México Racista

Las razas no existen, el racismo sí; es lo que afirma Federico Navarrete en su libro “Racismo en México: Una denuncia”, editado por Grijalbo. Navarrete, historiador y narrador, describe a una sociedad marcada por el prejuicio en todos los niveles, desde la familia en donde abundan las etiquetas a aquellos integrantes de piel oscura, hasta los medios de comunicación y las campañas de publicidad que muestran la marca de una clasificación cromática en el día a día de nuestras relaciones. Revistas del corazón, telenovelas, anuncios, idealizan la tez blanca y excluyen los rasgos físicos de un 80 por ciento de la población. Ser güero es un asunto aspiracional, buscar pareja rubia o por lo menos de piel clara para “mejorar la raza” es un pensamiento aparentemente inofensivo, que sin embargo permanece grabado en el subconsciente, como un elemento casi imperceptible de denigración.

La apariencia ubica como sinónimos las palabras moreno y pobre, sin ninguna justificación real, los rasgos africanos y orientales no caben en el estereotipo nacional (si es que lo hay), en lo más oscuro de la historia del país están registrados episodios de exterminio contra “Chinos”, Yaquis y Mayas, por no entrar en los parámetros de la mexicanidad mestiza, otro concepto basado en la perversa clasificación racial. La mezcla de sangre nos une en apariencia, pero nos separa al otorgar cualidades distintas a nuestro origen español- indígena; el padre blanco es valiente, audaz e inteligente, mientras la madre morena es comprometida, abnegada y sumisa.

El racismo mexicano excluye, segrega y hiere, se combina con otros elementos para hacer invisibles a miles y mantenerlos alejados de la educación el progreso y la justicia, en México se discrimina por los rasgos físicos, por la posición en la escala social, por género, por religión y por preferencia sexual. Ejemplos hay muchos y se reproducen día con día. Las muertas de Juárez fueron víctimas de su múltiple condición de mujeres, pobres, migrantes e incluso de cuestionamientos morales, los muertos de San Fernando, Tamaulipas, fueron masacrados e ignorados por ser centroamericanos marginados, por valer menos que cualquier mexicano, miles de víctimas de la guerra contra las drogas permanecen en el anonimato, muchos, marcados por la justificación oficial de que se trataba de criminales y por lo tanto merecían la muerte.

Durante la búsqueda de los 43 de Ayotzinapa, las autoridades parecían respirar con alivio tras comprobar que cientos de cuerpos encontrados en las fosas clandestinas de Guerrero, no pertenecían a los jóvenes normalistas; hace apenas una semana, llamaba la atención como el gobierno federal se apresuraba a aclarar que los muertos de Nochixtlán no eran maestros, como si eso resultara un atenuante de la violencia y eliminara la sombra de la represión.

México no solo es racista, es excluyente y prejuicioso, encuentra en las diferencias, un justificativo casi cultural a la desigualdad y la impunidad.