Las mortales “circunstancias” cotidianas

Los gritos de dolor y desesperación urgiendo auxilio, con el sonido de las ráfagas disparadas por las armas de alto poder como fondo, fue el más terrorífico e impío de los escenarios para los 13 policías estatales masacrados el lunes pasado por más de 30 sicarios en Aguililla, Michoacán.

Mientras eso sucedía en una de las regiones más violentas de la república mexicana, controlada por el crimen organizado, el secretario de Seguridad Pública y Protección Ciudadana,  Alfonso Durazo Montaño, intentaba quedar bien con su jefe en Palacio Nacional, aunque en tales afanes se enredaba y de entrada reconocía sin rodeos, ante el presidente López Obrador, que “sin ninguna duda el de la inseguridad es el tema de mayor preocupación de todos los mexicanos”.

Cierto, la inseguridad es el principal dolor de cabeza de una sociedad que contra su voluntad hace años se convirtió en rehén de los criminales. Las altas tasas de incidencia criminal han tenido una ininterrumpida ruta ascendente, hasta convertir a México en una de las naciones más peligrosas del planeta donde, efectivamente, pareciera que la vida no vale nada y se puede perder en un instante.

Pero Durazo también tiene “otros datos” que expuso de manera ingenua: “de diciembre a la fecha es 0.4; es decir, hemos logrado un punto de inflexión en el nivel de crecimiento, en la tendencia de crecimiento del crimen, de los delitos dolosos”. Desde luego que tan temeraria afirmación es muy discutible debido a que la incidencia delictiva en el presente año permite vislumbrarlo como el más violento de épocas recientes. Y tal vez en su reiterado “nada que presumir” cuando se refería a la estadística de los diversos delitos, el ex secretario particular de Luis Donaldo Colosio, admitía el fracaso de una estrategia de seguridad, no sólo carente de resultados sino que, en cierta forma, ha propiciado el aumento de la inseguridad, pues la filosofía del “amor y paz”, el precepto de “abrazos, no balazos”, y la idea de amnistiar a delincuentes o acusarlos con sus mamacitas, son un incentivo.

Y el panorama resulta desolador, carente de esperanza para la población, cuando hechos lamentables como los sucedidos en Michoacán se tratan de normalizar desde instancias oficiales. Para la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, que como ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación se benefició de los enormes salarios y cuantiosas prerrogativas, el asesinato de los elementos policiacos y los heridos “fue una circunstancia que se dio como la que se da en todos los eventos, todos los días, a todas horas, en todos los lugares del país, este es el tema". En el gobierno, este es el pensamiento ruin acerca de una tragedia mayúscula que avergüenza al país.

Tanta frivolidad de altos funcionarios que deberían comenzar a comprender el gravísimo problema de la inseguridad y violencia y dejarse de respuestas inmorales e irresponsables, resultan, en los hechos, una tremenda ofensa para el “pueblo bueno” que cándidamente los colocó en el poder. Pero los errores en las urnas se pagan y hoy millones de mexicanos pagan un costo muy alto.

Queda claro que en el horizonte no hay visos de una pronta solución para que México regrese a la paz, a la anhelada armonía. La acción gubernamental para combatir a los criminales, por los resultados vistos a casi un año de gestión, se puede calificar como fallida. Los números están ahí, los muertos, las fosas clandestinas, los levantones, las extorsiones, los robos, los cobros de piso; y ninguna artimaña numérica o discurso falaz pueden borrarlos. Ésta es, lamentablemente, la realidad de millones de mexicanos que están hartos de la violencia pero también de los embustes políticos.

En semas recientes, la ciudadanía ha sido testigo de la acelerada e infausta pauperización del Estado de derecho. En tres marchas ciudadanas, los intocables vándalos han destruido a placer propiedad privada, pública, monumentos y lo que encuentran a su paso ante la sospechosa tolerancia de las autoridades. También han indignado las agresiones a miembros del Ejército y  policías, en fin, a lo que representa una autoridad cada vez más devaluada y desprestigiada.

Ninguna democracia en el mundo puede subsistir en un entorno de anarquía, libertinaje e impunidad y, especialmente, por la condescendencia de quienes ostentan el poder. Este martes ni el presidente López Obrador, ni la mencionada secretaria de Gobernación, ni el secretario de Seguridad federal estuvieron en el homenaje a los 13 elementos policiacos ejecutados el día anterior. La ausencia de esos funcionarios demuestra que, sobre el dolor que enlutó a las familias de los caídos, prevalece la mezquindad, el rencor político y el desprecio a la vida de un modesto servidor público. Esa es la altura de miras de quienes hoy están en el efímero disfrute del poder.

STATU QUO

A la ministra en retiro, Olga Sánchez Codero, actual secretaria de Gobernación, le salió muy espontáneo el sentir  de la ejecución en Michoacán. Para ella, no es más que una “circunstancia” cotidiana, como las que suceden a cada momento en la República, una minucia, pues.

Pero doña Olga acertó en eso de que suceden a cada momento, pues la tarde de este martes hubo otra “circunstancia” en la comunidad de Tepochica, en el municipio de Iguala, Guerrero, donde civiles armados agredieron a elementos del Ejército; el saldo fue de 15 muertos, entre ellos, un soldado. Las “circunstancias” ahogan de sangre y dolor a la nación mexicana.

@BTU15

*Nota del editor: Foto en portada tomada de @Silvano_A*