia está en dar crianza a todos desde la infancia hasta la vejez, porque aprender es un verbo. La enseñanza es para todos, desde trasmitir las tradiciones hasta los conocimientos que constituyen una instrucción, un intercambio y un respeto para llegar a resoluciones con el consentimiento de todos.

Empecemos por compartir las experiencias. Demos un ejemplo. Tengamos iniciativa para impulsar un sistema educativo público. De la escuela privada, ya se encargan quienes tienen que rendir cuentas de sus actos a otros con ciertos intereses y, por supuesto, a los órganos gubernamentales que determinan las leyes, normas y otras disposiciones legislativas o, al menos, en teoría eso se determinó hace tiempo. No olvidemos que vivimos en un Estado de derecho.

El hecho de que algunos se puedan permitir, con o sin sacrificios, una educación de “cierto nivel”, no significa que solo algunos deben ocuparse de la educación en México. El grado de educación  e  ignorancia que determina el grado de bienestar alcanzado por la generalidad de los habitantes de un país es evidente en la vida diaria como nos lo pueden confirmar quienes viven en sus jaulas de oro y quienes tienen el poder de decisión en las cuestiones nacionales.  Nosotros que salimos a la calle todos los días, nos damos cuenta de la situación y cerrar los ojos es imposible.

Las cosas van como van mientras que la pobreza, la corrupción y la inseguridad crecen a la par de la visión individualista que nos aleja de la posible colaboración necesaria para trabajar por una nación, donde la cuestión no es de izquierdas o de derechas, es cuestión de sentido común, es decir, se trata de la capacidad de entender o juzgar de forma razonable las problemáticas del país  para no alimentar el proceso de retrogradación que agrava las cuestiones de sanidad, agua, educación, alimentación y vivienda.

Dicho proceso es palpable en muchos casos que llegan a ser noticia de ocho columnas como el caso de la chica huichol que fue agredida sexualmente y no le informaron de su derecho a interrumpir el embarazo. Este tipo de delitos y, por supuesto, el modo en cómo se enfrentan, colocan a nuestro país en el primer lugar de la OCDE por los altos índices de abuso sexual, violencia y homicidios contra menores de 14 años.

¡Miremos otras escalas! México obtuvo 35 puntos en el Índice de Percepción de la Corrupción 2015, publicado por Transparencia Internacional (TI), una escala que va de cero (altos niveles de corrupción) a 100 (bajos niveles de corrupción), con lo que se mantuvo sin cambios en comparación con los resultados de 2014. Ya veremos qué dicen las estadísticas del 2016, pero no creo que nos den ninguna sorpresa. Nuestro querido México tiene niveles de corrupción similares a los que tienen Filipinas, Armenia y Mali. La corrupción es un problema sistémico que hace que la sociedad entre en un círculo vicioso que causa una cadena de problemas que establece un mayor nivel de desigualdad entre los mexicanos.

Algunas estadísticas dicen que  el 1% de la población recibe el 21% de los ingresos de todo el país.  Los ricos se hacen más ricos, aunque digan que Los ricos también lloran eso no nos lleva a ninguna parte. Recordemos que en la lista de 'Forbes', en 1996 había 15 mexicanos con fortunas superiores a los mil millones de dólares; en 2014, su número ascendió a tan solo 16. No obstante, mientras que en 1996 las fortunas de esos 15 equivalían a 25.600 millones de dólares, las de los 16 mexicanos más ricos en 2014 equivalía a 142.900 millones de dólares, de forma que en este período, la fortuna promedio de cada miembro de ese grupo pasó de 1.700 a 8.900 millones de dólares. La riqueza de los cuatro mexicanos más acaudalados Carlos Slim, Germán Larrea, Alberto Baillères y Ricardo Salinas Pliego en 2014 representó el 9% del PIB del país. ¿Y el salario mínimo? ¿El salario ha registrado una disminución o un aumento?

Las cosas no cambian. La desigualdad, la marginación y la exclusión se imponen.  Y en el campo educativo cómo es.