El PRI devora sus restos

El PRI se devoró prácticamente a sí mismo y pretendió no darse cuenta de ello. Increíblemente los restos del fiambre tricolor hoy reptan lastimosamente. En definitiva su nomenclatura no quiso entender porque llegó a esa situación. Lo sorprendente es que sus integrantes siguen dando pruebas fehacientes de que no están dispuestos a cambiar y en esa decisión cupular se dirigen al exterminio.

Así lo exhibieron en la desaseada “elección” de Arturo Zamora Jiménez como secretario general del partido, quien fue el único participante que se registró. Es decir, el omnipresente dedazo priista ordenó la imposición. En la farsa, Zamora manifestó que “el PRI del Siglo XXI debe ser más democrático”. Algo que está muy lejos de suceder de acuerdo a lo observado. Los despojos aun interesan a sus dueños.

Durante la toma de posesión el viernes reciente, Zamora Jiménez reconoció sin rodeos: “Las circunstancias que vivimos hoy, exigen lo mejor de nosotros. Si queremos renovar al PRI, debemos hacer cambios de fondo. El desafío más grande, es recuperar la confianza de la gente”.

Mas el ancestral gatopardismo del Revolucionario Institucional está en su ADN. Aparentar cambios para no hacerlos ha sido la constante de quienes se apropiaron del vetusto instituto político e ignoraron a la militancia, a la verdadera; también impusieron a perniciosos burócratas desde Los Pinos, como el cuestionado y soberbio Enrique Ochoa Reza que terminó por darle la puntilla.

Pasar de la sana distancia de Ernesto Zedillo al secuestro del PRI por una élite tecnócrata ignorante, déspota y perniciosa fue lo peor que le pudo pasar al dinosaurio. Esto apresuró el derrumbe del partido fundado por Plutarco Elías Calles hasta convertirlo en la insignificante minoría política actual.

Zamora Jiménez urgió a la “Unidad para cambiar y cambiar para servir, para representar, para construir, para preservar, para incluir, y sobre todo para proteger a México”. Empero resulta imposible cambiar si los vicios dentro de la jerarquía sexenal del partido son exactamente iguales. Si las designaciones de candidatos a puestos de elección popular se realizan en base a intereses de la mencionada cúpula; de compadrazgos, de amiguismo, de nepotismo y se desprecian los cuadros valiosos y con reales probabilidades de triunfo. Incluso, si son ignoradas las advertencias de los peligros que acechan, tal como aconteció en el caso de Javier Duarte cuando siendo dirigente Manlio Fabio Beltrones, en la casa presidencial desoyeron su petición para quitar a Javidú de la gubernatura.

Y el nuevo secretario general priista echa mano con desesperación de las habituales promesas desgastadas e inútiles que se repiten en la retórica demagógica: “Todos coincidimos en que, además de la unidad, una piedra angular de la reconstrucción de nuestro partido, es la democracia interna. Sobra decir que la democracia interna en el PRI es inexistente, la democracia referida por Arturo Zamora consiste en aplastarla cada sexenio y siempre que sea necesario.

“Democraticemos las decisiones del partido en la selección de candidatos. Escuchemos a la militancia para construir nuestras soluciones”, pide utópicamente en el desierto de Insurgentes quien acompañará a Claudia Ruiz Massieu en la anquilosada y despreciada dirigencia del tricolor.

“Hay que hacer mucho trabajo y hay que hacerlo juntos. Yo tengo el compromiso con ustedes de construir las condiciones para que, de manera democrática, sea la militancia quien determine, en el futuro, candidatos, candidatas y dirigencias”, prometió Ruiz Massieu en una especie de mea culpa.

No obstante, las promesas de Claudia Ruiz Massieu y de Arturo Zamora reflejan más de lo mismo: la subordinación y simulación de ambos; pero sobre todo, el autoritarismo del jefe supremo del PRI que, aun en los estertores de un gobierno mediocre, está dispuesto a pelear el control del partido herido de muerte a causa de la corrupción, de la insensibilidad e incapacidad de sus dirigentes máximos, de la protección a sus incondicionales (César Duarte, Emilio Lozoya y Alejandro Gutiérrez, por ejemplo), y de los escándalos que ahogaron a sus militantes “distinguidos” en la ciénaga de la ignominia por asuntos como el de la Casa Blanca, Odebrecht y los goberladrones, entre muchos.

Bastantes son las penurias del Partido Revolucionario Institucional. En su regreso al poder ningún cambio mostró, por el contrario: volvió recargado en sus vicios acostumbrados. Más corruptelas, mayores saqueos, voracidad sin límites, frivolidad desbordada, innumerables negocios desde las altas esferas del poder, obras y concesiones para amigos parientes y socios. Pero en aras de justicia, hay que reconocerles una virtud: Enrique Peña Nieto y su camarilla se afanaron con mucha eficacia en destruir al viejo dinosaurio, por eso sería mezquino no reconocerles tan democrática tarea.

STATU QUO

En México hay 53 millones de pobres, casi el 20% de ellos en pobreza extrema. Así que no se entiende como el próximo presidente de México está dispuesto a que se pierdan 100 mil millones de pesos si se cancela la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) en Texcoco. Debe prevalecer el buen juicio en la toma de decisiones de AMLO. El país no está para tirar dinero a la basura bajo ningún pretexto. Muchas obras públicas se podrían construir con él.

@BTU15

*Nota del Editor: Foto: pri.org.mx*