Miguel Ángel Mancera, ¿un gobernante fallido?

La alta votación que logró el doctor Miguel Ángel Mancera cuando compitió por el gobierno del entonces Distrito Federal se dio a consecuencia de su buena imagen ante la sociedad y el aceptable desempeño como procurador capitalino. Llegó al poder con notas sobresalientes, sin mácula política.

Mas la Ciudad de México es una prueba exhaustiva y muy demandante que requiere de habilidades particulares de quien llega a administrarla. Hace tiempo que, está visto, Mancera sucumbió ante las exigencias de la enorme capital; entró en un lastimoso declive. Le falló a quienes votaron por él y, en general, a la población capitalina. Aquellos espléndidos niveles de simpatía ciudadana se convirtieron en duras críticas y reclamos cotidianos de la población.

Durante la gestión mancerista, los demonios que suelen azotar a la ciudad capital se intensificaron sin mayor problema. La violencia se desbordó y prácticamente nadie está seguro en ningún lugar. Los delincuentes recorren la urbe de manera impune, y lo mismo comenten sus fechorías en cualquier negocio, centro comercial, transporte público o viviendas que en las calles. No hay lugar seguro.

Una prueba irrefutable es la ola delictiva que arrasa con la antigua Tenochtitlan. De acuerdo con cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, el año pasado la Ciudad de México ocupó el nada honroso segundo lugar en la república mexicana al sumar 204 mil 078 delitos denunciados, equivalente a 560 diarios, es decir, se cometen 23 fechorías cada hora. La cifra negra, como es de esperarse, no se refleja en estos números, por lo que el problema es aún mayor.

Pero el infierno de la violencia es apenas la punta del iceberg que erosionó la paz y tranquilidad de quienes habitan en la capital del país, incluso de aquellos que por otros motivos deben visitarla. Existen más temas delicados, como las incontrolables y recurrentes manifestaciones que paran de cabeza amplias zonas de la metrópoli, y esto es generador de profunda irritación social.

Tampoco han faltado las sospechosas imposiciones de Mancera Espinosa. El asunto de las repudiadas fotomultas no es asunto menor. Existen muchas suspicacias por la obsesión del jefe de Gobierno de mantener el cuestionado sistema, que nada tiene de benéfico y sí de muchas trampas y abusos. Desde la “siembra” de multas inexistentes hasta la indefensión de los supuestos infractores son los señalamientos en contra. A pesar de las querellas, la mina de oro continúa.

Del lucrativo ambulantaje también se puede escribir mucho. Es una productiva actividad que, por ejemplo, se puede observar en la calle de Madero, a unos cuantos pasos de donde despacha Miguel Ángel Mancera, quien parece no querer enterarse. Todo mundo lo ve, excepto él. Quizá por lo rentable, como aseguran, también la Central de Abastos es parte del proyecto y las arcas de don Miguel.

En lo que tampoco ha podido Mancera es con la abismal corrupción que impera en los cuerpos policiacos de la CDMX. Las corruptelas parecieran algo normal en los agentes de Tránsito y de Seguridad Pública; bajo cualquier pretexto tratan de hincarle el diente a los sufridos bolsillos de cuanto chilango se deje. La cadena de “entres” beneficia primordialmente a los altos mandos.

Muestra de la incapacidad, prepotencia y brutalidad de cómo se las gastan los bananeros cuerpos policiacos con los que cuenta la Ciudad de México es lo que acaba de suceder con el estudiante de la UNAM, el menor de edad Marco Antonio Sánchez Flores, quien fue detenido con lujo de fuerza por elementos de la policía capitalina sin justificación alguna, además que no lo presentaron ante las autoridades respectivas. El caso está lleno de dudas y anomalías que ni Mancera Espinosa ni su sagaz subalterno, Hiram Almeida, han sido capaces de aclarar. Eso sí, las excusas ahí están.

Hubo de ser necesaria la presión de los familiares de Marco Antonio en las redes sociales para que la desaparición del bachiller no quedara impune. Sólo a raíz de esas protestas y de las exigencias de las autoridades de la UNAM, urgiendo la localización del joven, hicieron que Mancera, luego de cinco días, diera la cara a la opinión pública e intentara calmar el enojo de los afectados.

Miguel Ángel Mancera parece muy dañado por el golpe que le significó quedarse fuera de la carrera presidencial. Además, se le nota distraído y refleja un hartazgo luego de que el sismo del pasado 19 de septiembre complicara sus planes políticos. Todo esto se refleja en el descuido que padece la Ciudad de México. La vox populi es insistente: A Mancera terminó por quedarle grande el gobierno capitalino. Ello ha propiciado que incurra en fallas recurrentes y, bajo esa lógica, puede considerársele un mandatario fallido. Al menos eso es el sentir popular.

@BTU15    

*Nota del Editor: Foto: Especial Internet*