¿En Palacio buscan un “quinazo”?

Las prioridades del gobierno lopezobradorista cambiaron radicalmente en menos de un año. La  obsesión de construir el cuestionado aeropuerto en Santa Lucía; el proyecto, inviable también, de la refinería en Dos Bocas, Tabasco, y el capricho del trenecito Maya que ocasionará graves daños ecológicos, pasaron a segundo plano en la agenda presidencial, aunque mediáticamente se aparente lo contrario. Desde hace meses, la urgencia en Palacio Nacional se llama inseguridad y violencia.

Y no es para menos la preocupación del presidente y su círculo más cercano pues México se ahoga en los borbotones de sangre que cotidianamente provocan las ejecuciones y toda clase de crímenes. Una pequeña muestra son los 59 asesinatos ocurridos la semana pasada en el estado de Guanajuato (bit.ly/34bBPE9), el atentado en contra del alcalde de Valle de Chalco la mañana del martes último y el hallazgo en Puerto Peñasco, Sonora, de 40 osamentas y dos cuerpos. Un panorama terrorífico.

A pesar de las múltiples promesas del titular del Ejecutivo, en el sentido de que mejoraría sustancialmente la seguridad, el fracaso ha sido estrepitoso, la incidencia delictiva refleja el desbordamiento  de la inseguridad en el territorio nacional y no hay “otros datos”, basta remitirse a la información oficial del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, que muestra la escalofriante cifra de 1,520,779  delitos cometidos de enero a septiembre de 2019.

En ese entorno nada cómodo para López Obrador, la exigencia social de contar con seguridad ha crecido de manera exponencial, particularmente luego de la sonora y muy vergonzosa claudicación gubernamental ante el Cártel de Sinaloa, hace un par de semanas, en Culiacán.

Ningún programa asistencialista va a suplir en hogar o personal alguna, la imperiosa y básica necesidad de sentirse seguro. Es evidente que el gobierno ha fallado en su estrategia contra los criminales. Los chanclazos, guácalas, fuchis, y toda esa artillería pesada recomendada por el mandatario, sencillamente no está funcionando y 2019 se perfila para ser el año más violento.

Desde luego que el presidente tiene plena conciencia del problemón que debe resolver, no es tonto, es obstinado pero pragmático. Sabe que las noticias “rojas”, que por cuestiones de audiencia se privilegian en los medios de comunicación, son las que machacan en espacios destacados los delitos de alto impacto en la república mexicana, esto, a querer o no, erosionan su aprobación e imagen, incluso con sus fans, apresurando el desgaste natural que conlleva el trabajo al frente del gobierno.

Si el fracasado operativo en la capital de Sinaloa para arrestar al hijo de “El Chapo” dejó serios daños en la credibilidad del grupo presidencial, en el mandatario, como jefe máximo de las Fuerzas Armadas, el perjuicio fue monumental. De ahí la urgencia por restaurar esa afectación, por dar un golpe mediático de alto impacto que lo coloque nuevamente como el auténtico salvador del pueblo bueno, ese que hoy es rehén de toda clase de malhechores y que no piensan en sus abuelitas.

Todo lo anterior ha desatado una serie de suspicacias respecto a la captura de la proba Rosario Robles Berlanga y la estrategia del juez –coincidentemente sobrino de Dolores Padierna, esposa del señor de la ligas, René Bejarano- para mantenerla en prisión, y la renuncia del adalid del sindicalismo, Carlos Romero Deschamps, a la dirigencia de los trabajadores de Pemex, así como recientemente la detención en Londres de Karime Macías, esposa del terrible Javier Duarte.

Por supuesto que los actores de los casos mencionados son indefendibles y deben ser investigados a fondo sin miramiento alguno, pero subyace en tales asuntos la sospecha justificada de que se estaría buscando un cañonazo mediático. Pareciera, en efecto, que el gobierno obradorista precisa sin dilación de una especie de “quinazo” para intentar resarcir el deterioro a la gestión presidencial –que no popularidad, porque algunas encuestas aún le otorgan un alto porcentaje, 60% en promedio-, esa es la percepción en buena parte de la sociedad y López Obrador es indudable que lo sabe y preocupa, claro, la falta de seguridad en la República puede ser el enemigo que lo derrote.

STATU QUO

A las mortificaciones del presidente López Obrador por la incontenible violencia en el país, se suman las cada vez más intensas disputas por la dirigencia de Morena. Golpes, insultos, descalificaciones y todas las chicanas posibles para hacerse del control del partido fundado por el tabasqueño son los argumentos contundentes que se han visto desfilar. A pesar de la amenaza de dejarlos solos, los golpes bajos entre los morenistas continúan a la orden del día.

Sólo era cuestión de tiempo para que el gen perredista saliera a flote. Las “tribus” enquistadas en Morena están acostumbradas a imponer su voluntad no importa que en ello destruyan al partido, ya lo hicieron en el PRD. Así que no extraña la despiadada batalla entre los grupos de Yeidckol Polevnsky y Ricardo Monreal. Morena nació y se catapultó en cinco años, vamos a ver si no lo destruyen antes por la voracidad de algunos poderosos que, privilegian ante todo, sus intereses.

@BTU15

*Nota del editor: Foto en portada: BTU*