Motivos para odiar al Presidente y a su partido

Cada vez que pienso en los pocos días que faltan para el cambio de poderes en México, entro en una especie de rabia incontrolable. El odio subyacente hacia el PRI y su líder máximo, el presidente Enrique Peña Nieto, de plano se manifestó en forma total. Esto surge cuando observo, apesadumbrado, la manera en que el próximo gobierno pretende gobernar a 130 millones de ciudadanos. Y ni modo, qué hacer, en la democracia manda la “mayoría” y 30 millones de votantes empoderaron a López Obrador.

¿Dónde radica mi rencor al Revolucionario Institucional y a Peña Nieto? Simple: en sus innumerables corruptelas, escándalos, incapacidad para gobernar, la protección a sus incondicionales y amigos, el favoritismo a sus empresarios consentidos, la frivolidad y el derroche de los recursos públicos.

El cinismo de Enrique Peña Nieto es intolerable. Hace pocos días tuvo el atrevimiento de asegurar que deja un país mejor. La mentira del mandatario hace creer que algún padecimiento le provoca percibir la realidad justamente al revés. Desconozco si la obstinación, como la que permanentemente exhibe el mexiquense, es una afectación patológica o sólo un terrible defecto.

No es posible referirse a un mejor país, si esto lo desmiente la existencia de 53 millones de pobres, si la violencia prácticamente afecta a todas las familias, si lo grupos criminales han impuesto su ley en la República, si las policías están coludidas con delincuentes, si nadie cree en el sistema judicial, y la PGR investiga a jueces relacionados con la delincuencia organizada. Imposible hablar de mejoría si la gasolina Magna hoy cuesta 20 pesos el litro y el precio del gas LP es una ofensa letal.

Por ningún lado se ve esa maravillosa “peñalandia” que sólo existe en la mente del mandamás priista y algunos de sus serviles aduladores. En esa quimera que insiste en vender el presidente actual, convenencieramente olvida incluir a Emilio Lozoya y el Caso Odebrecht. También hace mutis en la Estafa Maestra y defiende a ultranza a la indefendible y arrogante Rosario Robles Berlanga.

Y si a López Obrador se le acusa de ser muy necio, -en lo que estoy totalmente de acuerdo- Peña no se queda atrás. Se ha obcecado en mantener en sus puestos a funcionarios ineptos cuya gestión ha dejado mucho que desear. Como Gerardo Ruiz Esparza, el secretario de Comunicaciones y Transportes, quien luego de la tragedia en el Paso Exprés de Cuernavaca, sigue muy campante gracias a la protección de su jefe y amigo. También a la referida Rosario Robles y su indeleble huella de estropicios en la Sedesol y en la Sedatu, que el titular del Ejecutivo prefiere no mirar y sí blindarla públicamente desde aquel ignominioso “No te preocupes Rosario”. Pero las recientes loas son aún más abyectas:

“Quiero dejar aquí constancia, también, del reconocimiento como Presidente de la República y personal, para una gran colaboradora, mujer de gran entereza, de valor y de coraje, que ha cumplido con la responsabilidad que siempre se le encomendó. Muchas gracias, mi querida Rosario”, le obsequió un generoso Presidente en la Residencia Oficial, el pasado viernes 9, durante el Foro de Alcaldes por la Nueva Agenda Urbana, ONU-HABITAT-INFONAVIT. ¿Qué le sabrá Robles a EPN?

Tampoco es posible olvidar cuando el saqueo de Javier Duarte estaba en su apogeo y Peña Nieto se negó a escuchar a quienes le advirtieron lo que sucedía en Veracruz. El entonces presidente del PRI, Manlio Fabio Beltrones, fue ignorado y las consecuencias las conocemos todos. Los jarochos las padecerán por largo tiempo. Manlio renunció al Tricolor tras la debacle electoral en 2016, donde el dinosaurio  perdió 7 de las 12 gubernaturas en juego. Eso fue una premonición del 2018.

Lejos de enmendar el camino, el Presidente y su primer círculo –Videgaray y Nuño, entre otros- impusieron en la dirigencia del PRI a Enrique Ochoa Reza, un burócrata déspota y abusivo –se llevó una liquidación millonaria luego de renunciar a la CFE- que solo llegó a profundizar la división entre la alta militancia priista. Ahí se escribió el epitafio del partido oficial. El repudio social hacia el gobierno emanado del Revolucionario Institucional se manifestó en las urnas durante las elecciones pasadas y lo postró en la bancarrota política al aplicarle la peor y más vergonzosa derrota electoral.

Una sociedad agraviada por la voracidad de los funcionarios priistas que no fueron capaces de entender el cambio en la sociedad, se cobró a través del voto, las muchas y ancestrales afrentas actualizadas  con bastante eficacia por Peña Nieto, la nomenclatura del “nuevo PRI” y, desde luego, por la “nueva clase política” que arruinó al partido fundado por Calles.

Si, muchos son los motivos para odiar al PRI y sus jerarcas. Pero en mi caso, el número uno es que por su culpa tendré que soportar, al igual que millones de compatriotas, una nueva forma de “gobierno”, una forma diferente de autoritarismo, un forma “innovadora” de acallar a la crítica, de soportar que se guie a este país mediante “consultas” tramposas y, como broche de oro, ser testigo de la intolerancia y de la incongruencia republicana. Por eso odio al señor Presidente y a su partido.

STATU QUO

Vaya pleito que se armó en la sesión de este martes en la Cámara de Diputados luego de que los morenistas y sus incondicionales aprobaron la Ley Orgánica de la Administración Pública. La bancada panista, como protesta, extendió una enorme manta en la tribuna con la leyenda “No a la dictadura obradorista” donde aparecía una imagen de AMLO con una boina y uniforme tipo militar. Todo indica que nada terso va a ser el trabajo legislativo. Hay que esperar el show del 1 de diciembre.

@BTU15

*Nota del Editor: Foto: pri.org.mx*