Huracán Donald

Donald Trump no pierde el tiempo, nueve días le han bastado para generar la primera crisis de su gobierno. Empeñado en arrasar, el magnate neoyorquino ha provocado un huracán errático y destructivo, tanto, que él mismo comienza a ser víctima se la improvisación y sus propios errores.

La obsesión con humillar a México fue causa del primer revés. La negativa de nuestro gobierno a pagar el dichoso muro fronterizo, y la cancelación del encuentro programado para el martes 31 de enero (provocada por el propio Trump) lo dejó en fuera de lugar. Se ha topado con pared al intentar conseguir recursos para construir la barrera que impida la migración indocumentada a Estados Unidos. Queda claro que el Congreso no le aprobará una partida especial para su proyecto, por eso inventa el impuesto fronterizo que terminarían pagando los contribuyentes estadunidenses y lanza, a través del jefe de su jefe de staff, la simpática ocurrencia de multar indocumentados o de cobrar impuestos a los cárteles de la droga; el chiste se cuenta solo.

Dentro del alud de órdenes ejecutivas firmadas a todas horas por el cuadragésimo quinto presidente, la otra costosa medida que tampoco midió, fue vetar el ingreso de ciudadanos de siete países con población predominantemente musulmana, aun cuando cuenten con visa para ingresar a territorio norteamericano. La gran idea desato protestas en varios de los principales aeropuertos del país y más importante, provocó una dura reacción jurídica de parte de defensores de los derechos humanos y la condena de 16 fiscales estatales quienes advirtieron la inconstitucionalidad de la medida. Al mismo tiempo países aliados como Canadá y Alemania condenaron el hecho y reiteraron su decisión de abrir sus puertas a refugiados procedentes de medio oriente.

El ímpetu malsano por imponer una voluntad, por “gobernar” al margen de la ley sin ninguna consideración ni percepción de las consecuencias de cada acto, se perfila como el arma de doble filo que podría hacer de Donald Trump su propio verdugo. Tarde o temprano la acumulación de disparates le pasará facturas cada vez más costosas. Sin caer en la tentación del futurismo, no es iluso deducir que el gobernante de la Unión Americana terminará sufriendo una pesadilla que el mismo está construyendo. No es una buena noticia porque en el proceso, que no será inmediato, sembrará el caos, la desconfianza y el terror, golpeará lo mismo a latinos que a musulmanes, a rivales políticos y comerciales, a mujeres, a homosexuales y a cualquier minoría que se oponga a su ideal de progreso para Estados Unidos o el “pensamiento” prejuicioso y justiciero que lo llevó a ganar las elecciones de noviembre pasado.

Este es el principio, vienen las medidas comerciales y fiscales, los embates contra los derechos civiles y vaya usted a saber cuántas cosas más. El huracán Donald terminará consumiéndose, pero a su paso, como cualquier otro meteoro de gran magnitud dejará una estela de destrucción imposible de pronosticar.

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