Reflexiones en una mañana de verano

La ventana de nuestra recámara da hacia el oriente; por fortuna no hay construcción que se interponga entre la luz del astro rey y nosotros, salvo la cortina que, en tiempos de verano, resulta insuficiente para atenuar el sol canicular. Tanta luminosidad es el despertador natural en esta época del año. Contrasta con el espíritu del invierno, donde el alma se regocija cuando acaricio la mano de mi mujer y la miro aún dormida, plena de vida; tan bonita como el primer día que la descubrí.

Es verano, pero aderezado con la necesaria temporada de lluvias. Gotas de agua que algunas veces llevan a la meditación mientras observo el pequeño jardín trasero pintado con un verde apacible, cortesía de la misericorde naturaleza. A un costado, luce la añosa bugambilia que prácticamente todo el año regala espléndidas flores. Junto a ella, el “Huele de Noche” cuyo aroma es un cósmico regalo narcotizante al olfato y todos los sentidos. Inigualable y suave perfume angelical.

Hoy, ella se ha ido al trabajo antes de los habitual. Tiene una junta de esas donde nada se arregla pero los superiores jerárquicos fingen que saben; en una perdedera de tiempo y de vida. Después de verla partir, regreso a la cama y me quedo pensativo. Hoy no tengo ganas de subir a la caminadora, estoy un poco cansado de las sesiones pasadas. Agotado también por la devastadora violencia en México y el mundo. La tolerancia se va desgastando y el ánimo empieza a decaer.

Qué ganas de amanecer un día, tomado de la suave mano que en sus cinco dedos encierra una fortaleza inimaginable y despertar de una vez y para siempre de la pesadilla dantesca que nos envuelve como humanidad. Deseos que salen de lo más profundo del alma. De que no haya guerras, masacres, ejecuciones, feminicidios, desapariciones forzadas, robos, extorsiones y fraudes. El ansia irrefrenable de que los políticos y su perversidad se hayan largado a sus respectivos ranchos de una vez y para siempre. Lo mismo deseo a la pandemia de covid-19: que se largue a la fregada.

Todo eso agobia; cansa física, mental y espiritualmente. Produce un hartazgo constante. Ver como millares de personas son asesinadas por un malvado ejército invasor enviado por su dictadorzuelo hitleriano, resquebraja el corazón. Ver que el resto de la humanidad no hace lo suficiente para evitarlo, es todavía más demoledor. Mirar los cuerpos inertes por las calles supera toda razón.

Y el mundo busca equilibrios, que en los hechos es mera utopía, con las oleadas de migrantes provenientes de países aniquilados por años de saqueos de las naciones colonizadoras, pero igualmente por gobernantes perniciosos que hallan en la obtención del poder el anhelado botín para hurtarlo a costa del hambre, pobreza y atraso de sus pueblos arrasados por la miseria.

Hay muchos ejemplos que describen con irrefutable exactitud ese panorama desolador para millones de seres humanos. Las miles de vidas perdidas al intentar cruzar desde África hacia Europa en embarcaciones endebles es una vergüenza monumental para todos los gobiernos del mundo, igual que los cientos de migrantes que han fallecido al intentar adentrase hacia territorio estadunidense por rutas inhóspitas. No son pocos quienes murieron de sed, hambre o frío abandonados por los llamados “polleros”, una ralea miserable que muestra la faceta más ruin del hombre. Hace poco, más de 50 migrantes fallecieron asfixiados en un tráiler en San Antonio, Texas.

Dramas que pronto son olvidados, excepto para las atribuladas familias que ya no sólo deberán soportar la aniquilante pobreza extrema, sino la pérdida de un ser querido, en ocasiones el sostén de la casa. Son las tragedias cotidianas en gran parte del mundo, un mundo que una minoría rapaz ha convertido en un infierno. En un abismo profundo y oscuro donde cada vez es mayor el número de pobres; de niños desnutridos por la criminal falta de alimentos. De pobladores afectados cada vez y con mayor fuerza por las sequías, las torrenciales lluvias, huracanes y ciclones más violentos, aumento de la temperatura, deforestación imparable y la muy dañina contaminación ambiental.

Pareciera el apocalipsis descrito en la Biblia. Y la pesadumbre aumenta exponencialmente cuando en México, el país que tanto amo, se cae a pedazos por la ineptitud de la clase gobernante que no sabe cómo hacerlo y va de bandazo en bandazo. Dividiendo a los mexicanos entre los aduladores beneficiarios del régimen y quienes se oponen a que esta grandiosa nación retroceda décadas a un pasado ominoso que nadie desea, excepto las mentes retrógradas perdidas en el demencial rencor.

Comienza a lloviznar de manera leve en un cielo que se tornó grisáceo, triste. Mientras sorbo de la taza de café, me entero en la red social del pajarillo azul, que un sicario, de esos que cada vez produce más nuestra sociedad y tolera el gobierno, asesinó a dos sacerdotes jesuitas en la Sierra Tarahumara. Un par de hombres buenos que, según leo, ayudaban a los habitantes de la región.

Es la maldad de una parte podrida de la humanidad. Son esos que lo mismo masacran familias enteras en cualquier entidad de la república mexicana, que destazan cuerpos, los incineran, los deshacen en ácido. Desalmados que en una de las máximas expresiones de barbarie secuestran personas, las desaparecen y las dejan en fosas clandestinas. Esos malignos que el presidente de México recomienda abrazar y que él no tiene empacho en revelar que su gobierno los protege.

Ha dejado de llover. Sigo mirando el jardín a través de la ventana. Mojado, luce resplandeciente. A lo lejos se ve el arco iris. El maravilloso espectáculo levanta un poco el ánimo. Es hora de escribir. La vida continúa a pesar de esos bajones causados por tanta maldad que prevalece en el mundo. Pienso que con las pequeñas acciones que haga, por insignificantes que parezcan, habré de colaborar, al igual que muchos millones más, a que este mundo sea en el futuro un mejor lugar. Mi corazón salta de emoción porque en un par de horas regresará mi mujer del trabajo. Es la vida, la muy breve vida.

@BTU15

*Nota del editor: foto en portada: cortesía BTU*