Glamour sobre ruedas

La Fórmula Uno es un evento social. Durante tres días miles de chilangos se placean por el Autódromo Hermanos Rodríguez, van a ver y a que los vean. Palcos, Suites y la tribuna principal, ubicadas frente a los pits y la línea de meta son también pasarela, centro de reunión y altar consagrado a la vanidad. Bolsos Louis Vuitton, mascadas Hermés, cinturones Ferragamo, Anteojos Chanel o Bvlgari, zapatos Prada. Al evento del año debe de acudir como mandan los cánones, código de vestimenta: casual/sport, tan prohibida la facha como imperdonable el exceso; se vale, eso sí, tapizarse de marcas, comprar el uniforme del equipo – escudería- favorito y mostrar todo el fervor generado por los héroes de la pista.

La historia se repite al fondo del circuito con pequeñas diferencias. Los boletos de clase media dan acceso a asientos instalados en estructuras metálicas provisionales y a baños portátiles. En lugar del lounge instalado bajo el Grand Stand – frente a la meta- hay una carpa que hace las veces de restaurante, en vez de meseros vestidos de saco y moño nos topamos con la versión contemporánea del cubetero, “¡Cervezas refrescooos!” ofrecen a voz en cuello lo mismo a la entrada que en las escaleras de cada tribuna. El mayor lujo, es un espacio cuadrado de 10 por 10 metros en donde simpáticas edecanes sirven vasos de cerveza Heineken a clientes sedientos, sonrientes y pacientes, capaces de esperar hasta media hora para recibir su bebida en un vaso conmemorativo. El resto es igual. Secciones de comida divididas en largas hileras de cajas donde todo se paga previamente y otras hileras de carpas abiertas donde se recogen los sagrados alimentos; pizzas, hamburguesas, tacos, helados y desde luego, whiskeys, tequilas y rones a precios de oro. No hay escapatoria, a diferencia de la zona principal, quien sale de este lugar pierde derecho a regresar.

En todas las secciones de la ciudad deportiva se instalan tiendas con mercancías de pilotos y equipos. Los aficionados se agolpan frente a los mostradores en busca de la gorra, la playera y la chamarra de Hamilton, Vettel, nuestro Checo Pérez o el “Bien amado” Airton Senna, convertido en leyenda desde su muerte en Imola, aquel terrible primero de mayo de 1994. Ajuarearse con toda la ropa de Mercedes o McLaren no es barato, los precios de las gorras inician en mil pesos, las camisetas en mil 200, sudaderas y chamarras cuestan 4 mil 500 o más, pero la ocasión vale el tarjetazo.

Ser parte del Gran Circo no tiene precio, la máxima categoría del automovilismo es un mundo de glamour y riqueza. Máquinas de altísima tecnología piloteados por una veintena de pilotos arriesgados, veloces, jóvenes y atractivos, son al mismo tiempo atletas y figuras del jet set, héroes en la pista, estrellas dentro y fuera de sus autos, admirados y deseados, personajes centrales de un mundo de ensueño al que podemos entrar durante un fin de semana. Por eso la selfie, por eso el Facebook repleto de imágenes y mensajes dando constancia de nuestra asistencia al evento del año.

El Gran Premio de la Fórmula 1 es, sí, un deporte que apasiona a miles de genuinos aficionados, una disciplina que fascina a los amantes de los coches y la tecnología pero también es una cita ansiada en tiempos en que la vida es un gran evento social.