Los cien días de AMLO y la tormenta que viene

Falta una semana para que la administración obradorista cumpla cien días en el poder. La costumbre de realizar un balance de los nuevos gobiernos en ese periodo no podía faltar en la gestión de la autollamada 4T. 

Durante esta primera centena, el país ha sufrido un cambio drástico en la forma en que el Ejecutivo realiza política para dirigir el  destino de 120 millones de mexicanos. Con la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia, arribó también el afán de terminar con la corrupción gubernamental, al menos esa es la intención del tabasqueño. Aunque la realidad no muestra que en los hechos esto se lleve a cabo. Hasta hoy, ningún “pez grande” de gobiernos anteriores ha caído.

Alentados por la conmovedora filosofía del “amor y paz”, de que la venganza no es lo fuerte de el señor Presidente, muchos colaboradores de regímenes del priismo y panismo que se beneficiaron inmoralmente a manos llenas con los recursos públicos y que, además, realizaron negocios muy lucrativos al amparo de sus puestos, hoy pueden dormir tranquilamente y disfrutar plenamente de fortunas mal habidas, sabedores de que no van a pagar por ello.

No obstante los yerros evidentes del presidente López Obrador -y aquí es necesario subrayar que la responsabilidad cae totalmente en él pues ha centralizado en su persona el control absoluto del gobierno y la comunicación social-, como la cancelación del aeropuerto en Texcoco, el desabasto y carestía de gasolinas, el bloqueo de vías férreas, el retiro de subsidios a las estancias infantiles y el despido de miles de servidores públicos, entre otros, la superluna de miel aún está en plenitud.

Cierto, a pesar de la innegable animadversión de un sector muy amplio de la sociedad, aquellos que votaron por el morenista le otorgan todavía una envidiable popularidad, lo cual le concede un vasto margen de maniobra permitiéndole matizar así, las pifias de ciertas decisiones que afectan a la población y, que, actualmente, ésta parece dispuesta a perdonar a ojos cerrados tales afectaciones.

Pero todo lo anterior es interno, de algún modo es susceptible de “corregir”, de operar políticamente a conveniencia. En lo que no puede meter mano López Obrador es en las variables surgidas allende nuestras  fronteras. La dinámica económica mundial, por ejemplo; los conflictos bélicos, las guerras comerciales, los precios de los energéticos, las decisiones de las naciones más poderosas, pero tampoco en los fenómenos climatológicos como huracanes, terremotos y sequías.

Mención aparte merece el tema financiero  nacional, mismo que estaría en vías de convertirse a muy corto plazo en el principal problema de López Obrador, aún por encima de la terrible inseguridad. Empeñado en cumplir sus promesas de campaña, el jefe del Ejecutivo está destinando vastos recursos del presupuesto hacia objetivos que parecen poco viables, es el caso de Pemex, del Tren Maya, y el cuestionado proyecto del aeropuerto en la base militar de Santa Lucía. Asimismo, la obcecación presidencial de regalar dinero público a quienes no trabajan ni estudian.

En el caso de Pemex, la estrategia oficial para rescatarlo de la precaria situación, fue reprobada por calificadoras y los bancos internacionales que operan en México. Los especialistas han advertido que la empresa productiva del Estado requerirá de recursos prácticamente infinitos para intentar evitar su extinción. Recursos que, es claro, el país no tiene. Por eso no extraña que Fitch Ratings haya degradado la nota de Petróleos Mexicanos y JP Morgan alerte que la inyección de flujos cuantiosos a la empresa petrolera provocará que México sea afectado por un recorte de dos escalones en su nota soberana, en este mismo año.

Mientras que la calificadora de riesgo, Stándard and Poor’s (S&P), disminuyó este viernes, a negativa, la perspectiva sobre calificación de México. El argumento de la firma, está basado en “una menor previsión de crecimiento económico”, al tiempo de prevenir: “Esperamos que la administración del presidente Andrés Manuel López Obrador implemente políticas económicas pragmáticas que balanceen las prioridades sociales con la necesidad de mantener estabilidad macroeconómica". Una dura advertencia que más bien suena a “primera llamada”.   

Otro factor negativo en el futuro de la economía doméstica, es que el crecimiento de la misma se reducirá, en el mejor de los casos a 1.5% durante 2019. Cifra muy lejana a la quimérica del 4% deseada por el gobierno. En línea con esa consideración, el informe del Banco de México, dado a conocer el jueves pasado, contempla una reducción en el desarrollo del PIB para este año, al pasarlo de entre 1.7% - 2.7%  a 1.1% - 2.1%. Así que las expectativas no son precisamente halagüeñas.

Puede deducirse, por lo tanto, que delante de los ancestrales asuntos urgentes por resolver en Palacio Nacional, conocidos y sufridos por la mayoría de los mexicanos: pobreza, desigualdad, desempleo, violencia, educación, salud y justicia, aunados a la falta de un estado de derecho pleno, se vislumbra un conflicto económico de grandes dimensiones como la prioridad a resolver por el presidente López Obrador.

Un efecto de que la economía comienza un peligroso declive, es el encarecimiento de la gasolina, a pesar de la promesa de AMLO de que no sería así; también las menores ventas del comercio formal, ambas, señales muy serias de que la economía empieza un peligroso camino, incluso, de que estaría por iniciar una recesión -lo cual no sucede en México desde 1996-, como alerta el analista Macario Schettino en su columna de El Financiero del 26 de febrero último, titulada “Es recesión” (https://bit.ly/2NuGtWV). ¿Será cierto?

@BTU15 

*Nota del Editort: Foto: BTU*