Mexicanos a prueba

“Hoy nuestra nación, como pocas veces en la historia reciente,  está a prueba”... “México exige de nosotros unidad, unidad no al rededor de un gobierno, sino unidad en torno a los valores de la constitución”... “Este ambiente de desencanto y preocupación es también un llamado de atención a nuestro país”... Vivimos momentos cruciales, momentos en que se han conjuntado Desafíos del exterior con retos del interior”...

El llamado a la unidad es del Presidente de la República, el centenario de la Constitución cayó como mandado a hacer para el mensaje patriótico, frente al acoso del Masiosare de cabellos rubios que ha inscrito a México en su propia lista del mal. Enrique Peña Nieto tiene razón y razones para apelar a cohesión de todos mexicanos ante el fenómeno que trae al mundo de cabeza. Pero al hablar del desencanto y la preocupación como un asunto mundial encuentra pretexto para matizar o soslayar el complejo momento que vive nuestro país. Al desencanto y la preocupación se deben sumar la incertidumbre, el hartazgo, la desconfianza, sentimientos que no aparecieron ayer ni con la irrupción de Donald Trump en el escenario político mundial. El enojo acumulado, identificado con el eufemismo del mal humor social no nació en Washington ni en Nueva York. El gran malestar, estalló aquí, con el abuso sistemático y el escándalo, con el dispendio, el uso patrimonial de los recursos públicos, la corrupción y la impunidad. Se incubó y creció a lo largo de sexenios, con la cultura del moche, del diezmo, del compadrazgo, de la mano de empresarios y sindicatos que siempre se plegaron a las reglas de un juego perverso.

Hoy, con eventos anacrónicos, con pactos que nos recuerdan que las viejas y rancias formas de la política nacional siguen vivas, todos se comprometen a hacer lo que evitaron durante décadas. El futuro sombrío nos alcanzó desde hace mucho pero solo hoy han decidido darse cuenta, a medias.

Solo con la aparición del magnate autócrata, los hombres del poder deciden tomar acción, mirar hacia adentro, preocuparse por sus activos y descubrir, porque no habían querido hacerlo, que la dependencia es una mala idea.

La amenaza exterior es real, los llamados a enfrentar al enemigo podrán parecer pertinentes, Aunque insuflar el espíritu nacionalista como se tratase de una invasión militar o una guerra contra el peor enemigo, es francamente exagerado.

Llamar a unir esfuerzos es positivo, pero hacerlo simplemente porque somos un pueblo atacado desde el norte, puede terminar en la banalidad y la cursilería. ¿Unidos para que, con qué sentido? ¿La convocatoria a defender al país es un llamado al cambio o simplemente una consigna política para crearse la ilusión de una legitimidad evaporada hace tiempo?

Dicen los románticos que cada crisis es una oportunidad, en esta ocasión, la oportunidad podría ser para realizar una transformación de fondo, más allá de las reformas estructurales, o en cambio, más que una oportunidad, puede dar pie al oportunismo de salir del bache, ganar oxígeno en momentos cruciales y terminar el sexenio con una cierta ilusión de respaldo.

Hasta ahora, todo lo acordado para enfrentar al demonio de la Casa Blanca (la de Washington) flota en la vaguedad, el supuesto liderazgo que convoca a todos los actores nacionales  a sumar fuerzas se pierde en el pavor a lo que viene. En poco tiempo conoceremos si esto va en serio.

*Foto: Presidencia de la República*