Un dictador en Palacio Nacional

Muchos embustes escuchamos de los políticos. Es una de sus principales características. La mentira es parte de su gen, de su vocación demagógica, de su disfraz pernicioso. El presidente de México ha insistido en que se manda obedeciendo al pueblo. Nada más alejado de la realidad. Simplemente es una retórica populista. El “pueblo” demanda medicinas y hay desabasto; pide también terminar con la brutal inseguridad y violencia, pero ésta, lejos de disminuir, se ha desbordado. Son dos ejemplos.

En la manifiesta desobediencia a la voluntad popular, el presidente López Obrador insistió en agraviar de manera profunda a los mexicanos con la invitación y presencia de un abyecto dictadorzuelo cuyo solo nombre profana la democracia y la decencia: Miguel Díaz-Canel Bermúdez.

Díaz-Canel es la continuación de la brutal dictadura impuesta por el terrible Fidel Castro en Cuba. Es un títere de la nomenclatura autócrata que tiene bajo sus delicados zapatos al pueblo cubano. Cientos de miles han huido de la isla a causa de la represión gubernamental, de la ausencia del respeto a los derechos humanos y de una pobreza lacerante que aniquila los cuerpos y el espíritu.

Miguel Díaz-Canel es un miserable represor; persona non grata y repudiada en México. Pero Andrés Manuel López Obrador hizo oídos sordos a las manifestaciones de rechazo a su presencia en el país. En la soberbia y cerrazón que distingue al mandatario mexicano, ignoró las voces de la ciudadanía y lo colocó a su derecha en Palacio Nacional durante el desfile militar. La grave ofensa se consumó.

La más reciente barbarie del dictador Díaz-Canel se produjo durante las tumultuosas protestas del pasado julio, donde miles de cubanos salieron a las calles para manifestarse pacíficamente y exigir al gobierno libertad, alimentos y medicinas. Nada de ello obtuvieron. A cambio les dieron garrotazos y muchos de ellos fueron encarcelados. Funcionó lo que mejor sabe hacer el dictadorzuelo: reprimir.

Al más puro estilo de los autócratas, lejos de atender las indispensables y justas demandas de la población, el presidente cubano tildó a los protestantes como delincuentes al servicio de Estados Unidos. Es el modus operandi de los tiranos. Ahí están Nicolás Maduro, en Venezuela, Daniel Ortega en Nicaragua y Kim Jong-un de Corea del Norte, por mencionar sólo a algunos déspotas.

Con tan negro historial, es absolutamente reprobable que el presidente López Obrador se haya empeñado en traer a México a tan nefasto personaje, incluso, que le haya permitido un discurso lastimoso pleno de falacias. Eso nada aporta a este país y en cambio lo exhibe ante la comunidad internacional como un gobierno que simpatiza sin pudor con ciertas dictaduras criminales.

Si de por sí, en las relaciones con Estados Unidos -principal comprador de nuestras exportaciones manufactureras; desde donde los connacionales enviaron 40 mil 600 millones de dólares el año pasado, y que en meses recientes los estadunidenses proveyeron vacunas anticovid- la situación es bastante dispareja, el hecho de ver como el presidente de su vecino del sur apapacha y consiente al dictador cubano, no es la más eficaz ni inteligente estrategia diplomática, comercial y económica.

Las relaciones entre el pueblo de Cuba y el mexicano son entrañables y muy sólidas. Con sus gobernantes no sucede lo mismo. La historia registra desencuentros. La ayuda que se pueda brindar a la población del país caribeño siempre será plausible. No obstante, los dictadores que gobiernan la isla son cosa aparte. A ellos nada, por el contrario, deben ser despreciados y rechazados por todo gobierno que se precie de ser demócrata. Cobijar a un autócrata y mimarlo es complicidad de facto.

Pedir a Estados Unidos que levante el bloqueo en contra de Cuba, no sólo es sensato sino humano. El bloqueo no ha debilitado a la dictadura de los hermanitos Castro y su marioneta Díaz-Canet, al que ha pauperizado es al ciudadano de a pie, que hoy se encuentra sobreviviendo en condiciones inhumanas y deplorables. Lo malo de la petición es hacerla en presencia del siniestro presidente de Cuba y en plenas fiestas patrias. Se llama oportunismo. Las vías para hacer una petición seria son otras. En Relaciones Exteriores lo saben y pueden hacerlo, si en verdad desean formalizar la petición.

Por hoy, el papelazo de haber invitado -y presumido a México y el mundo- al detestable dictador de un país que no respeta los derechos humanos, muele a palos y encarcela a quien osa protestar, no ha permitido elecciones libres ni la creación de otros partidos políticos y tiene a sus pobladores bajo el yugo de la intolerancia, a mal comer y viviendo en el terror, ahí queda como uno de los capítulos más vergonzosos de gobierno alguno en la república mexicana.

Falta por ver cómo reaccionarán en la Casa Blanca luego de que el señor presidente López Obrador les restregó en la cara su afecto y preferencia por el abominable dictador bananero.

@BTU15

*Nota del editor: imagen en portada: captura de pantalla*