La culpa no es de Yoko

Siempre he pensado que los fans de los Beatles son como los seguidores de Andrés Manuel, llevan en la sangre una pasión exacerbada, desmedida y tenaz. Tienen un entusiasmo desmedido y algunas veces indiscriminado y violento. Podría decir que a veces supera la racionalidad, y puede llegar a extremos muy peligrosos. Esa feligresía es intolerante, terca e intransigente.

Digo lo anterior porque seguro voy a herir un par de susceptibilidades. Los Beatles fueron (y siguen siendo) mercadotecnia pura. Llegaron a ser tan populares gracias a la visión de Brian Epstein, un gay que se enamoró de aquel grupo insípido que tocaba en “la caverna”, para después pulirlos y llevarlos hasta la cima. Es a él a quien le deben la historia y el éxito, pues los descubrió cuando apenas era unos adolescentes que tocaban, la verdad, con muy pocas aspiraciones.

El señor Epstein les dio ese toque necesario para que pudieran llegar a ser el grupo que inició, sin quererlo, una revolución en la industria musical. Gracias a Epstein, lograron presentarse en lugares que jamás imaginaron, consiguieron cobrar sumas increíbles y tuvieron una difusión masiva espectacular, pero sobre todo una imagen que les permitió seguir viviendo de la fama obtenida a partir de 1964.

Los uniformó, fortaleció su personalidad, creó la imagen de chicos muy agradables, cómicos y, sobre todo, muy lindos. Brian supo vender la imagen de estos cuatro jóvenes, para convertirlos en el sueño de todas las mujeres y hombres que soñaban con tocarlos, conocerlos, verlos o, ya de perdida, sentirlos. A partir de los Beatles, los clubes de fans se volvieron parte fundamental de la historia de los grupos musicales.

La gente que asistía a sus conciertos (que aproximadamente duraban 35 minutos) iba a verlos más que a escucharlos, los gritos impedían que los acordes y las voces del grupo llegaran a los oídos de una audiencia desquiciada.

De la mano de Epstein, los Beatles impusieron moda, impulsaron la comercialización de los posters, las tarjetas coleccionables, la producción de portadas diversas, los artículos oficiales, los souvenirs, el peinado (todo mundo quería traer el corte de bacinica), el librito que viene dentro del disco, la edición de revistas especializadas en música y además, por si fuera poco, sentaron las bases del pop que conocemos ahora. A eso hay que sumarle que fue Brian quién inventó los mitos urbanos que giran alrededor del grupo. Que si Abbey Road, que si Paul está muerto, que si las leyendas ocultas, que si los mensajes subliminales, que si la portada del Sargento Pimienta…

Pero toda historia tiene su parte trágica y la vida de Brian Epstein no era del todo agradable, además de que no creo que fuera fácil ser gay en los años previos a la revolución sexual. Brian tuvo que vivir en el closet para no afectar la popularidad y los intereses del grupo y las propias. Aunque no se libró de que muchos escritores dijeran que estaba enamorado de Lennon y que habían tenido sus queveres durante un viaje que hicieron solos a España. Quién sabe, ya ven que Lennon era de mentalidad flexible y cualquier cosa pudo haber pasado. Pero ambos están muertos y lo que pasó o pudo pasar jamás lo sabremos.

En 1967, a la edad de 32 años, encontraron muerto a Brian Epstein en su departamento. La tragedia significó un cambio de rumbo para los Beatles y hasta diría que fue la causa de la separación del cuarteto… Y la pobre Yoko cargó con toda la culpa. Cruel destino.

Obituario: Un amigo mío (que por cierto ya no me lee) decía que John y Paul andaban, y por eso en ningún lado podemos encontrar una foto en donde ambos tengan barba, ¿será?