Cuando los recuerdos y el cine viajan en el Metro

Para Arturo, donde quiera que estés

Ya es miércoles y no de ceniza, más bien de Calle Melancolía; es el momento que las señoritas castas e inmaculadas esperan para ir a su banca (en un jardín) y sonrojarse con las palabras cargadas de intensión y lujuria que entran a su cuerpo a través del órgano… ocular (no sean mal pensados) y con ello recibir sus dosis de grato placer mientras esperan que sus príncipes azules aparezcan.

Pero entrando en materia, hace un año Arturo Medina, o sea mi padre, dejó de existir, había pensado dedicar esta columna a su persona, a esa peculiar forma que tenía de ver el mundo, en mucho porque su vida marcó los parámetros de mi devenir, de mis gustos y del adulto que soy.

Siempre he dicho que el hombre que soy es el resultado de dos grandes vertientes, la primera (sin orden de importancia) las mujeres y toda esas cosas deliciosas que saben hacer, decir, untar, juntar y aplicar.

La otra vertiente fue mi Padre; mis principales aficiones, deportivas, literarias, musicales, gastronómicas, etílicas y cinematográficas son su culpa y si de culpas se trata ésta es una de esas culpas gustosas. (Muchas culpas en un solo párrafo).

Sin embargo, conociendo a Arturo, si estuviera aquí pondría cara de “neto vas a desperdiciar toda una columna en mi persona, ¿no hay otras noticias, otros temas? Así que en respuesta a esa inquisitiva forma que tenía de cuestionarme cambiamos de tema.

Pues bien, llegó septiembre y lo que todo buen cristiano citadino debe hacer es rezar a la Virgen del Perpetuo Movimiento para que ningún movimiento telúrico nos agarre mal confesados, pero mientras le rezamos y la alarma sísmica no se active algo debemos hacer y qué mejor que ir al cine.

Siempre he dicho que la vida no es como en el cine, pero siendo sinceros cuanto nos gustaría que lo fuera, porque en la penumbra de una sala cinematográfica las películas dan respuesta a ese “pequeño mirón” que todos llevamos dentro.

En la comodidad de una butaca podemos ser testigos privilegiados de un beso, de una sonrisa, traición, o de las más lasciva de las caricias (bendito sea el cine porno).

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De nuestro álbum “Fotos por trabajar”, fiel lectora nos recuerda que siempre hay “bonitos” motivos para ir a la Marcha del Orgullo Gay

Y en este mes que es de sismos… ¿? No, más bien es el mes patrio, faltaba más sobraba menos, se concreta una buena idea llamada la Fiesta del Cine Mexicano que sin embargo se queda corta –la idea- porque hablar de cine en nuestro país es una tarea titánica y esta pequeña, diminuta y casi casi escuálida muestra nos queda mucho a deber.

A ver, vamos por partes como decía “Jack” ese que trabaja de destripador; para los mexicanos es importante, más bien básico, ver el cine nacional, como parte de nuestra identidad, pero sobre todo, porque es nuestra visión del mundo, para bien o para mal.

Las nuevas generaciones no han tenido la oportunidad de ver los clásicos de la cinematografía nacional en pantalla grande, los más audaces se han “refinado” las cintas de Pedro Infante, Jorge Negrete, el Indio Fernández, María Félix, Dolores del Río, Marga López y Sara García solo por mencionar a algunos, cuando las pasan en televisión, pero verlas en un cine, con la oscuridad y el sonido de esos locales es otra cosas, de tal suerte que la idea es buena, muy buena, pero todavía muy pequeña para lo que representa el cine mexicano.

Del 7 al 13 de septiembre se realizará esta celebración que incluye 11 películas de reestreno reciente entre las que están: A ti te quería encontrar, Cuando los hijos regresan, El habitante, Hazlo como hombre, La boda de Valentina, La leyenda del Charro Negro (animación), La región salvaje, Más sabe el Diablo por viejo, Prometo no enamorarme, Sueño en otro idioma y Ya veremos.

Cuatro reestrenos clásicos, solo cuatro, la verdad es una pena y estas son: Rojo Amanecer, El lugar sin límites, Arráncame la vida y Dos tipos de cuidado.

Cabe destacar que la proyección de estas cuatro películas implicó un importante trabajo de restauración y remasterización patrocinado por la Secretaría de Cultura, UNAM, Canacine, Cinecolor y Televisa.

Además de dos estrenos muy recomendables: Hasta los dientes  y El día de la unión.

De verdad hace falta que las cintas de la época de oro regresen al cine, que se vuelvan a disfrutar y que sean punto de partida para como decía Pedro Infante, para entender que “lo importante no es a donde voy sino de dónde vengo” (Escuela de Vagabundos).

Pero en el título de la columna hablo del Metro y la duda es qué tiene que ver la “limusina naranja” en esta Calle, pues obvio.

El día de ayer, hace 49 años la Línea Uno del Metro fue inaugurada, por encima de las cifras y los datos, el metro de la CDMX es el sitio de encuentro de mucha gente.

Historias del Metro hay tantas como usuarios; quién no ha sentido una mano en la pierna o en la pompa, obvio, ante este hecho hay de dos, o se indigna o se pone cara de “tienes media hora para quitar la mano de ahí”.

En sus andenes y asientos muchos y muchas encontraron el amor de su vida, a un novio o novia, un ligue de tres estaciones; no existe un usuario del Metro que no tenga una historia subida de tono, una experiencia surrealista y erótica o de perdis una mirada furtiva que recordar.

Por ello, el “gusano naranja” es un referente no solo de la ciudad también de la historia personal de cada uno de nosotros, nunca nos hemos mentido y hoy no vamos a empezar, así que levante la mano quien no, en su sano juicio, a “noviado” con doncella, galán o quimera entre una estación y otra.

Dicho lo anterior, solo basta aclarar que hasta aquí alcanzaron 4 reales… Para mandar fotos o pedir que te hagan tu imagen erótica queda célebre correo: medinaarturo@gmail.com

Si la cosa es más seria, más de me urge que me cuenten las pecas de la espalda, por favor, pongan algo en el blog https://callemelancoliatgo.wordpress.com/

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Hasta la próxima