De vengadores y justicieros

“Yo apoyo al Vengador”, frase viral, colocada en blanco sobre la silueta negra de un hombre que simboliza al héroe del momento. El texto se completa con las exigencias de dejarlo en paz, de proteger su identidad y de castigar a violadores, secuestradores, asaltantes y asesinos de inocentes. Acompañan a la imagen racimos de mensajes, todos en el mismo sentido; los usuarios de Facebook prodigan bendiciones, palabras de apoyo, solidaridad y aprobación al hombre que el lunes pasado asesino a cuatro supuestos asaltantes en un autobús que circulaba por la autopista México- Toluca.

Analistas y opinadores dicen otra cosa; la fría reflexión, la observación sensata, el examen más o menos minucioso de los hechos apuntan a la condena, los expertos se alejan de la falsa salida de la glorificación del personaje para alertar sobre el mal que evidencia su aparición. El vengador, justiciero o como usted quiera llamarle es evidencia de un fracaso. Si cada día nos enteramos de historias similares es por la incapacidad del Estado de cumplir con su obligación primaria de garantizar seguridad. Los Ángeles exterminadores no son una solución sino parte del mal que nos carcome como sociedad.

Sin embargo, el diagnóstico sensato choca con la realidad. Vivimos un momento de crisis, las cuentas oficiales nos ubican en el peor momento del sexenio, agosto, septiembre y octubre han sido los meses con más homicidios desde el inicio de la gestión de Enrique Peña Nieto, el problema no solo es de crimen organizado. La delincuencia común actúa con mayor saña, cada vez más, los robos terminan en asesinatos. Lo único constante es la impunidad y la corrupción; policías incapaces, investigadores ineptos y autoridades coludidas con los delincuentes hacen de México una tierra sin ley.

Frente a la brutalidad cotidiana, cualquier condena a los vengadores anónimos parece mera corrección política, pero no lo es. La justicia por propia mano es todo menos justicia, la defensa propia y la barbarie son separadas por una línea imperceptible. Sentimientos como el hartazgo o la desesperación son tan inflamables como un taque de gasolina. Basta una chispa para convertir la impotencia en ira, para transformar la desazón en venganza.

El linchamiento de inocentes o la infiltración de grupos de autodefensa por el crimen organizado, dan cuenta de la facilidad con que puede ser manipulada la reacción aparentemente legitima de una población agredida.

Quienes hoy se vuelcan en elogios hacia el vengador anónimo pueden tener poderosos argumentos pero carecen de razón. La ilusión momentánea de justicia no debe ser justificante de la ley de la selva, aunque la falta de autoridad no parezca ofrecer otro camino.