La La Land, una gloriosa experiencia cinematográfica

Era una película que no podía esperar más tiempo por ver, y cuando finalmente me senté en la sala de cine en función de medianoche, la epifanía que presentía desde los primeros trailers hizo acto de aparición. ¿Es Ryan Gosling la encarnación de Debbie Reynolds? En “Singin’ in the Rain”, Reynolds interpreta a Kathy, la aspirante a estrella que ayuda a Don Lockwood (Gene Kelly) a reencontrar el éxito en el naciente cine sonoro luego de que su carrera como estrella de películas tontas en el cine mudo llegara a su fin. En una escena de la película, Kathy se avergüenza de salir saltando de un enorme pastel como parte del entretenimiento en una fiesta de Hollywood, no sin antes ver a un maravillado Kelly que la observa con fascinación mientras ella canta “All I Do is Dream of You”.

Sesenta años después, en el musical romántico “La La Land”, Ryan Gosling es Seb, un músico de jazz que después de ser despedido por no obedecer las reglas de su jefe el bar (J.K. Simmons), rechaza ser felicitado por Mia (Emma Stone), quien llegó al lugar después de una mala noche y que fue, por decirlo de alguna forma, hipnotizada por el jazz de Gosling. Más tarde, en una fiesta con alberca en Hollywood, Mia siente curiosidad por ver a la banda que está tocando música ochentera y al ver que Seb es el tecladista del grupo, pide que interpreten la canción “I Ran” de A Flock of Seagulls para forzar al jazzista a tocar el sintetizador. La humillación de Seb es lo más parecido a la repentina fascinación de Kelly por Reynolds tras burlarse de ella.

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La alusión del director y escritor Damien Chazelle a “Singin' in the Rain” es como el resto de su película: colorida, rítmica, divertida, romántica y encantadora. Chazelle interpreta las estaciones del año como la historia amorosa de Seb y Mia, comenzando y terminando con el invierno, e incidentalmente se involucra en su propio amor con Los Ángeles, donde de alguna manera parece ser siempre el verano. “La La Land” es un homenaje, en colores primarios, a los musicales clásicos, un acto de culto a los antepasados, salpicando energía y persiguiendo sueños de optimismo por toda la pantalla.

“La La Land” busca su propio lugar en algún lugar en un continuo entre “Singin' in the Rain” y “Everybody Says I Love You” de Woody Allen. Hay una pisca de los musicales de Jacques Demy y algo de la dinámica entre hombre y mujer en “A Star Is Born”. Chezelle puede que también se haya inspirado en “Fame” de Alan Parker para la secuencia de apertura, en donde un grupo de jóvenes con grandes sueños, simbólicamente atrapados en el tráfico de Los Ángeles, salen de sus coches para realizar una coreografía y dar la primera probada al espectador sobre lo que verá a continuación.

Seb es un tipo solitario en Los Ángeles, un apasionado y purista de la música que ha gastado (y fallado) hasta el último centavo en abrir un club de jazz en la ciudad. En la escena de apertura, Seb se encuentra justo detrás de Mia en el tráfico, mientras ella practica el diálogo de la audición a la que se acudirá un día después. Al rebasarla con mucho enojo por el lado derecho, ella lo insulta con el dedo medio. Seb y Mia están destinados a conocerse otra vez.

 

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A pesar de su filmografía (la mayoría en el género comedia), Stone nunca antes se había visto mejor: inteligente, astuta, vulnerable y con unos ojos que pueden contagiar su brillantez, así como el sentimiento de llanto. Sus escenas de audiciones son 100% una delicia, especialmente el montaje donde pasa de ser una policía, a una doctora de emergencias, a una profesora motivacional. Stone se encuentra justo donde radica la conexión emocional del filme con la audiencia: deambula entre la vida de ensueño junto a Seb, así como entre las desalentadoras oportunidades que ofrece la vida en Los Ángeles.

Probablemente no merezca una mención, pero Seb y Mia jamás son involucrados en una situación sexual. Vamos, ni siquiera existe la típica escena donde la cámara se aleja lentamente para mostrar una ventana o la luna. Hay un beso (precedido de una hermosa secuencia en el planetario). Se ve cuando viven juntos. Pero, a diferencia de otras películas, “La La Land” nunca insiste en que sus protagonistas fantaseen con el otro. Toda su sensualidad es proyectada en los detalles: el baile, la música y, sobre todo, en la complicada decisión que ambos toman al final.

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En el más descarado acto de apropiación -un extravagante gran final al estilo del ballet de “An American in Paris”, realizado sobre sets pintados y decorados como una tierra de ensueño-, “La La Land” toma el arte extasiado de esas producciones de MGM y lo combina con algo que se acerca a la agridulce euforia de la obra maestra de Demy “Los paraguas de Cherbourg” de 1964.

Si el final de “La La Land” se interpreta como triste o feliz, esto dependerá de cuánta fe tenga el espectador en los finales felices. Sin embargo, logrará provocar lágrimas, contagiará su música y hará que todo aquel que la vea se eleve unos cuantos metros del pavimento para bailar entre las nubes y el cielo estrellado.

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