Percepción es realidad

Enrique Peña Nieto llega vapuleado al último tercio de su sexenio. Las dos encuestas difundidas la última semana por Consulta Mitofsky y Buendía & Laredo (está última a través del diario El Universal) muestran al presidente en su peor momento. Los índices de aprobación al final del cuarto año de gestión son raquíticos, apenas uno de cada cuatro mexicanos avala el trabajo presidencial mientras lo reprueba entre el 65 y el 79 por ciento.

Las cifras coinciden en lo general y también en la percepción de los grandes problemas del país; la economía se mantiene en la cima alcanzada por la violencia como las principales preocupaciones de los mexicanos.

En esta ocasión, no existe diferencia entre realidad y percepción, ese viejo pretexto utilizado por los políticos para señalar que los logros de gobierno tardan en reflejarse en el sentir ciudadano, simplemente estaría fuera de lugar.

El malestar coincide con las cifras duras. Los datos objetivos no dan lugar a equivocaciones o malos entendidos, en lo económico el país sigue estancado, las reformas apenas intentan despegar y no han funcionado para detonar crecimiento. El dólar sigue imparable sobre un peso que en cuatro años ha perdido casi la mitad de su valor. Seguimos a expensas de los mercados internacionales y los efectos, casi siempre negativos, de lo que ocurre en el exterior.

En materia de seguridad la situación es peor, julio, agosto y septiembre fueron los meses más violentos del sexenio. La tendencia iniciada hace un año se aceleró en último trimestre y puso en evidencia las carencias de la estrategia nacional contra el crimen. El

Comisionado Nacional de Seguridad, Renato Sales, promete una disminución en los números de octubre pero no será suficiente para corregir el saldo. Hay que reconocer que gran parte de la responsabilidad es de las autoridades estatales y municipales, aunque no se pueden olvidar la receta de coordinación entre los diferentes niveles de gobierno.

Para reducir los hechos delictivos. En los últimos años la Federación ha acudido al rescate de los gobernadores en problemas, pero nunca se ha percibido una coordinación eficiente, por el hecho de que las instituciones locales están en crisis permanente.

La mala imagen presidencial no está al margen  de los escándalos de corrupción protagonizados por ex gobernadores del PRI. Casos como el de Javier y César Duarte, así como de Roberto Borge, se ventilan, se denuncian, se investigan, pero sin resultados contundentes, han sido detenidos operadores menores de algunos de lo desfalcos, sin embargo, las cabezas siguen intocables. La idea de impunidad asociada con el PRI irremediablemente golpea al ejecutivo.

El presidente está debilitado, sin respaldo popular y con el proceso de sucesión en marcha, sin  margen de acción y la legitimidad de sus decisiones están comprometidas.

La llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos complica aún más el panorama. Las amenazas a la economía del país son reales, de concretarse nos pondrían, según analistas, en franco camino de la recesión. La urgencia cambia las prioridades. Si alguien pensaba en que Peña Nieto podría corregir de cara al final del sexenio, ahora debe darse por bien servido, si la administración federal, logra amortiguar el impacto de lo que viene.