Ni gobernabilidad, ni tranquilidad

Los 14 masacrados de la población civil el sábado antepasado en Reynosa, Tamaulipas, y 18 integrantes del crimen organizado muertos en un largo enfrentamiento entre grupos antagónicos ocurrido en Zacatecas, son tan sólo dos de los tantos hechos sangrientos acaecidos en México la semana que concluyó. El país yace en un profundo y doloroso abismo de violencia, sangre y desesperación.

No obstante las interminables ejecuciones que han convertido a la república mexicana en un cúmulo de fosas clandestinas y un mar inmenso de sangre, para el presidente López Obrador “el país está en calma, hay gobernabilidad, hay tranquilidad”. Una utopía generada en la prolífica fantasía presidencial. Empero los datos duros echan por tierra el demagógico discurso del señor presidente.

De acuerdo a la ONG Semáforo Delictivo, en mayo de este año se registraron 2,595 homicidios, la cifra más alta en lo que va del 2021 y también la más elevada durante la gestión obradorista.

En claro que no existe la “tranquilidad” que alude el mandatario mexicano. Y no la hay cuando, por ejemplo, de su hogar en Guadalajara fueron sacados por un comando, el mayo último, José Alberto, Ana Karen y Luis Ángel, tres hermanos cuyos cuerpos fueron encontrados posteriormente dentro de bolsas de plástico en una carretera (bit.ly/3xWsteu). Por eso es ofensivo hablar de “tranquilidad”.

Resulta, a la luz de tantos actos de barbarie, un insulto a la inteligencia ciudadana, alardear de una gobernabilidad y tranquilidad inexistentes. Esos deleznables crímenes se tornaron cotidianos. Otra muestra son las incontenibles ejecuciones en Guanajuato, como la sucedida apenas el 12 del mes anterior donde sicarios asesinaron a seis integrantes de una familia que se encontraban festejando.

Pero ante la sospechosa ineficacia y tolerancia gubernamental -abrazos, no balazos-, la inseguridad se extiende inexorablemente por cada rincón del territorio nacional. Así, apenas la semana pasada vimos como unos 40 automovilistas fueron asaltados por al menos 15 delincuente que portaban armas largas en el denominado Arco Norte. Las autoridades una vez más brillaron por su ausencia.

Otro caso del evidente desgobierno y falta de tranquilidad en México fue exhibido en las “benditas redes sociales”. Una familia que transitaba por la autopista a Laredo, fue interceptada por un grupo de sicarios que a punta de armas la despojaron de su camioneta. Es el tamaño del horror habitual.

Vaya, ni la propia tierra natal de Andrés Manuel López Obrador está exenta de la violencia, pues un grupo de pistoleros ejecutaron hace poco más de una semana a cuatro hombres dentro de su camioneta, en la Villa Benito Juárez, perteneciente al municipio de Macuspana, Tabasco.

Para colocar en su exacta dimensión la terrible inseguridad y violencia, según datos oficiales publicados por el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, en el periodo enero-mayo 2021, hay registro de 834,118 delitos denunciados a nivel nacional, lo que arroja un promedio de 5,524 ilícitos diariamente. Y faltando la cifra negra de tan descomunal incidencia delictiva, bien cabe la pregunta de la población, ¿dónde están la gobernabilidad y tranquilidad?

Y el injustificado optimismo del presidente López Obrador no sólo carece de fundamento alguno, sino que se hace trizas ante las evidencias irrefutables de cómo los grupos criminales –esos que, según el jefe del Comando Norte de Estados Unidos, general Glen VanHerck, controlan un tercio de la república mexicana- operaron de manera impune durante todo el reciente proceso electoral.

Un total de 1,066 agresiones se realizaron en contra de políticos (38% más que en el proceso 2017-2018) de los cuales 102 fueron asesinados; 36 de ellos eran aspirantes y candidatos. Esta información de la consultora Etellekt, contenida en su Séptimo Informe de Violencia Política 2021, exhibe la irrupción abierta de los grupos criminales para decidir quién debe o no llegar a un puesto de elección popular. De esta manera, la creación de un “estado” paralelo hace tiempo está en auge.

Aún no debe hablase de un narcoestado, pero si las cosas continúan en la ruta que hoy avanzan, pronto lo haremos. De poco o nada ha servido la militarización que ha impuesto López Obrador para contener y abatir a los poderosos cárteles. El único beneficio es para el propio mandatario quien con todo lo que ha otorgado a las fuerzas castrenses asegura la “lealtad” de ellas. De este modo sostiene su gobierno y lo blinda ante cualquier descontento social o grupos fácticos, excepto, claro, de las mencionadas bandas criminales que cada día penetran más en todas las actividades del país.

Tantas masacres, tantos muertos, tanta sangre y tanto dolor no pasan desapercibidos para la comunidad internacional. Mientras que Estados Unidos emite alertas para que sus connacionales extremen precauciones o dejen de visitar ciertas regiones de México, en el Vaticano el Papa Francisco condenó la matanza en Reynosa. Así, la arrogante presunción de que vivimos en calma, gobernabilidad y tranquilidad no es sino parte de otra quimérica y demagógica prédica palaciega.

@BTU15 

*Nota del editor: imagen en portada: captura de pantalla*