México, el entorno desolador

El tema es delicado y escabroso. La solución, compleja. Todos los días amanecemos con noticias más que desagradables, en medio de un estado de derecho hecho trizas, con la conducción de un gobierno que se extravió entre escándalos y corruptelas mayúsculas. Pero también con muchos mexicanos que perversamente despiertan pensando en cómo fastidiar al próximo de cualquier modo.

Incluso extrafronteras, como la semana pasada cuando una docena de “connacionales” atracó a base de mazazos una exclusiva joyería en Uruguay. Los cretinos fueron detenidos casi de inmediato. Seguramente pensaron que la policía de esa nación sudamericana es tan lerda como la de nuestro país. Sin embargo, el desprestigio ahí queda y se agrega al que llega a todo el mundo por la violencia y miles de ejecuciones que aterrorizan y se han vuelto tan comunes en la república mexicana.

Aunque las autoridades sistemáticamente niegan lo evidente, la ola criminal devasta a todas horas la paz y tranquilidad de los ciudadanos. Guerrero es muestra irrefutable de ello. Al igual que Tamaulipas, Colima, Baja California Sur, Veracruz, Chihuahua, Guanajuato, Estado de México, la Ciudad de México y, últimamente, Quintana Roo —especialmente Cancún—, entre otras zonas del país.

Y mientras los endebles gobiernos estatales y municipales culpan de todo a los enfrentamientos entre las bandas del crimen organizado, ellos mismos se tiran a la hamaca, esperando que la Federación resuelva la tarea que por ley les corresponde. Por ejemplo, Javier Corral, el gobernador de Chihuahua, más allá de los justos reclamos por el dinero que le retuvo Hacienda, ha tendido una cortina de humo con este asunto para minimizar el repunte de la extrema violencia durante su administración.   

Entretanto, en la entidad mexiquense —que tuvo un gobierno desastroso con Eruviel Ávila Villegas— la delincuencia no tiene límites y opera con total impunidad. Es necesario encomendarse a todos los santos para no ser asaltado en las ineficientes unidades del transporte público; en especial si se es mujer, pues en la entidad hay alerta de género en 11 de sus municipios. Las cosas con el nuevo mandatario estatal, Alfredo del Mazo Maza, en nada han cambiado. El terror sigue en las calles.

En el entorno de violencia que padece la sociedad mexicana, influye decididamente, entre otras variables, la impunidad. Por ello la reincidencia para matar políticos, periodistas, activistas sociales, pero también para que delincuentes salgan una y otra vez de la cárcel a realizar su “trabajo” debido al ineficaz y laxo sistema judicial, aunado a la podredumbre de quienes se encargan de aplicar las leyes.

No obstante, hay que reconocer que el trabajo para devolver la paz y la armonía es tarea de todos. Resulta inconcebible que las nuevas generaciones estén creciendo en medio de un panorama desolador, donde abundan los ejecutados, las fosas clandestinas, los robos a viviendas y transeúntes, los gobernadores ladrones, los funcionarios expertos en la transa, los políticos aferrados al “hueso” del presupuesto y que hacen gala del trapecismo para satisfacer sus aviesos intereses.

Para completar el desesperanzador entorno, las conductas de ciertos mexicanos —que en su momento fueron considerados como ejemplo de talento y tesón— se derrumban con facilidad inimaginable. Vean si no. Iniciamos la semana con la sorprendente novedad de que el expelotero de las Grandes Ligas, Esteban Loaiza, fue detenido en Estados Unidos con 20 kilos de cocaína y heroína. Actos deleznables como el del controvertido deportista dan la excusa perfecta al autoritario presidente de la unión americana para asegurar que les enviamos “violadores” y “criminales”.

Desde luego que la enorme mayoría de quienes decidieron emigrar al país del norte es gente honesta y trabajadora, que salió de esta nación ante la falta de oportunidades para lograr un mejor nivel de vida y, con su trabajo, han incidido en el desarrollo de los Estados Unidos. Sin embargo, hechos como los del señor Loaiza son, a todas luces, reprobables por la sociedad.

La suma de todos los factores negativos presenta hoy un horizonte poco halagador, además de brutal. La descomposición de valores llegó a un nivel que nadie imaginó hace pocos años. No es posible que, en los últimos cinco años, 486 menores de edad hayan sido detenidos por participar en secuestros, como lo informó este lunes la organización Alto al Secuestro, de Isabel Miranda de Wallace.

Hoy, la fatídica y repudiada clase política es más que nunca un pesado lastre para salir de la sangrienta pesadilla en que han colocado a la sociedad los diversos gobiernos encargados de “dirigir” los destinos de la población. Igualmente, algunos grupos sociales pueden ser responsabilizados por alentar la violencia, la confrontación y el rezago del progreso en México a base de chantajes y mirar únicamente por sus objetivos particulares y personales de sus dirigentes.

Sólo los mexicanos tienen la capacidad para cambiar el ambiente desolador que hoy priva en nuestra nación. Ningún vividor de la política lo hará. Son charlatanes, mentirosos profesionales, pues.

@BTU15