Migrantes y dictadores: el periplo de AMLO

El reciente periplo de Andrés Manuel López Obrador a países de Centroamérica y Cuba, es la primera gira del mandatario al extranjero. La visita a la Casa Blanca en la era Trump, no puede considerarse sino como un viaje relámpago para condescender con el buscapleitos republicano. Una orden, pues.

Guatemala, el Salvador, Honduras, Belice y Cuba conformaron el itinerario del presidente de México en lo que de facto fue su primera salida de trabajo a nivel internacional. Las primeras tres naciones tienen, entre otras muchas, una pobreza enorme como característica común. También la violencia, y en particular una especialmente delicada: la constante migración hacia Estados Unidos.

Y es este último factor, todo indica, el motivo del viaje del jefe del Estado mexicano. Los flujos migratorios, en su mayoría provenientes de América Central, se han incrementado de manera sustancial en los últimos años. Esas personas –en muchos casos familias completas- intentan llegar a la unión americana a través de nuestro país, luego de costosas e infinitas peripecias y peligros.

Muchos migrantes han fallecido en el intento. El deseo por alcanzar el “sueño americano” y escapar de la pobreza y violencia en sus naciones, lleva implícito el riesgo de muerte. Basta recordar la masacre en San Fernando, Tamaulipas, donde un grupo criminal asesinó en 2010 a 72 migrantes.

No obstante, la imperiosa necesidad de intentar salir del pernicioso abismo de hambre, pobreza y sangre, obliga a muchos ciudadanos de Centroamérica a internarse en una ruta inextricable rumbo a Estados Unidos; en el camino son explotados y extorsionados por las bandas delincuenciales, los cuerpos policiacos y elementos y funcionarios del Instituto Nacional de Migración en la República.

La migración es un problema mundial. Europa lo resiente de forma intensa desde África, mayormente. La cada vez más profunda desigualdad en el mundo, las severas consecuencias por el cambio climático que provoca sequías, inundaciones, aunado a siglos de abuso y explotación de países pobres por las naciones desarrolladas, hoy están cobrando una muy costosa factura.

Washington está alarmado por las oleadas de migrantes procedentes del llamado triángulo norte: Guatemala, el Salvador y Honduras. Simplemente no quiere recibirlos. No desea cargar con lo que ello implica en todos los aspectos. La tarea de impedirlo, la endilgó el gobierno estadounidense a su contraparte mexicana. Así lo hizo Trump, con amenazas de subir aranceles a las exportaciones. La administración obradorista cedió de inmediato y envió fuerzas armadas a la frontera sur para hacer ese trabajo sucio e inhumano. Desde entonces la detención a migrantes irregulares se incrementó.

Sin duda, hacerlo no le causa gracia al presidente López Obrador. Su proyecto político está basado en la atención a los pobres y protección a los grupos vulnerables. Y en ese marco de su discurso, los migrantes centroamericanos se hallan en condiciones paupérrimas. Sin embargo las instrucciones de Joe Biden y compañía parecen indiscutibles, al menos así indican los hechos.

Por eso surgieron muchas conjeturas acerca de las causas reales del viaje presidencial. Actualmente, tras la fachada amable y las gentiles frases prefabricadas de Biden, hay, como siempre ha sido, un gigantesco garrote camuflado de diferentes formas. México, para efectos prácticos, es el último muro para detener en la frontera sur a los miles de migrantes irregulares que ingresan al país cuyo propósito es llegar a Estados Unidos. Ellos no quieren permanecer en la República, eso está claro.

Empero con la enorme y ancestral dependencia de la nación mexicana respecto a la de las barras y las estrellas, el margen de maniobra es corto a pesar de que en Palacio Nacional aparenten lo contrario. Lo asimétrico en la relación de ambos países fija las reglas del juego. Y esas reglas las ponen en la Casa Blanca de acuerdo a sus intereses, guste o no en el gobierno obradorista.

Poco ayuda en dicha relación, la retórica del presidente López Obrador criticando a funcionarios o legisladores de aquella nación. Tampoco, su posición favorable a los dictadores de Cuba y Venezuela. No se puede exigir con autoridad, que el Tío Sam termine con el bloqueo a la isla –inmoral a todas luces-, si los autócratas cubanos terminaron con la democracia, la libertad de expresión y tienen a su población sumidos en la miseria, con hambre, y bajo un detestable régimen opresor. Mientras que en Venezuela, las cosas son igual o peores con un loco adueñado del poder.

Cierto que México debe retomar su liderazgo en América, pero debe empezar por “barrer las escaleras de arriba hacia abajo”, como insiste López Obrador. Es decir, hacer efectivo lo que tanto pregona: “la mejor política exterior es la interior”.  Porque hoy lo interior está de cabeza. La inseguridad está desbordada; las ejecuciones son asunto rutinario; los feminicidios suceden todos los días; periodistas son asesinados sin que el gobierno lo impida; la mayoría de quienes trabajan los hacen en el sector informal. Es el México real con 56 millones de pobres y muchos cadáveres.

@BTU15

*Nota del editor: foto en portada: Presidencia de la República*