Los resabios del México bárbaro

Javier Duarte de Ochoa, exgobernador de Veracruz, actualmente preso en un penal de la Ciudad de México, es apenas la punta del iceberg en la inmensa podredumbre de lo que representa el Partido Revolucionario Institucional. Corrupción a gran escala, saqueo de los recursos públicos -que dejan muy corto al famoso Alí Babá y sus 40 ladrones-, amiguismo, y protección a las grandes empresas constructoras en un maquiavélico entramado de beneficios recíprocos, es el vasto catálogo tricolor.

Pero lo que merece un apartado específico es la recurrente indolencia gubernamental. Incapacidad que, además del deterioro social, económico y político, ha provocado una estela de muertos, desaparecidos y daños irreparables a las familias de las víctimas. Durante la gestión de Enrique Peña Nieto, la cantidad de muertes violentas, desaparecidos y periodistas ejecutados simplemente se desbordó. El equipo presidencial pareció, desde principios del sexenio, resignarse a la virulenta acción dominadora de las bandas criminales. Empero, sin seguridad, no hay democracia… ni poder.

Lo anterior viene a colación por los restos de más de 170 personas encontrados en otra fosa clandestina en la entidad veracruzana; de acuerdo a la Fiscalía del estado, la cavidad tendría al menos dos años, es decir la época en que Javidú –ejemplo de la nueva clase política, a decir del jefe máximo de los priistas, Peña Nieto- era el virrey de ese territorio con la complacencia de Los Pinos.

Y no puede uno sino horrorizarse por la barbarie de la que es rehén esta esplendorosa nación. Hace apenas un par de semanas que a través de los medios electrónicos veíamos los cobardes asesinatos de un par de inocentes campesinos que fueron quemados en Acatlán de Osorio, municipio de Puebla, al dizque ser “confundidos” por la turba con robachicos. Una muestra de brutalidad, negligencia, complicidad y sobre todo ello, la deshumanización de ciertos sectores sociales.

México es un país donde, todo indica, aún no ha quedado atrás el oprobioso México Bárbaro. Mas  ese conjunto de monstruosidades no es posible entenderlas sin el peligroso coctel de la inoperancia oficial, la ineptitud y corruptelas de las policías –en particular las municipales y estatales-, la podredumbre de ministerios públicos y jueces, y la cereza del pastel: la detestable impunidad.

Cierto, la república mexicana no es un país de leyes. El siempre aludido estado de derecho es una quimera que se desvanece al instante en los sosos discursos que la alta burocracia repite sistemáticamente cual urraca amaestrada. México ha ganado una negra reputación por el número de crímenes que suceden en él. Este hecho vergonzoso no es nuevo. Basta recordar el año 2010, cuando siendo presidente el panista Felipe Calderón, 72 migrantes centroamericanos fueron masacrados en San Fernando, Tamaulipas, por un grupo delincuencial. Todo el Mundo lo supo.

Incluso, si va uno algunos lustros atrás, hallará sin mucho esfuerzo los antecedentes de una crueldad ya presente desde los tiempos del tristemente célebre José López Portillo (PRI). Conocida como la masacre del Río Tula, donde agentes y mandos de la policía a las órdenes del nefasto Arturo Durazo Moreno, asesinaron en 1982 a integrantes de una banda de delincuentes sudamericanos; las cifras difieren, no obstante, el diario español El País, totaliza en 20 los cuerpos mutilados encontrados en el lugar. El “Negro” Durazo se ostentaba como general, sin serlo, y era protegido por “Jolopo”.

Así que impunidad y reincidencia, son una perversa fusión en detrimento de la paz social. Y hoy los resultados de ello están, lamentablemente, a la vista de todos los mexicanos. Muertos y más muertos en un árido escenario nacional donde el gobierno federal es un timorato espectador proclive a adoptar la estrategia de el avestruz en tanto siguen apareciendo, como en una demoniaca representación macabra que supera los relatos de Dante, fosas clandestinas en cualquier punto de la geografía nacional; oquedades, donde además de cuerpos deshechos, son enterrados grandes trozos de leyes, prestigio, responsabilidad y esperanzas de miles de mexicanos agraviados.

Desde luego que México no es hoy un mejor país, como inútilmente tratan de convencernos a través de miles de patéticos y huecos anuncios en los medios de comunicación. México está lleno de sangre, saturado de injusticias, de cuerpos martirizados y mancillados por la demencial violencia, pero también por la desvergüenza y cinismo de todos aquellos que tiene la responsabilidad ineludible de evitarla, de erradicarla. Pobre México, tan lejos de la justicia y tan cerca de la deshonestidad del PRI-gobierno, aunque el daño ya esté hecho, aunque el dinosaurio ya no regrese.

Conste que no tocamos el tema de los 43 normalistas, ni de la ejecución en Tlatlaya, menos la matanza en Tanhuato, ni los constantes encostalados o encajuelados cuya noticia se volvió rutinaria en el acontecer de la actividad nacional y del deplorable desempeño del gobierno federal.

STATU QUO

La situación en la UNAM se tornó sumamente peligrosa. Hay muchos intereses de por medio. Los grupos interesados en prender fuego a la Universidad Nacional son muchos: políticos, narcos, de la propia institución, el sindicato, y aquellos que quieren sacudirse al timorato rector Enrique Graue.

Lo cierto es que colocar a la máxima casa de estudios en el caos, a nadie beneficia, inclusive a todos aquellos que lo desean. Quitar a Graue no es la solución de fondo. Tampoco tumbarlo para poner en su lugar a un títere a modo. No señores, no se equivoquen, no dinamiten a la UNAM.

@BTU15

*Nota del Editor: Foto: Especial Internet*