Del análisis más sesudo a crónicas de cantina

“…Tanto amor sin recompensa,
aventura en fe menor.
Despedida sin frontera,
el engaño a quien espera
Corazón que se extravió…”

Alejandro Santiago

“Santos lunes”… El inicio de la semana llegó sin que a ciencia cierta sepa que pasó, me acuerdo que estábamos “chupando a gusto”, cuando de repente, “que estamos en contingencia, los maestros tomaron las calles y “ya duérmete que mañana es otra vez lunes”… Lo único rescatable es que hoy es día de “Nuestra Señora de la Luz” o sea, quincena.

La verdad es que tenía la intensión (de buenas intenciones, dicen, está lleno el camino al infierno) de ahora sí hacer el análisis más analítico de la carrera presidencial, revelar pros y contras de los candidatos, establecer prioridades y errores para después de hacer un correcto planteamiento, pronosticar con un 99.9% de efectividad quien será el o la ganadora… Ese suertudo que se podrá sentar durante seis años en “la silla”, junto con todo su séquito de asesores, secretarias, lambiscones, “corre ve y dile” y choferes.

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Y si de llevar un sentimiento a flor de piel se trata, fiel lectora, nos regala una imagen deliciosa, un cuello con trio de aves que al roce de una lengua seguro provoca que una piel se ponga chinita.

Sin embargo, seamos sinceros, creo que la carrera presidencial y los sueños de algunos por ser ungidos para pasar de grises funcionarios al hombre o mujer más capaz, más rectos y más convenientes, es un tema que a la gente les vale un real y reverendo pepino.

Así que prefiero abordar temas de mayor interés, por ejemplo, las cantinas… Sabe usted, cuando yo era un niño, inocente y puro (si, ajá) mi primera vez en una cantina fue con mi padre.

No sé bien cómo fue que los dos terminamos en un sitio de estos, pero lo rico es que yo con cuatro años, fui el consentido de las meseras (benditas sean) me tomaron como santo de indio y me prepararon mi vaso de leche (cómo es que en una cantina hay leche) con mi huevito revuelto, mientras mi papá decía “salud” con los comensales del lugar… Cómo me divertí.

Por supuesto a estas alturas de la columna no faltará quien piense: una “pinchurrienta” anécdota no le da la importancia suficiente al tema de las cantinas. De entrada pudiera ser que tenga razón, sin embargo, le comento que según cifras del INEGI, en todo el país, es decir del Río Bravo al Usumacinta, hay 544 mil 938 unidades económicas que se dedican a la preparación y venta de alimentos y bebidas, de éstas, solo 28 mil son cantinas, lo que significa el cinco por ciento del total de establecimientos.

En la Ciudad de México tenemos 822 cantinas, es decir, si tomamos (al fin el Partido Movimiento Ciudadano lo permite), el Padrón electoral, acá somos más o menos 8 millones de votantes (mayores de edad que pueden entrar sin bronca a una cantina), esto quiere decir a ojo de buen cubero que hay una cantina por cada 10 mil habitantes.

Peor aún, la cifra se complica y llega a una cantina por cada 20 mil ciudadanos, si se considera otros 8 millones de mexiquenses, morelenses e hidalguenses que hacen su vida diaria en la capital.

La delegación Cuauhtémoc –raro- es la entidad con mayor número de establecimientos etílicos en el Distrito Federal, con 311, lo que indica que en el Centro Histórico se concentra buena parte de las cantinas, alabado sea el señor que trabajo cerca del Metro Balderas.

Entonces con estas cifras nos damos cuenta que el tema de las cantinas no sólo es de interés sino mucho más entretenido que las ocurrencia de los candidatos.

Esto en mucho porque con una copa de por medio la plática se hace ligera, las amistades se reafirman y nunca, pero nunca, nunca, nunca falta una señorita que al calor de algunos tequilas pase del “me caes muy bien” al “yo te quiero mucho” con su concebido beso, mano en la pierna, arrumaco y final feliz en un hotelito, de esos que son anónimos, con cama que rechinan y que a este viejo reportero cómo le sientan bien.

Cantinear es todo un arte, sabe usted, es la posibilidad de conocer gente, de llorar un mal de amor, de encontrar un beso con sabor a nicotina, de reír, llorar y escuchar 73 veces la misma canción de José Alfredo Jiménez.

Por eso son deliciosas las cantinas, porque dentro de ellas, podemos ser, podemos sentir, por ende llorar, reír, hacer amigos, “meter las manos” por el honor de una dama y disfrutar de una rica botana.

Ciertamente sé que muchos pensarán: para hacer amigos hay otros lugares y puede ser, pero en mi experiencia, en mi estricta experiencia, esos amigos que con los años se convirtieron en hermanos (no muchos, lo mío son las familias pequeñas) nacieron, crecieron y se desarrollaron en medio de un anís con fernet, unos cigarros y miles de anécdotas.

Pues en fin… es lunes, hay que trabajar porque los únicos que tienen el día franco son los albañiles.

Para decir adiós

Ok… No teniendo nada más que decir… Solo basta recordar que para declaraciones coquetas o confesiones candentes queda el correo: medinaarturo@gmail.com

Pero si la urgencia es mayor y es menester el análisis en ropa interior o mejor aún en cueros, pongan algo en el blog: https://callemelancoliatgo.wordpress.com/

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Hasta la próxima…