Todos somos Leicester City

De alguna u otra forma, el encanto y la desgracia del futbol se originan de un simple hecho: el aficionado que cada ocho días se sienta frente al televisor o acude al estadio con el objetivo de verlo ganar. Obviamente, muchos factores contradicen la afirmación anterior, pues a algunos aficionados les importa poco la calidad siempre y cuando su equipo resulte ganador (el 1-0 les da igual que un 10-0). Otros se enfocan, invariablemente, en culpar por cualquier acción que ocurre, dentro y fuera del campo, al árbitro en turno. Unos más dividen a los rivales en dos bandos: a los que merecen un digno saludo al término del encuentro y a los que, además de nunca jamás estrecharles la mano, hay que destruir en cualquier oportunidad. Al final, lo más importante es ver al equipo llevarse siempre el triunfo.

No obstante, entre el sector de aficionados a los que realmente les gusta el futbol, existe otra motivación: la posibilidad de lo inesperado. Ésta puede derivarse de una jugada magistral que culmina con el balón en la red, un disparo desde el mediocampo que sacude la portería, un gol de último minuto, un túnel, un doble túnel… Cualquier circunstancia que en segundos justifique el ritual de los 90 minutos. Son esos momentos los que activan la grabadora cerebral y generan memorias que serán citadas y recordadas a todo color en el futuro.

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Esta cualidad no es exclusiva del futbol, tampoco del deporte. Es una capacidad que tenemos los seres humanos. Lo mismo que ocurre cuando nos maravillamos por una jugada inesperada en el futbol, tenis o cualquier otra disciplina, ocurre también cuando, por ejemplo,

nos sorprendemos al conocer algo nuevo en la rutina diaria. Ir a la izquierda en vez de ir a la derecha. Negro en lugar de blanco. Espresso y no descafeinado. Son esos detalles los que rompen lo cotidiano y dan sabor a la vida misma. Con el paso de los años, la palabra “milagro” adquirió un sinónimo de divinidad, pero su significado real se lee como algo extraño y maravilloso que genera admiración, asombro y fascinación. Y cuando un milagro ocurre, las personas se vuelven protagonistas porque lo han atestiguado, son parte del mismo. Pueden decir que “lo vivieron y lo vieron con sus propios ojos”.

Eso ha ocurrido en Inglaterra. Eso ha hecho el Leicester City durante el último año. De ser el candidato natural al descenso y un equipo más del montón en la Premier League, terminaron siendo una de las historias más increíbles que el futbol haya escrito. Semana a semana, los 337,000 habitantes de Leicester, una ciudad ubicada entre Londres y Manchester (capitales del futbol inglés), así como millones de aficionados en el mundo, acudían a Twitter, Facebook, páginas de deportes y a la televisión para comprobar que lo impensable era realidad.

Hace un par de semanas y por primera vez en más de dos décadas, el título de la liga más poderosa del mundo abandonó las vitrinas de los de siempre. Hace unos días ocurrió un milagro que posiblemente nunca más se repetirá. Hace poco, los aficionados nos adueñamos de una historia que recordaremos por siempre y que contaremos a las futuras generaciones con el único objetivo de justificar por qué el futbol es el deporte más hermoso del mundo.

Hoy, todos somos seguidores del Leicester City.