Nicolás Maduro, el principio del fin

Justo el momento en que leo Ensayo sobre la lucidez, de José Saramago, (Punto de lectura, noviembre 2010), recibo la alerta de que el presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, se proclamó “presidente interino” del país bolivariano. La proclama del líder opositor y mi lectura referida es extraña coincidencia, pues la obra del Premio Nobel 1998, trata acerca de los temores –bien fundados- de un gobierno, cuando la población ejerce su voto de forma inesperada. Entonces, la nomenclatura en el poder teme que ese gesto revolucionario, capaz de socavar los cimientos de una democracia degenerada, sea producto de una conjura anarquista internacional, así que decide eliminar a los culpables y para ello pone en marcha las cloacas del poder, refiere el libro.

El dirigente de la Asamblea venezolana, Juan Guaidó, adversario al régimen de Nicolás Maduro, como coincidencia es, sin duda, actor de los actos revolucionarios en Venezuela. El diputado ha sido uno de los férreos antagonistas a las locuras gubernamentales del extraviado hijo putativo de Hugo Chávez. Las condiciones de pobreza, hambre, represión, violencia, y particularmente la falta de respeto a los derechos humanos en la nación de Simón Bolívar, son cosa de todos los días.

Millones de venezolanos se han visto forzados a huir de su patria. La pauperización de las condiciones de vida convirtió al país sudamericano, desde la infausta época chavista, en un infierno dantesco. La opresión y castigo a los críticos del espurio gobierno madurista se tornó una abominable “herramienta” de sometimiento, como suelen usarla todos los dementes autócratas.

A pesar de los pataleos y berrinches de Maduro, por lo sucedido, y en especial por el reconocimiento como presidente interino de Venezuela a Guaidó de parte de Estados Unidos, Canadá, Brasil, Perú, Ecuador, Costa Rica, Colombia y Argentina entre otros Estados, las horas del incordio tirano están contadas. Es cuestión de tiempo, de un tiempo cuyo calendario está controlado por los EE.UU. 

Si los dictadores, todos, llegan enloquecidos al poder, Nicolás Maduro está en el nivel máximo de la demencia. El tipo presume de hablar con los pajaritos y de que viajó al futuro, entre algunas de las muchas sandeces que le brotan sin esfuerzo alguno. Por ello, carente de cualquier escrúpulo, no tuvo el menor pudor en hartarse de costosas viandas en uno de los restaurantes más exclusivos de Turquía el pasado septiembre, mientras sus connacionales hurgaban la basura en busca de comida.

La mayoría de quienes se han opuesto a las locuras, demagogia, desatinos y abusos de Maduro, han sufridos los violentos embates de su tiranía. Leopoldo López es quizá el ejemplo más absoluto. El sucesor de Hugo Chávez tiene las manos llenas de sangre, la sangre de quienes osaron oponérsele en marchas de protesta o directamente. Por eso no ha dudado en acallar a los medios de comunicación incómodos, en implantar de facto una bestial censura de estado.

Hoy, una luz de esperanza libertaria se vislumbra en el horizonte para el atribulado pueblo venezolano. Las alharacas de Maduro condenando “el golpe de estado del imperio yanqui y sus vasallos” son los estertores del villano que se sabe perdido y que pronto deberá rendir cuentas. Nicolás Maduro es la antítesis de la democracia y representa lo más podrido del ser humano.

Bien por los venezolanos que no se arredran a pesar del permanente hostigamiento oficialista. La autoproclamación de Juan Guaidó, renueva la ofensiva para terminar con la dictadura que tanto daño ha hecho no sólo al país caribeño, sino a toda América y al mundo. La ebullición irá en aumento, es imposible frenarla. El cerco en rededor del dictadorzuelo se estrecha inexorablemente.

Respecto a México, es evidente que el apoyo tácito mostrado por el gobierno del presidente López Obrador al régimen de Maduro, no ha caído bien en amplios sectores de la república mexicana, ni en los círculos duros de Washington; tampoco en la mayor parte de la comunidad internacional. Existía el antecedente de las simpatías obradoristas, cuando a principio de año su gobierno se abstuvo de firmar la declaración del Grupo de Lima para no reconocer el segundo mandato de Maduro. Previamente, AMLO recibió severas críticas al invitar al dictador a su toma de protesta.

“México no participará en el desconocimiento del gobierno de un país con el que mantiene relaciones diplomáticas”, señaló este miércoles la administración morenista mediante un comunicado a través de la Cancillería. Una posición que no comparte la mayoría de los mexicanos.

López Obrador, en su decisión de apoyar a Maduro, juega con fuego y aviva los temores en el mundo sobre sus ideas radicales de “izquierda”. El título de una nota en El País, luego de conocerse la posición del tabasqueño en el conflicto venezolano, es lapidaria: México pide una salida negociada a la crisis de Venezuela y se desmarca del resto de potencias latinoamericanas (https://bit.ly/2T8geHO).  Es decir, el gobierno lopezobradorista, -que no la está pasando bien con su estrategia “antihuachicol”, es exhibido como “el prietito en el arroz”.

Bajo el argumento de la no intervención y la autodeterminación de los pueblos, el gobierno de AMLO se negó a reconocer a Juan Guaidó como el mandatario provisional de la tierra de Bolívar. No obstante, en otras épocas -lo recuerda el artículo del diario español-, México no dudó en romper relaciones con otras tiranías latinoamericanas, pues lo hizo con Pinochet, en Chile, y con Somoza, en Nicaragua.

“La tibieza de México vuelve a situar al Gobierno de López Obrador ante un escenario controvertido”, afirma la nota periodística en El País. Usted, querido lector, ¿qué opina?

@BTU15

*Nota del Editor: Foto: @jguaido*