La otra cara de la lluvia

“agua que el sol evapora, 
bendita la hora, 
serán nubes de algodón…  
Gotas de agua de lluvia 
son lágrimas tristes en la inundación”
Ana Belén
 

La bendita lluvia… Existe un momento mágico que nace cuando la tarde o noche toma la oscuridad de las nubes y los valles, ya sea en la Tepehua o en la Ciudad de México, se llenan de miles de gotas que con el reflejo de la luz hace una cascada de mil colores.

Bueno al menos yo, cuando la lluvia llega no puedo dejar de pensar en la desnudez de un cuerpo femenino, en su deliciosa humedad, en un par de piernas abiertas y unos ojos cerrados, en el arte de abrir lentamente los botones de una blusa y encontrar ese objeto de deseo que los mortales llaman senos.

Observar como el clima hace el “milagro” de poner esos pechos en un punto en que todavía pueden ser más deliciosos para el contacto de los labios gracias a ese frio que acompaña a la lluvia.

En alguna época, la lluvia era la invitación, casi obligada a buscar la protección de una habitación de hotel, ese sitio sin rasgos de personalidad, ni esencia de sus integrantes.

Sitio ideal –sabe usted- para recorrer a “galope de besos” las curvas de una mujer, porque la belleza de los hoteles radica en que son impersonales, pese a que en sus habitaciones se escriben historias de personas, de seres que juegan a que se aman, durante 20 minutos, una hora, una tarde o una noche.

Los cuartos de hotel son gloriosos porque la gente en su interior se sustrae del mundo para encontrarse con otro –u otros según el gusto o el degenere- por el simple hecho de que afuera en la calle o la vereda llueve.

Hasta hace algunos años, la lluvia significaba mujeres sin ropa y besos profundos, sin embargo, desde que hice de la Tepehua mi hogar –hace algunos años- descubrí que la lluvia puede tener otros rostros, algunos de ellos que nada tienen que ver con el gusto de retozar en el cuerpo de una mujer.

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Alejada de la lluvia, Fiel Lectora nos recuerda que para el glamur cualquier sitio es bueno y más cuando se está en la celebre CDMX.

Uno de esos rostros, que me encanta es cuando todo sale bien y tras la estación de lluvia, la gente del campo recoge su cosecha, la cual presenta con alegría en la fiesta de “Todos los Santos” y entonces la muerte se hace mujer y tiene el sabor de la caña y pan de muertos.

El vestido de la muerte, o sea de ella, se nutre con el color del limón y la naranja, pero sobre todo sus dientes se forman con las tesituras del maíz.

Por supuesto –ahora-, no puedo entender la lluvia sin el “Agualinda”, sin el gusto de ir a danzar al “pozo madre” para pedir que las precipitaciones sean buenas y suficientes para la cosecha.

Sin embargo, en algunas ocasiones, la lluvia acá en México tiene un rostro que duele, que nos regresa a la cruda realidad, a la de paredes de costera y pisos de tierra, a esa realidad que está ajena a los discursos oficiales y a las giras de campaña.

De la misma manera que en ocasiones la lluvia tiene un lado delicioso cuando se acompaña con la desnudez de una mujer, también duele cuando una familia queda sólo con lo puesto, cuando se sienten desnudos porque todo lo que tenían se lo llevó el agua.

O peor aun, cuando la lluvia es sinónimo de muerte, este fin de semana 6 en Veracruz y la duda es ¿Dónde será la próxima tragedia?

Acá la lluvia nos coloca en primer plano a la pobreza, porque basta solo un segundo para que la casa termine en el fondo de una barranca, en mucho porque no hay cimientos, porque se encuentra en una ladera, en la creciente de un río.

Pese a que la lógica más lógica dice que vivir ahí es un riesgo, qué difícil es ser lógico cuando no existe otro remedio, cuando llamamos hogar a una pared hecha de costera, cuando la única alternativa es precisamente ese terreno que espera la presencia de la lluvia para ser lodo.

En México, ya sea el Golfo, Pacífico o Caribe, la lluvia puede ser una invitación a dejar la ropa a los pies de la cama, pero también –y eso es dramático- la lluvia obliga a evocar casas que conocemos y que sabemos que sus integrantes corren peligro porque la lluvia no respeta.

La lluvia nos regresa a la realidad de que existen comunidades que no deberían existir, porque la pobreza ofende y su existencia debería ser una gran pena para todos y más cuando vivimos en un México que se dice moderno y dinámico, cuando tenemos –por decirlo de alguna manera- un presidente que aún sueña con mover a México.

Qué difícil es hablar de desarrollo, de igualdad, de oportunidad, pero sobre todo de globalización y buenos resultados en la lucha contra la pobreza, cuando un frente frío, un huracán, una depresión o un fuerte aguacero nos recuerda que hay familias a las que la revolución – o el Revolucionario Institucional, o Acción Nacional o de la Revolución Democrática- todavía no pueden hacerles justicia.

La lluvia de hoy y la que religiosamente cada año se presenta debería ser motivo de vergüenza para la clase política, para aquellos que cada vez que pueden entran a esas casas a pedir el voto, a la par que prometen desarrollo e igualdad.

Hoy que llueve en el Golfo y Pacífico, cientos de familias saben que no es tiempo para la caricia, sino para el temor.

Eso nos obliga a voltear y reconocer a esas familias esas que hoy o mañana serán desalojadas y cuando deje de llover regresan a las veredas, cerros o ríos.

No por necios o torpes, solo porque no hay de otra opción para ellos y eso debería ser motivo de precaución para muchos, para todos.

Con esta lluvia, si es necesario compartir arrumacos entre la neblina queda celebre correo electrónico: medinaarturo1@yahoo.com

Si la cosa se complica y este clima remueve hormonas, ingresar a https://callemelancoliatgo.wordpress.com/

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Hasta la próxima