¿Ya se dieron cuenta?

“…Suéltate ya y cuéntame
que aquí estamos para eso
Pa' lo bueno y pa' lo malo
Llora ahora y ríe luego…”

Jarabe de Palo

Soy un convencido de que uno debe ir por la vida amando cosas, ser así es la mejor forma de disfrutar momentos, pero sobre todo, relacionarse con gente que con el paso del tiempo se convierte en indispensable.

Por supuesto, cuando se aman cosas, uno aprende a reconocer “esos” signos a veces insignificantes que son el preámbulo de los grandes momentos del año que valen la pena disfrutar.

Quien me conoce, ya sea en persona o a través de Calle Melancolía, sabe que me encantan las mujeres, no existe nada que me atraiga más, que me intrigue más, que me hagan vibrar, sentir, vivir y con quien quiera experimentar, que las mujeres.

Vamos, para que me entiendan, me declaro 100 por ciento lesbiano.

Después, ligeramente atrás de las mujeres, amo los “vochos”, en mucho, porque a bordo de uno viví los momentos más sexosos que recuerdo, todavía cuando paso por la avenida Hank González, recuerdo la piel morena de una niña que me regaló su desnudez precisamente en la esquina de su casa.

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Fiel lectora nos informa que ya empezó a recorrer las calles de CDMX para buscar al ingrato que jugó con su amor o al afortunado que va a jugar con él.

También tengo una debilidad enorme por la Ciudad de México, obvio, porque en muchas de sus calles, viví historia de besos y ojos cerrados, en sus cines (algunos ya no existen) hubo encuentros, humedades, palabras, deseos… Pero sobre todo, recuerdos.

Ciertamente vivir en sitios distintos a la capital del país, hace que uno valore de donde viene; cuando se emigra se guardan los recuerdos de la “patria chica” porque no se tiene la certeza de si algún día se volverá. Yo tuve la suerte de regresar.

Precisamente el amor –por la ciudad- me permite reconocer “esos” signos de que algo especial se prepara: de repente las calles tienen un color especial, resultado de la lluvia, pero sobre todo un aroma delicioso a cempasúchil, su color amarillo casi naranja o naranja con toques amarrillos y que ya tomaron Paseo de la Reforma.

En los mercados viven; el aire se llena de copal, ya se encuentra pan de muerto, calaveras de azúcar y chocolate… Pero sobre todo la gente, los vecinos, las personas con la que compartimos la calle empiezan a organizar los detalles de los altares.

Son detalles geniales: quién estará, qué música, qué comida, qué vicios… Porque la fiesta de muertos en México es precisamente sobre los vivos.

Los vivos que ya no están, pero estuvieron y dejaron recuerdos, anécdotas… Vamos, que hicieron de nuestros días cosas dignas de ser contadas.

Por eso me gusta la fiesta de los Fieles Difuntos porque es una celebración de vida, de gente recordando a gente, personas como nosotros, que visten alocadamente, que se pintan la cara, que esperan a sus seres en el panteón o en la sala de la casa para recordar, para hablar.

En México –por suerte- la muerte no es asunto de miedo; para nosotros por encima de los dogmas de fe, la muerte es una amiga, es alguien con quien platicamos, con quien reímos, con quien nos tomamos un tequila… Es una constante en nuestra vida que nos permite vivir, así, sin prisas, sin temor, sin ansiedad, al fin como decimos “cuando te toca aunque te quites, cuando no te toca aunque te pongas”.

Faltan unos días para Muertos, la CDMX se prepara; el ambiente es festivo. Esta celebración, sin embargo, de unos años para acá tiene otro sitio, otro referente obligado: Aguascalientes.

Ya sea en los museos y con el desfile en CDMX o en el Festival de las Calaveras, lo importante es dejarse llevar por esta fiesta, por estos días, pero sobre todo, recordar a quienes ya no están; en México no lloramos ausencias, celebramos existencias.

Obvio, en estos días también recuerdo la Otomí-Tepehua, sus moles, un panteón que no aparece en los mapas en Chachahuantla, donde cuidé una tumba que no era mía, pero me sirvió para ser uno de “ellos” durante unos días.

Como sea, esta fecha es de recuerdos, de comer pan con chocolate, capirotada, moles, de tomar un tequila como Soledad me enseñó y fumarme un cigarro en su honor.

Es reconocer que tengo muchos motivos para celebrar: seis abuelos, un padre, una esposa, dos hijos, varios tíos y excelentes amigos, que ya no están, pero estuvieron.

Estos días son el mejor motivo para olvidar la agenda nacional y dejar que la ciudad nos arrope, ya sea en Mixquic o en esas tierras purépechas de Michoacán.

Dicho lo anterior solo basta aclarar que hasta aquí alcanzaron 4 reales… Para mandar fotos o pedir tu imagen erótica queda célebre correo: medinaarturo@gmail.com

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Hasta la próxima, que todo parece indicar, será el miércoles.