La violencia, también en el futbol

Transcurrieron pocos días entre dos hechos de máxima barbarie, lo cual se ha hecho costumbre en México. Un par de acontecimientos que en apariencia no tienen relación alguna entre sí. Primero, a inicios del mes, una pandilla de porros golpeó sin piedad a un estudiante y su novia durante una protesta de alumnos del CCH en Ciudad Universitaria. Patadas, palos, piedras y puñetazos, sin distinguir género y ya en el suelo, enviaron al hospital a la pareja de universitarios.

El domingo, previo al partido entre los equipos de la UANL y Monterrey, una horda de seguidores de este equipo aplicó la misma dosis de salvajismo a un aficionado de los Tigres, mientras una patrulla de la policía huía del lugar donde se dio la brutal agresión. Las imágenes muestran como aún inerte en el piso, a consecuencia de la golpiza, el simpatizante “tigre” seguía siendo pateado y apedreado por las bestias que vestían el jersey del Monterrey. En la vorágine, segundos antes, otro desquiciado a bordo de un automóvil intentó arrollar a varios fans de la escuadra felina.

Finalmente la convergencia de ambas conductas torcidas se da en la evidente degradación de valores; en la veloz destrucción del respeto a los demás. México avanzó en los últimos años a grandes pasos hacia una sociedad polarizada, confrontada en muchos aspectos y azuzada, en no pocos casos, por los virulentos y sumamente peligrosos discursos de ciertos personajes públicos.

Nuestro país está inmerso en un abismo de violencia donde el gobierno ha exhibido, además de una incapacidad condenable, la perversidad de sus relaciones con el crimen organizado. Los muertos, a causa de la inseguridad son tantos que pronto no cabrán en los panteones y se les seguirá paseando en tráilers refrigerados por las calles en una acción macabra e indigna para el ser humano.

Por eso es que los mexicanos, que carecemos de tantas cosas –por ejemplo, un verdadero estado de derecho- no podemos permitir que el salvajismo siente definitivamente sus raíces en los estadios de futbol ni en los de cualquier deporte bajo el peregrino e inaceptable pretexto de la defensa de los colores de un equipo. El futbol no es sólo un deporte, como algunos ignorantes pretenden convencer en aras de ganar audiencia; el balompié tiene innegables connotaciones de orden social que representan una especie de válvula de escape y donde las pasiones son inherentes.

Los antecedentes de brutalidad en estadios –y fuera de ellos- de futbol nacionales son cada vez más recurrentes. Han acontecido en el Olímpico de C.U.; en el de León; en el Azteca; en el “Pirata” Fuente de Veracruz; en Morelia; en Torreón y Pachuca entre algunos. Los vándalos, escudados en las llamadas “barras” son los causantes principales de la creciente violencia. Esa “bandas” son una abominable copia de lo peor que hay en el balompié argentino, donde prácticamente están integradas por “hinchas” violentos que tanto daño han provocado al futbol de su país.

Desde luego que la violencia provocada por las diversas “barras” es multifactorial. Quienes la solapan son igualmente culpables. Los dueños y directivos de los equipos de futbol profesional han alentado y patrocinado a esos deleznables grupos y suelen mirar hacia otro lado cuando se presentan casos como el referido en Monterrey. De manera patética e irresponsable, se limitan a emitir comunicados institucionales condenando los hechos. No hay que exprimir las neuronas para saber que la solución al grave problema de la violencia en el futbol nacional está en manos de los propietarios de los equipos. Tienen que dejar de financiar a los grupos porriles -no son otra cosa- y negarles el acceso a sus estadios. Los verdaderos amantes del futbol rechazan la violencia, asisten con las familias y se divierten con ese espectáculo lúdico, el favorito en México.

¿Cuáles son las verdaderas razones por las que los dueños del balompié nacional no actúan de manera firme contra esos grupúsculos de “animación? Una de ellas es la de aparentar estadios llenos en aras de tener mejores contratos con las televisoras y patrocinadores; otra, es la de intimidar a los adversarios y árbitros, sin embargo, olvidan que el buen futbol supera en la cancha cualquier adversidad, aun las agresiones verbales desde la tribuna e insultos a jugadores específicos

Y las autoridades no están exentas de responsabilidad en la multicitada violencia. La negligencia mostrada por los policías que prefirieron esconderse en Monterrey antes que auxiliar al agredido es a todas luces injustificable, ¿acaso no pudieron solicitar refuerzos por radio? Es de creencia pública que alguien de la superioridad les ordenó no intervenir. La idea no es descabellada. Y con la impunidad, se alienta la reincidencia de los vándalos disfrazados de aficionados.

Así que señores virreyes del futbol, no se rasguen las vestiduras, está de más que condenen y lamenten a toro pasado lo que desde hace mucho tiempo debieron prever. La violencia en el futbol no se dio de forma espontánea, ustedes la han tolerado, por decir lo menos. Si desean aprender como eliminarla, sólo vean hacia Europa, quien fue capaz de erradicar ese cáncer en sus torneos.

México no necesita más violencia, lamentablemente hoy es lo único que sobra en el país, la hay en todos los rincones. No permitamos, como aficionados y sociedad que se eternice en el futbol.

@BTU15  

*Nota del Editor: Foto: Especial Internet*