El fin y los medios

“Los medios condicionan los fines y, a la larga, se apoderan del fin.
La revolución que no acaba nunca es la violencia inacabable.
Y la violencia inacabable es una mala sociedad”.

Giovanni Sartori

Usar a la PGR para sacar a Ricardo Anaya de la contienda electoral es una idea peligrosa, manipular a las instituciones del Estado para destruir al adversario político, es un signo de totalitarismo, que en este caso, ni siquiera garantiza el éxito de quien lo hace.

Siendo optimistas, el PRI y el gobierno federal podrían presumir la destrucción de la narrativa panista para convencer a los votantes; ni Anaya ni sus colaboradores han logrado sacudirse los golpes lanzados por el bando tricolor que bien o mal ya logró colocarle la etiqueta de corrupto aun cuando hasta ahora, nadie ha acusado formalmente al queretano.

La “victoria” priista es pírrica, aun cuando la campaña de desprestigio pueda derivar en acusaciones penales o incluso una eventual expulsión de la contienda electoral, nada asegura que José Antonio Meade pueda subir en las encuestas al grado de competir con Andrés Manuel López Obrador, algo imposible en este momento.

Lo que si se puede calcular es el daño irreparable a las instituciones y a la democracia. El uso faccioso de la Procuraduría General de la República confirma los fines para los que fue creada la dependencia. La PGR se diseñó como un ariete político contra los enemigos del régimen y no como una instancia dedicada a procurar justicia. Durante décadas el modelo funcionó para dichos fines, pero permitió que se engendrara la crisis de impunidad que vive el país. La reforma de justicia penal, intenta generar un estado de derecho a través de la creación de una fiscalía independiente, sin embargo, la falta de acuerdos y de voluntad han dejado a la institución en el desahucio. La PGR está acéfala, desmantelada y dependiente de los designios de un gobierno que en este momento solo está interesado en ganar a como de lugar el próximo primero de julio. Si no logra acreditar la actuación ilegal de Ricardo Anaya, el panista podría quedar como mártir y salir fortalecido, si logra sustentar una acusación contra el llamado “Joven maravilla”, si en cambio consigue documentar algún ilícito, su actuación de cualquier forma quedaría en entredicho, debido al descaro con que las autoridades han actuado.

El golpe a la democracia es brutal, pues queda claro qué en su afán de mantener el poder, el PRI y el gobierno están dispuestos a descarrilar el proceso. La legitimidad de nuestro sistema electoral y por lo tanto, los resultados de las elecciones de julio, penden de un hilo.

Para el PRI, la jugada podría ser suicida. No hay manera de que los tricolores salgan bien librados si se empeñan en colocar el tema de la corrupción como eje de la discusión electoral. Ricardo Anaya podría ser corrupto, pero eso no limpia al priismo. Si la apuesta es a demostrar que todos son iguales, la estrategia resulta miserable.

Anaya no es una blanca paloma, para muchos, ya está manchado de la sospecha de corrupción y la certeza de que está dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de encumbrarse, pregúntele a Margarita Zavala y demás panistas relegados. Lo único cierto es que en el juego de ambiciones, nadie gana, todos perdemos.

*Nota del Editor: Imagen: Captura de Pantalla PGR*