Ya se van el Panal y el PES, ¿y los otros títeres?

A nadie sorprendió la noticia: los partidos Nueva Alianza (Panal) y Encuentro Social (PES), perderían el registro por no haber obtenido al menos 3% en las pasadas elecciones federales. De acuerdo con datos del Instituto Nacional Electoral, el partido fundado por la maestra Elba Esther Gordillo, únicamente alcanzó 561 mil 193 votos en la contienda presidencial, equivalente al paupérrimo .99%, en tanto que para senadores 2.35% y diputados 2.48%, según estimaciones preliminares.

Los beneficios económicos y políticos recibidos por el Panal desde que consiguió su registro en julio de 2005, han sido cuantiosos. Las ganancias al hacerse de un partido político en México son prácticamente inmediatas, seguras y abundantes. Además, constituirlo, es relativamente fácil, mucho más fácil, eso sí, que pretender competir en el ring electoral desde una plataforma independiente.

Mientras que el PES -un partido con orígenes en Baja California-, cuyo registro nacional data del año 2014, es considerado un partido chico con poco arraigo en la República, y aunque sorprendió en las elecciones intermedias del 2015, al totalizar 3.32% de sufragios en la elección de diputados federales y mantuvo su vigencia, no es un ente político que en realidad aporte de manera significativa a mejorar la democracia mexicana ni la autonomía del poder legislativo, menos, cuando en las elecciones recientes, únicamente alcanzó 2.7% de la votación total para presidente.

Normalmente, las “utilidades” de los partidos chicos -como es el caso del Panal y el PES-, ya de por sí envidiables, sólo por contar con el registro como instituto político, se disparan al apoyar “desinteresadamente” en las Cámaras del Congreso a los partidos dominantes. Eso, está a la vista, es una costumbre antidemocrática y perniciosa, pero que no importa, si deja millones de pesos a los respectivos “dueños”. Es en el dinero y poder donde radica el atractivo de poseer un partido.

Vivir espléndidamente y enriquecerse obscenamente vía las prerrogativas que generosamente reciben los nueve partidos políticos, aportadas desde los bolsillos de los exprimidos contribuyentes, es una inmoralidad superlativa para una nación como la nuestra donde casi uno de cada dos habitantes sobrevive en el umbral de la pobreza. Donde la rapaz clase política hurta cuantos recursos públicos le es posible. Aun así, a los ciudadanos se nos obliga de facto a mantener a esos parásitos agrupados en partidos políticos cuya nulidad para fomentar el progreso es superlativa.

Por más que personajes aviesos intenten convencer a la sociedad de que muchos partidos políticos son indispensables en toda democracia respetable, no es sino una cantaleta demagógica para justificar el espléndido modus vivendi de los políticos, sus familias, amigos, compadres y hasta una que otra querida. En verdad que resulta necesario un movimiento eficaz de la ciudadanía para poner un hasta aquí a los abusos que se gestan desde los lucrativos partidos políticos. No tenemos, como mexicanos, porque destinar parte de nuestros raquíticos ingresos para que sean tirados a la cloaca de la corrupción y el dispendio de la partidocracia y sus diminutos títeres.

Resulta impostergable reestructurar la ley electoral con el fin de poner orden en la inmoral proliferación de partidos políticos. Insistimos, los mexicanos no necesitamos padecer ni mantener nueve partidos políticos, esto, no sólo es un despropósito sino una absoluta aberración desde cualquier enfoque. México es un país con necesidades infinitas. Su desigualdad es una de las mayores en el mundo. Los pobres están en todas las regiones del país –en unas más que otras, el sureste, por ejemplo-, el sistema de educación público es insuficiente y de baja calidad, los salarios de la gran mayoría de trabajadores son una vergüenza, millones de connacionales carecen de seguridad social y, también millones, se han visto obligados a buscar en Estados Unidos un mejor nivel de ingresos; de la inseguridad y el podrido sistema de justica, mejor ni hablar.

Por eso es que, endurecer los requisitos para registrar un partido político, no es atentar en modo alguno contra la incipiente democracia mexicana, por el contrario, hay que elevar el nivel de la misma y acotar la vía libre para que cualquier vivales decida, sin grandes obstáculos, vivir a todo lujo, cortesía –obligada- del erario. Lo fundamental es que existan los partidos estrictamente  necesarios que un país y sociedad como el nuestro requiere para fortalecer y hacer mejor su democracia. La cantidad no hace mejor ninguna democracia, está demostrado a través de la historia.

Hoy, son el Panal y el PES lo que merecidamente dejarán de exprimir el presupuesto a través de las vastas prerrogativas y financiamientos, no obstante, faltan varios partidos que deberían correr la misma suerte, pues no son sino meras comparsas, abyectos títeres, disfrutando al máximo de dichos financiamientos públicos a cambio de nada, absolutamente nada… bueno, sí, de abundante podredumbre.

@BTU15  

*Nota del Editor: Foto: Especial Internet*