Los políticos mexicanos y su gatopardismo

La prevalencia del gatopardismo en el PRI es evidente. Los cambios cosméticos para simular que el viejo partido ha modificado y ya es otro son persistentes. Sin embargo, nadie —como es de esperarse— lo cree. Vamos, ni su propia militancia. Pero ésta ahí permanece, disciplinada, hasta que se acaban las prebendas.

Y lo mismo sucede en el resto de los partidos. Todos profesan la misma filosofía: cambiar para no cambiar. Los que hablan de democracia están muy lejos de ella. Lo vemos en Morena, donde a pesar de supuestas encuestas, lo que impera es el dedito dictatorial de Andrés Manuel López Obrador a la hora de imponer a los candidatos que contenderán por diversos puestos políticos.

En el PRD, ni se diga. La “guerra” entre las diferentes tribus y la desbandada a causa del efecto López Obrador han llevado a ese partido a convertirse en una lastimosa sobra de lo que llegó a ser. Hoy esparce sus últimas migajas de honra política en una criticable alianza con el panismo.

Del PAN, se puede decir que se “perredizó”. La voracidad del enfrentamiento entre calderonistas y anayistas por adueñarse del partido fundado por Manuel Gómez Morín rompió la unidad en el blanquiazul. Margarita Zavala prácticamente fue obligada a renunciar al partido y refugiarse en una candidatura independiente. Senadores afines al expresidente Felipe Calderón —como Ernesto Cordero (actual presidente del Senado), Roberto Gil Zuarth, Javier Lozano Alarcón, Jorge Lavalle y Salvador Vega Casillas— conformaron un grupo “rebelde” en contra de Ricardo Anaya y compañía.

Ricardo Anaya no dudó en fracturar al Partido Acción Nacional. Tampoco pasar sobre quien fuera necesario con tal de hacer realidad su proyecto personal para contender por la Presidencia de la República. En ello se ha llevado entre los pies la unión del partido que monopolizó en detrimento de un instituto que llegó a representar un digno contrapeso a los excesos del gobierno.

Así que no es de extrañarse que el domingo pasado Gabriela Cuevas Barrón, militante del PAN por 23 años y presidenta de la Comisión de Relaciones Exteriores en la Cámara alta, haya renunciado a las filas panistas para incorporarse a Morena. La “congruencia” de los blanquiazules empieza a salir a flote en cuanto ya no son satisfechas sus ambiciones políticas. “En este 2018, he decidido, con la misma convicción democrática, unirme al movimiento plural que ha convocado el licenciado Andrés Manuel López Obrador”, anunció muy ufana la ahora exlegisladora azul.

Sin duda que habrá más casos como los anteriores. El barco azul empieza a hundirse y ya ciertos pasajeros empiezan a salir de éste. Se agudizará el éxodo en el entorno del proceso electoral.

No obstante, la referida simulación es especialmente perversa en los partidos que sólo sirven como marionetas a los considerados partidos grandes. La disposición para vender sus “servicios” es sencillamente condenable, pues nada aportan a la democracia del país. Organizaciones políticas como el Partido del Trabajo, Nueva Alianza, Movimiento Ciudadano, Encuentro Social y el Partido Verde Ecologista de México no son sino una pesada carga para los contribuyentes que se ven obligados a mantenerlos.

Y ha sido este último partido el que ha dado también una muestra de la putrefacción causada por el servilismo de sus dirigentes. De los 16 diputados locales con los que cuenta el Verde en el Congreso local, este fin de semana renunciaron 14 en protesta por la insistencia de la dirigencia para ir en coalición con el Partido Revolucionario Institucional y contender por la gubernatura chiapaneca; mediante esa alianza buscan imponer al priista Roberto Albores Gleason, hijo del exgobernador Roberto Albores Guillén.

Como se ve, ningún partido político —mucho menos sus dueños o dirigentes— está dispuesto a cambiar lo establecido que, tan redituable en todos los aspectos, les ha resultado. Un verdadero cambio implica riesgos a sus cómodas posiciones, incluso perderlas. Así que bajo ninguna circunstancia conviene atentar contra el negocio redondo que significa para la alta militancia y dirigencia pertenecer o dirigir un partido. Transformarse para bien de la sociedad va en sentido contrario de los intereses económicos de las diferentes nomenclaturas en los organismos políticos.

Por ello, continuaremos presenciando el trapecismo de cuanto político busque asegurar los amplios beneficios que proporciona dedicarse a tan devaluada pero muy lucrativa actividad. Los pretextos serán diversos, aunque coincidirán todos en el “sacrificio” que están dispuestos a realizar por la patria. Una patria, por cierto, cada vez más saqueada por la detestable clase política.

Viva, pues, la pantomima de políticos y partidos que se desgarran inútilmente las vestiduras mientras brincan cual chapulines de una organización a otra, de una conveniencia a otra, de unas convicciones muy firmes a otras aún más profundas. Mientras eso pasa, el desprestigio alcanza niveles descomunales, que sólo es posible paliar con las transas habituales y las riquezas que se acumulan al amparo del poder. En ese eterno proceso, el gatopardismo es un disfraz adecuado.

@BTU15

*Nota del Editor: Foto: Especial Internet*