De lluvia, pipas y mujeres

“…Un dios triste y envidioso nos castigó
Por trepar juntos al árbol
Y atracarnos con la flor de la pasión…”

Joaquín Sabina

Pues resulta que existen dioses envidiosos que sufren cuando nosotros, simples mortales, nos atracamos con la flor de la pasión, pero como decía una de esas mujeres, estrictamente necesaria en el devenir de todo hombre, “así es de cruel, es la vida y debes de comprenderlo”.

No sé si soy yo, mi vejez… O el hecho de que la estación de lluvias al parecer ya llegó a la ciudad, pero lo cierto, es que hay en la atmosfera además de contaminación (mucha, si consideramos que ésta era la otrora zona más transparente del valle) una melancolía enorme.

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Y hablando de pipas… Perdón, de fieles lectoras, ella apareció en medio del caos urbano, delicioso ser ideal para después de… Darse un respiro con un buen tabaco, ojalá, que quiere decir, Alá quiera.

Sabe usted, la ciudad y la lluvia siempre me transporta (en recuerdo) a la piel de una mujer humedad y deseosa de sexo.

Ambas, mujer y ciudad se ven tan bonitas que da gusto verlas, tocarlas… Recorrerlas, darse un tiempo para estar en ellas y con ellas, para recrearse todos esos detalles que hacen la diferencia entre el ser y el solo estar.

La ciudad se encuentra en un estado tan melancólico que siento el impulso de echarme un clavado al librero, ¿para buscar un buen texto? Pues no, sabe usted, para encontrar mi tabaco y sacar de la caja de las pipas la ideal… Vamos, la correcta para estos momentos de humedad urbana que le sienta tan bien a la Ciudad de México.

Pocas personas saben que las pipas son tan parecidas a las mujeres, todas, por más similares que se vean son diferentes. Reconocer, pero sobre todo disfrutar de esos detalles, que hacen la diferencia, hacen que las noches en compañía y las horas de recuerdos con el tabaco en las manos valgan la pena.

Cuando uno fuma una pipa, al igual que como sucede con las mujeres, es menester, darse un tiempo para palpar sus líneas y curvas, para reconocer y conocer sus texturas.

Primero en frío, cuando recién se toma la pipa o la dama, pero después -y es lo que vale la pena-, cuando la mezcla de tabaco y braza hace que el cuerpo (de la pipa y por ende de la mujer) entre en calor, llegando a esa tibieza que hace que un hombre gustoso meta la cabeza entre las piernas de ella, con el deseo de nunca más salir, de hacer de esa humedad algo parecido a un hogar.

En la caja de las pipas hay varias… Algunas pequeñas con rasgos finos, donde sus detalles se descubren en cada encuentro, en esos momentos, siempre necesarios en las que uno debe darse “un tiempo” para el disfrute, para cargar el tabaco, la medida justa ni mucho que se ahogue, ni poco que haga que la braza no logre nacer, crecer y madurar.

Así… Con las mismas descripciones hay mujeres, pequeñas de rasgos finos, donde cada detalle se descubre en el sutil cambio de sus quejidos, de los orgasmos que nacen en cada encuentro, donde uno debe darse “un tiempo” para el disfrute, para tocarla y recorrerla en la medida gusto, con los detalles que ella nos marque.

De igual manera, hay otras pipas hechas para las tardes de lluvia… Pipas que son grandes, fuertes, un gusto para los sentidos cuando la tenemos entre las manos, jugando a que el tiempo pasa, en esos momento en que los hombres podemos sentarnos en algún lugar solo a disfrutar del ver y si acaso de una cerveza.

Esas pipas son, sin duda, el recuerdo de las mujeres grandes… Fuertes, que te envuelven entre sus piernas mientras te nutren con la savia de su humedad, fuente de vida, que nace del punto más erótico de su entre pierna, donde el hombre a fuerza de ser se convierte de criatura en creador.

Mmmm… Qué rico… No sé qué más decirles, los hombres debemos –porque no lo merecemos- darnos ese tiempo para detener el andar de los días, por una hora, por unos cuantos minutos, para tomar una pipa, acariciarla, jugar con ella, disfrutarla, sentirla, tenerla entre los labios, absorber o mejor aún, nutrirse con sus sabores, sus aromas, con esa deliciosa mezcla de madera y tabaco, ver el mundo por y a través de una capa de humo.

Es más porque no, todos los hombres debemos –porque no lo merecemos- darnos ese tiempo para detener el andar de los días, por una hora (bueno por varias) para tomar una mujer, acariciarla, jugar con ella, disfrutarla, sentirla, tenerla entre los labios, absorber o mejor aún nutrirse con sus sabores, sus aromas, con esa deliciosa mezcla de piel y tabaco, ver el mundo por debajo de su vestido.

Las pipas y las mujeres se parecen tanto, que cuando un hombre limpia su pipa, reconoce en el interior de ella, los rasgos de otros encuentros, de otros momentos, de otros tabacos y necesariamente de ese proceso se generan recuerdos, algunos propios… Otros ajenos, pero qué importa, recuerdos son recuerdos y de eso depende que una pipa o una mujer, sean perfectas para ese momento justo.

Pues sí… Ya empezó a llover y los sentidos están a flor de piel, creo que lo único que toca por hacer es seguir la búsqueda de mi tabaco entre tantos libros.

Para este fin de semana… tarea para ellos, sacar la pipa del baúl de los recuerdos, ¿Qué, no tiene? Pues cómprela, no es a fuerza que sea nueva, luego en los bazares, mientras uno observa ella (mujer o pipa), la ideal aparece, se presenta, se deja tocar y resulta que es la ideal para nuestras manos, para nuestro ser… Pero sobre todo, para nuestros recuerdos.

Para decir adiós

Ok… No teniendo nada más que decir… Solo basta recordar que para declaraciones coquetas o confesiones candentes queda el correo: medinaarturo@gmail.com

Pero si la urgencia es mayor y es menester el análisis en ropa interior o mejor aún en cueros, pongan algo en el blog: https://callemelancoliatgo.wordpress.com/

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Hasta la próxima…