Peor imposible

Si el gasolinazo del primero de enero fe la gota de combustible que derramó el vaso - como lo afirma Mauricio Merino en su columna de El Universal- la explicación oficial equivale a combatir el incendio con un bidón de gasolina.

Primero, el director de Pemex, el secretario de Hacienda y sus subalternos intentaron convencer a los mexicanos enardecidos de que no se trataba de un gasolinazo. Con mensajes rebosantes de tecnicismos intentaron decirnos que el aumento del 14 por ciento al litro de la gasolina magna y 20 por ciento al de la Premium eran consecuencia inmediata de la incipiente apertura del mercado de combustibles, afirmaron que el nefasto control de precios ejercido por el gobierno federal comenzaba a quedar en el pasado y ahora nos insertaríamos en la modernidad para someternos a las leyes de la oferta y la demanda como ocurre en el mundo desarrollado, que tuvimos el infortunio de dar el paso en un mal momento de petróleo caro y dólar carísimo, pero a cambio dejaríamos de subsidiar a la población más privilegiada del país y a sus sedientos vehículos.

El jueves pasado, tras cinco días de ira, el Presidente de la República tomó la palabra para terminar de dar la lección; dijo que el incremento no es producto de la reforma energética, que tampoco correspondía a un aumento de impuestos y advirtió que de no haber tomado la decisión, la educación y salud públicas, los programas sociales y millones de empleos se habrían puesto en peligro, acuso al gobierno anterior de quemar un billón de pesos en subsidios y concluyo con el ya famoso “¿Qué hubieran hecho ustedes?” Todo un clásico de la retórica política contemporánea.

El mensaje no funciona, en lugar de calmar los ánimos los exalta por varias razones; primero porque no es totalmente cierto, el aumento sí es parte de la reforma energética y también tiene un fuerte contenido recaudatorio, el impuesto especial a gasolinas permitió al estado recibir casi 240 mil millones de pesos en 2016, el monto sirvió en parte para equilibrar las pérdidas por la caída de los ingresos petroleros. Tampoco es cierto que el gasolinazo se deba al retiro del subsidio, toda vez que este dejó de aplicarse en 2015.

Las verdades a medias no hacen sino abonar al enorme descredito del gobierno en particular y la clase política en general. El gasolinazo, golpea al contribuyente cautivo a través del consumo; con el impuesto, los ciudadanos volvemos cargar con el peso de mantener al estado, sus instituciones, sus representas, sus privilegios y sus excesos. Con ese dinero que pagaremos, aunque no nos guste seguiremos subsidiando el gasto creciente de la alta burocracia, los bonos de fin de año, las jubilaciones groseras, la construcción innecesaria de edificios públicos, el despilfarro de los partidos políticos y por supuesto, los vales de gasolina de diputados, senadores y funcionarios de todos colores. También subsidiamos la riqueza de los Duarte, los Borge, Los Padrés, los Moreira y los que se acumulen en los siguientes días, semanas meses y años.

Pedir solidaridad, o al menos un poquito de sensibilidad de parte de la casta divina en el poder, es un mal chiste que nos lleva de la risa loca al llanto desconsolado. El nacimiento de la empatía entre la clase política y el resto de los mexicanos es un milagro que no va a ocurrir.

Dicho lo anterior cabría preguntar si algún mensaje nos hubiese logrado convencer de las bondades de la liberación del precio de los combustibles; con el hartazgo social hasta el tope, cualquier explicación habría fracasado y con razón, a estas alturas todo lo dicho por el presidente y su equipo es usado en su contra.

Por otra parte, achacar la violencia y el saqueo al desbordamiento de las pasiones sociales, es por el momento imposible o por lo menos inexacto, tanto como la hipótesis de que la turba enardecida ha sido empleada por el poder para deslegitimar la protesta y atemorizar a una población enojada y dispuesta a salir a las calles para externar su reclamo. Ambas versiones pueden ser ciertas, aunque yo al menos, carezco de pruebas suficientes para dar por válida una u otra. Lo que sí es verdad es que ni el vandalismo ni el temor van a apagar la furia desencadenada por el aumento a las gasolinas pero alimentada por años de abusos, excesos y cinismo.

Twitter: @PrimoOlvera

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