La violencia, el mea culpa presidencial

Escribo esta colaboración la tarde del domingo, cuando faltan seis horas para el primer debate de los presidenciables. Sin conocer el resultado de lo que es fácil anticipar, será un frenético, estridente y vulgar intercambio de acusaciones, al igual que lo ha sido durante todo el proceso electoral. Puedo afirmar que  lo rescatable del show mediático es la gran expectativa generada por el mismo.

Tanto circo —como lo entiendo— radica en el morbo de ver si definitivamente José Antonio Meade sepulta las ilusiones del PRI-gobierno de conservar el poder, o si Ricardo Anaya es capaz de recortar la distancia con el primer lugar de las encuestas, aunque la estrella del espectáculo será Andrés Manuel López Obrador, quien lidera hasta hoy las preferencias en las intenciones del voto el próximo 1 de julio, y a quien seguramente estarán dirigidas las pesadas artillerías de los otros candidatos a Los Pinos. Esto es, hasta cierto punto, normal, como sucede en toda competencia.

Pero mientras las dos horas circenses se proyectan a nivel nacional, al mismo tiempo se utilizan como distractor para diluir rápidamente las pésimas noticias del principal infierno que aterroriza cada instante a los mexicanos: la inseguridad y la violencia; por cierto, son temas incluidos en el debate.

Fue el presidente Enrique Peña Nieto quien el viernes pasado, durante la Ceremonia de Entrega del Premio Nacional de Deportes y Premio Nacional de Mérito Deportivo 2017, en la Residencia Oficial de Los Pinos, se animó a reconocer, sin ambages, lo que todo ciudadano sabe y/o ha sufrido en carne propia:

"Sin duda, hoy reconocemos que en el ámbito de la seguridad pública hay mucho por hacer. Sigue siendo todavía uno de los retos mayores, quizá el de mayor necesidad de acometer para que realmente nuestro país alcance condiciones de plena paz y de plena tranquilidad".

A unos cuantos meses de concluir su mandato, se da la ocasión de que el mandatario finalmente admita, ante la ola incesante de sangre y el cúmulo de cadáveres, que la seguridad en nuestro país es un total desastre; que el fracaso en esta materia ha sido rotundo y estrepitoso. Así lo demuestran las cifras oficiales del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, pero también las de diversas ONG especializadas en temas de inseguridad, secuestro, extorsión e incidencia delictiva, entre otras variables. La estrategia contra la delincuencia es una táctica fallida. Está demostrado.

Aunque el Ejecutivo intentó justificar la carencia de resultados positivos para terminar con la violencia que hoy arrasa a no pocos territorios de la república mexicana, la excusa está fuera de lugar por endeble. Todo gobierno está obligado a lograr los mejores resultados en las áreas que le competen. Es inadmisible alegar que los errores son parte del aprendizaje cuando se gobierna.

"Pero éstas son parte de las lecciones que un gobierno adquiere en el curso de estos años, como por igual las lecciones que deja a un deportista; a un deportista que, con toda la entrega, sacrificio, empeño, disciplina, a veces se triunfa y a veces no", aseguró Peña Nieto.

Por supuesto que ésta es una teoría inaceptable desde cualquier óptica. Y lo es porque el costo del aprendizaje al que se refiere el Presidente es invaluable, porque la incapacidad, inexperiencia y negligencia afecta vidas humanas que se pierden con la violencia.

Por eso es utópica la tesis presidencial. Incluso es pertinente preguntar: ¿Y entonces dónde queda la millonada que se gasta todos los días en asesores, expertos e integrantes del Gabinete para realizar un trabajo eficiente? ¿También llegan a aprender, como don Luis Videgaray en la Cancillería? Las lecciones del deporte y la política no son comparables.

Mientras la visión del actual gobierno sea como la planteó el presidente Peña Nieto, de asimilar dichas lecciones inherentes al aprendizaje, es posible entender, entonces, por qué durante su gestión se produjo el año más violento en épocas modernas. Aun comprender por qué México está convertido en uno de los lugares más peligrosos para ejercer el periodismo, ya que en el transcurso de su sexenio, de acuerdo con la organización Artículo 19, se han ejecutado a 42 periodistas. Desde luego que los 23 sacerdotes asesinados son una vergüenza para el equipo peñista, así como los más de 30 aspirantes a un puesto de elección popular que han sido masacrados. Y así la oprobiosa y extensa lista puede seguir.

Sí, por supuesto que México tiene hoy un nuevo rostro gracias a las reformas. Las gasolinas son mucho más caras, igual que el gas LP, entre otros “beneficios” sociales. La corrupción gubernamental alcanzó niveles de escándalo y los funcionarios dieron muestras contundentes de su voracidad, como en la Sedesol, donde en su tiempo la proba secretaria Rosario Robles y su “equipazo” dejaron una huella indeleble de lo que no se debe hacer con los recursos públicos.

Gerardo Ruiz Esparza, titular de la SCT, fue solapado a toda costa en el tema del socavón en el Paso Exprés de Cuernavaca; en tanto Emilio Lozoya, la punta del iceberg del caso Odebrecht, no fue tocado ni con el pétalo de una rosa. En todo ello, ciertos integrantes destacados del equipo presidencial no necesitaron lecciones, venían graduados con mención honorífica en el uso y abuso del dinero público, en la sabia decisión de asignar obras importantes a los amigos o compadres, entre otras cosas. Éstas son algunas de las causas por las que diferimos de la tesis presidencial del aprendizaje.

@BTU15

*Nota del Editor: Foto: Presidencia*