La virtud palaciega del no entender

Pocos gobernantes en el mundo son realmente astutos. Saben cuándo se equivocan y están dispuestos a corregir. El ejemplo más reciente lo dio Joe Biden, presidente de Estados Unidos, quien la semana pasada explotó en contra de una reportera de CNN por presionarlo con preguntas “incómodas” luego de reunirse en Suiza con su homólogo ruso. “Si no entiende, es que está en el negocio equivocado”, le espetó un molesto Biden.  No obstante, horas más tarde el mandatario se disculpó “Le debo a la última persona que me preguntó, una disculpa. No debería haber sido un tipo 'tan listo' en la última respuesta que di”, reconoció el mandatario estadounidense.

A diferencia de lo que hizo Biden, en México el presidente no sólo se confronta, descalifica, intimida y menosprecia a la prensa que lo cuestiona con argumentos. Para él, todos los medios que no le adornan el oído con loas y toda clase de lisonjas, son enemigos de una supuesta y cada vez más quimérica transformación. Conociendo la grave pifia en que incurre, es incapaz de reconocerla y ofrecer disculpas. Es la diferencia entre un político pragmático y quien no lo es.

Sin embargo, pareciera que en Palacio Nacional, entender es un concepto desconocido. Así lo demuestran peligrosas obcecaciones recurrentes y concretas.

Las elecciones pasadas enviaron un mensaje muy claro al señor presidente, de que hubo rechazo mayoritario a su gobierno en la Ciudad de México y zonas estratégicas del área metropolitana. En los hechos, la debacle es un voto de castigo debido al maltrato a la ciudadanía por la pésima estrategia anticovid; al medio millón de muerto por la pandemia; a los miles de negocios quebrados por falta de estímulos fiscales; a los cientos de miles de empleos perdidos; a los niños enfermos de cáncer que fallecieron por falta de medicamentos; también, por el terrible accidente en la Línea 12 del Metro, incluso por la incontenible inseguridad que azota a la capital y el resto del país.

Y falta agregar la imposición de leales a ciegas sin preparación ni experiencia en puestos relevantes de la administración pública o defender a impresentables como Félix Salgado Macedonio o al siniestro Manuel Bartlett Díaz. Inclusive, la nada inteligente, pero sí tramposa decisión de prorrogar el mandato de un sumiso presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, mediante un artículo transitorio en franca y descarada violación a lo que mandata la Carta Magna.

Empero, no es de extrañar la actitud en hombres que, ensalzados y mareados por el poder, echan al cesto de la basura cierta inteligencia. Bien lo describe Nicolás Maquiavelo en su libro El Príncipe.   

“De tal modo que, si el príncipe es de mediana inteligencia, se mantendrá siempre en su Estado, a menos que una fuerza arrolladora lo arroje de él.”

Y la fuerza arrolladora del pasado 6 de junio, surgida principalmente de la clase media en la capital de la República, es la que -aun odiada por el jefe del Ejecutivo- se convertirá de aquí al 2024 en más que un fuerte dolor de cabeza para quien hoy se sienta en la silla presidencial. Este sector social socavará el proyecto de la fantasiosamente autollamada cuarta transformación. Y lo hará porque es el grupo de la sociedad al que no se le puede doblegar con dádivas, peroratas soporíferas, embustes que rayan en la ofensa, autoritarismo y promesas quiméricas. No, porque es una clase pensante.

No existe peor ciego que el que no quiere ver, asegura conocido refrán. Es el caso de no querer ver las causas del tremendo palo que recibió como castigo Morena en la Ciudad de México. Nada es fortuito en política, y en menos de tres años al frente del gobierno, el rechazo hacia el señor presidente de México ya se manifestó, aunque él insista en disfrazarlo con los triunfos en el resto del país. Intentar descalificar y minimizar la reprobación de la ciudadanía a la gestión obradorista, sólo confirma el terrible efecto y malestar que ocasionó en el ego del máximo líder morenista.

Hoy, en una sucesión adelantada, las tribus morenistas se disputan ya, de manera soterrada y en otras ocasiones no tanto, el mejor camino para el 2024. Ahí, en tal escenario, se ve operando a Marcelo Ebrard –hoy dañado seriamente por el tema de la L-12-, Claudia Sheinbaum y Ricardo Monreal, disputa que se acrecentará conforme pase el tiempo. En este entorno, el sometimiento que hasta ahora han aceptado con “lealtad a ciegas” hacia el presidente López Obrador, será cada vez menor. Es aquí donde radica, precisamente, la decadencia del poder que ostenta el tabasqueño.

Los reflectores muy pronto se dirigirán a los “presidenciables” de todas las fuerzas políticas e inexorablemente irán abandonando al actual mandatario. Muera el rey, viva el rey. Y si no sabe, y no quiere entender en medio de la soberbia y cerrazón que lo caracteriza, la soledad en el Palacio que hoy disfruta, se magnificará cada día que transcurra. Es la esencia de la política: entronizar al que será y olvidarse del que empieza irremediablemente a dejar de ser.

@BTU15

*Nota del editor: imagen en portada: especial Internet*